Domingo, 19 de septiembre de 2010

?I

El socialismo moderno es, en primer t?rmino, por su contenido, fruto del reflejo en la inteligencia, por un lado, de los antagonismos de clase que imperan en la moderna sociedad entre poseedores y despose?dos, capitalistas y obreros asalariados, y, por otro lado, de la anarqu?a que reina en la producci?n. Pero, por su forma te?rica, el socialismo empieza present?ndose como una continuaci?n, m?s desarrollada y m?s consecuente, de los principios proclamados por los grandes ilustradores franceses del siglo XVIII. Como toda nueva teor?a, el socialismo, aunque tuviese sus ra?ces en los hechos materiales econ?micos, hubo de empalmar, al nacer, con las ideas existentes.

Los grandes hombres que en Francia ilustraron las cabezas para la revoluci?n que hab?a de desencadenarse, adoptaron ya una actitud resueltamente revolucionaria. No reconoc?an autoridad exterior de ning?n g?nero. La religi?n, la concepci?n de la naturaleza, la sociedad, el orden estatal: todo lo somet?an a la cr?tica m?s despiadada; cuanto exist?a hab?a de justificar los t?tulos de su existencia ante el fuero de la raz?n o renunciar a seguir existiendo. A todo se aplicaba como rasero ?nico la raz?n pensante. Era la ?poca en que, seg?n Hegel, ?el mundo giraba sobre la cabeza?[*****], primero, en el sentido de que la cabeza humana y los principios establecidos por su especulaci?n reclamaban el derecho a ser acatados como base de todos los actos humanos y de toda relaci?n social, y luego tambi?n, en el sentido m?s amplio de que la realidad que no se ajustaba a estas conclusiones se ve?a subvertida de hecho desde los cimientos hasta el remate. Todas las formas anteriores de sociedad y de Estado, todas las ideas tradicionales, fueron arrinconadas en el desv?n como irracionales; hasta all?, el mundo se hab?a dejado gobernar por puros prejuicios; todo el pasado no merec?a m?s que conmiseraci?n y desprecio. S?lo ahora hab?a apuntado la aurora, el reino de la raz?n; en adelante, la superstici?n, la injusticia, el privilegio y la opresi?n ser?an desplazados por la verdad eterna, por la eterna justicia, por la igualdad basada en la naturaleza y por los derechos inalienables del hombre.

Hoy sabemos ya que ese reino de la raz?n no era m?s que el reino idealizado de la burgues?a, que la justicia eterna vino a tomar cuerpo en la justicia burguesa; que la igualdad se redujo a la igualdad burguesa ante la ley; que como uno de los derechos m?s esenciales del hombre se proclam? la propiedad burguesa; y que el Estado de la raz?n, el ?contrato social? de Rousseau pis? y solamente pod?a pisar el terreno de la realidad, convertido en rep?blica democr?tica burguesa. Los grandes pensadores del siglo XVIII, como todos sus predecesores, no pod?an romper las fronteras que su propia ?poca les trazaba.

Pero, junto al antagonismo entre la nobleza feudal y la burgues?a, que se erig?a en representante de todo el resto de la sociedad, manten?ase en pie el antagonismo general entre explotadores y explotados, entre ricos holgazanes y pobres que trabajaban. Y este hecho era precisamente el que permit?a a los representantes de la burgues?a arrogarse la representaci?n, no de una clase determinada, sino de toda la humanidad doliente. M?s a?n. Desde el momento mismo en que naci?, la burgues?a llevaba en sus entra?as a su propia ant?tesis, pues los capitalistas no pueden existir sin obreros asalariados, y en la misma proporci?n en que los maestros de los gremios medievales se convert?an en burgueses modernos, los oficiales y los jornaleros no agremiados transform?banse en proletarios. Y, si, en t?rminos generales, la burgues?a pod?a arrogarse el derecho a representar, en sus luchas contra la nobleza, adem?s de sus intereses, los de las diferentes clases trabajadoras de la ?poca, al lado de todo gran movimiento burgu?s que se desataba estallaban movimientos independientes de aquella clase que era el precedente m?s o menos desarrollado del proletariado moderno. Tal fue en la ?poca de la Reforma y de las guerras campesinas en Alemania la tendencia de los anabaptistas[31] y de Tom?s M?nzer; en la Gran Revoluci?n inglesa, los ?levellers?[32], y en la Gran Revoluci?n francesa, Babeuf. Y estas sublevaciones revolucionarias de una clase incipiente son acompa?adas, a la vez, por las correspondientes manifestaciones te?ricas: en los siglos XVI y XVII aparecen las descripciones ut?picas de un r?gimen ideal de la sociedad[33]; en el siglo XVIII, teor?as directamente comunistas ya, como las de Morelly y Mably. La reivindicaci?n de la igualdad no se limitaba a los derechos pol?ticos, sino que se extend?a a las condiciones sociales de vida de cada individuo; ya no se trataba de abolir tan s?lo los privilegios de clase, sino de destruir las propias diferencias de clase. Un comunismo asc?tico, a lo espartano, que prohib?a todos los goces de la vida: tal fue la primera forma de manifestarse de la nueva doctrina. M?s tarde, vinieron los tres grandes utopistas: Saint-Simon, en quien la tendencia burguesa sigue afirm?ndose todav?a, hasta cierto punto, junto a la tendencia proletaria; Fourier y Owen, quien, en el pa?s donde la producci?n capitalista estaba m?s desarrollada y bajo la impresi?n de los antagonismos engendrados por ella, expuso en forma sistem?tica una serie de medidas encaminadas a abolir las diferencias de clase, en relaci?n directa con el materialismo franc?s.

Rasgo com?n a los tres es el no actuar como representantes de los intereses del proletariado, que entretanto hab?a surgido como un producto de la propia historia. Al igual que los ilustradores franceses, no se proponen emancipar primeramente a una clase determinada, sino, de golpe, a toda la humanidad. Y lo mismo que ellos, pretenden instaurar el reino de la raz?n y de la justicia eterna. Pero entre su reino y el de los ilustradores franceses media un abismo. Tambi?n el mundo burgu?s, instaurado seg?n los principios de ?stos, es irracional e injusto y merece, por tanto, ser arrinconado entre los trastos inservibles, ni m?s ni menos que el feudalismo y las formas sociales que le precedieron. Si hasta ahora la verdadera raz?n y la verdadera justicia no han gobernado el mundo, es, sencillamente, porque nadie ha sabido penetrar debidamente en ellas. Faltaba el hombre genial que ahora se alza ante la humanidad con la verdad, al fin, descubierta. El que ese hombre haya aparecido ahora, y no antes, el que la verdad haya sido, al fin, descubierta ahora y no antes, no es, seg?n ellos, un acontecimiento inevitable, impuesto por la concatenaci?n del desarrollo hist?rico, sino porque el puro azar lo quiere as?. Hubiera podido aparecer quinientos a?os antes ahorrando con ello a la humanidad quinientos a?os de errores, de luchas y de sufrimientos.

Hemos visto c?mo los fil?sofos franceses del siglo XVIII, los precursores de la revoluci?n, apelaban a la raz?n como ?nico juez de todo lo existente. Se pretend?a instaurar un Estado racional, una sociedad ajustada a la raz?n, y cuanto contradec?a a la raz?n eterna deb?a ser desechado sin piedad. Y hemos visto tambi?n que, en realidad, esa raz?n eterna no era m?s que el sentido com?n idealizado del hombre del estado llano que, precisamente por aquel entonces, se estaba convirtiendo en burgu?s. Por eso cuando la revoluci?n francesa puso en obra esta sociedad racional y este Estado racional, result? que las nuevas instituciones, por m?s racionales que fuesen en comparaci?n con las antiguas, distaban bastante de la raz?n absoluta. El Estado racional hab?a quebrado completamente. El contrato social de Rousseau ven?a a tomar cuerpo en la ?poca del terror[34], y la burgues?a, perdida la fe en su propia habilidad pol?tica, fue a refugiarse, primero, en la corrupci?n del Directorio[35] y, por ?ltimo, bajo la ?gida del despotismo napole?nico. La prometida paz eterna se hab?a trocado en una interminable guerra de conquistas. Tampoco corri? mejor suerte la sociedad de la raz?n. El antagonismo entre pobres y ricos, lejos de disolverse en el bienestar general, hab?ase agudizado al desaparecer los privilegios de los gremios y otros, que tend?an un puente sobre ?l, y los establecimientos eclesi?sticos de beneficencia, que lo atenuaban. La ?libertad de la propiedad? de las trabas feudales, que ahora se convert?a en realidad, resultaba ser, para el peque?o burgu?s y el peque?o campesino, la libertad de vender a esos mismos se?ores poderosos su peque?a propiedad, agobiada por la arrolladora competencia del gran capital y de la gran propiedad terrateniente; con lo que se convert?a en la ?libertad? del peque?o burgu?s y del peque?o campesino de toda propiedad. El auge de la industria sobre bases capitalistas convirti? la pobreza y la miseria de las masas trabajadoras en condici?n de vida de la sociedad. El pago al contado fue convirti?ndose, cada vez en mayor grado, seg?n la expresi?n de Carlyle, en el ?nico eslab?n que enlazaba a la sociedad. La estad?stica criminal crec?a de a?o en a?o. Los vicios feudales, que hasta entonces se exhib?an imp?dicamente a la luz del d?a, no desaparecieron, pero se recataron, por el momento, un poco al fondo de la escena; en cambio, florec?an exuberantemente los vicios burgueses, ocultos hasta all? bajo la superficie. El comercio fue degenerando cada vez m?s en estafa. La ?fraternidad? de la divisa revolucionaria[36] tom? cuerpo en las deslealtades y en la envidia de la lucha de competencia. La opresi?n violenta cedi? el puesto a la corrupci?n, y la espada, como principal palanca del poder social, fue sustituida por el dinero. El derecho de pernada pas? del se?or feudal al fabricante burgu?s. La prostituci?n se desarroll? en proporciones hasta entonces inauditas. El matrimonio mismo sigui? siendo lo que ya era: la forma reconocida por la ley, el manto oficial con que se cubr?a la prostituci?n, complementado adem?s por una gran abundancia de adulterios. En una palabra, comparadas con las brillantes promesas de los ilustradores, las instituciones sociales y pol?ticas instauradas por el ?triunfo de la raz?n? resultaron ser unas tristes y decepcionantes caricaturas. S?lo faltaban los hombres que pusieron de relieve el desenga?o y que surgieron en los primeros a?os del siglo XIX. En 1802, vieron la luz las "Cartas ginebrinas" de Saint-Simon; en 1808, public? Fourier su primera obra, aunque las bases de su teor?a databan ya de 1799; el 1 de enero de 1800, Roberto Owen se hizo cargo de la direcci?n de la empresa de New Lanark[37].

Sin embargo, por aquel entonces, el modo capitalista de producci?n, y con ?l el antagonismo entre la burgues?a y el proletariado, se hab?an desarrollado todav?a muy poco. La gran industria, que en Inglaterra acababa de nacer, era todav?a desconocida en Francia. Y s?lo la gran industria desarrolla, de una parte, los conflictos que transforman en una necesidad imperiosa la subversi?n del modo de producci?n y la eliminaci?n de su car?cter capitalista -conflictos que estallan no s?lo entre las clases engendradas por esa gran industria, sino tambi?n entre las fuerzas productivas y las formas de cambio por ella creadas- y, de otra parte, desarrolla tambi?n en estas gigantescas fuerzas productivas los medios para resolver estos conflictos. Si bien, hacia 1800, los conflictos que brotaban del nuevo orden social apenas empezaban a desarrollarse, estaban mucho menos desarrollados, naturalmente, los medios que hab?an de conducir a su soluci?n. Si las masas despose?das de Par?s lograron adue?arse por un momento del poder durante el r?gimen del terror y con ello llevar al triunfo a la revoluci?n burguesa, incluso en contra de la burgues?a, fue s?lo para demostrar hasta qu? punto era imposible mantener por mucho tiempo este poder en las condiciones de la ?poca. El proletariado, que apenas empezaba a destacarse en el seno de estas masas despose?das, como tronco de una clase nueva, totalmente incapaz todav?a para desarrollar una acci?n pol?tica propia, no representaba m?s que un estamento oprimido, agobiado por toda clase de sufrimientos, incapaz de valerse por s? mismo. La ayuda, en el mejor de los casos, ten?a que venirle de fuera, de lo alto.

Esta situaci?n hist?rica informa tambi?n las doctrinas de los fundadores del socialismo. Sus teor?as incipientes no hacen m?s que reflejar el estado incipiente de la producci?n capitalista, la incipiente condici?n de clase. Se pretend?a sacar de la cabeza la soluci?n de los problemas sociales, latente todav?a en las condiciones econ?micas poco desarrolladas de la ?poca. La sociedad no encerraba m?s que males, que la raz?n pensante era la llamada a remediar. Trat?base por eso de descubrir un sistema nuevo y m?s perfecto de orden social, para implantarlo en la sociedad desde fuera, por medio de la propaganda, y a ser posible, con el ejemplo, mediante experimentos que sirviesen de modelo. Estos nuevos sistemas sociales nac?an condenados a moverse en el reino de la utop?a; cuanto m?s detallados y minuciosos fueran, mas ten?an que degenerar en puras fantas?as.

Sentado esto, no tenemos por qu? detenernos ni un momento m?s en este aspecto, incorporado ya definitivamente al pasado. Dejemos que los traperos literarios revuelvan solemnemente en estas fantas?as, que hoy parecen mover a risa, para poner de relieve, sobre el fondo de ese ?c?mulo de dislates?, la superioridad de su razonamiento sereno. Nosotros, en cambio, nos admiramos de los geniales g?rmenes de ideas y de las ideas geniales que brotan por todas partes bajo esa envoltura de fantas?a y que los filisteos son incapaces de ver.

Saint-Simon era hijo de la Gran Revoluci?n francesa, que estall? cuando ?l no contaba a?n treinta a?os. La revoluci?n fue el triunfo del tercer estado, es decir, de la gran masa activa de la naci?n, a cuyo cargo corr?an la producci?n y el comercio, sobre los estamentos hasta entonces ociosos y privilegiados de la sociedad: la nobleza y el clero. Pero pronto se vio que el triunfo del tercer estado no era m?s que el triunfo de una parte muy peque?a de ?l, la conquista del poder pol?tico por el sector socialmente privilegiado de esa clase: la burgues?a poseyente. Esta burgues?a, adem?s, se desarrollaba r?pidamente ya en el proceso de la revoluci?n, especulando con las tierras confiscadas y luego vendidas de la aristocracia y de la Iglesia, y estafando a la naci?n por medio de los suministros al ej?rcito. Fue precisamente el gobierno de estos estafadores el que, bajo el Directorio, llev? a Francia y a la revoluci?n al borde de la ruina, dando con ello a Napole?n el pretexto para su golpe de Estado. Por eso, en la idea de Saint-Simon, el antagonismo entre el tercer estado y los estamentos privilegiados de la sociedad tom? la forma de un antagonismo entre ?obreros? y ?ociosos?. Los ?ociosos? eran no s?lo los antiguos privilegiados, sino todos aquellos que viv?an de sus rentas, sin intervenir en la producci?n ni en el comercio. En el concepto de ?trabajadores? no entraban solamente los obreros asalariados, sino tambi?n los fabricantes, los comerciantes y los banqueros. Que los ociosos hab?an perdido la capacidad para dirigir espiritualmente y gobernar pol?ticamente, era un hecho evidente, que la revoluci?n hab?a sellado con car?cter definitivo. Y, para Saint-Simon, las experiencias de la ?poca del terror hab?an demostrado, a su vez, que los descamisados no pose?an tampoco esa capacidad. Entonces, ?qui?nes hab?an de dirigir y gobernar? Seg?n Saint-Simon, la ciencia y la industria unidas por un nuevo lazo religioso, un ?nuevo cristianismo?, forzosamente m?stico y rigurosamente jer?rquico, llamado a restaurar la unidad de las ideas religiosas, rota desde la Reforma. Pero la ciencia eran los sabios acad?micos; y la industria eran, en primer t?rmino, los burgueses activos, los fabricantes, los comerciantes, los banqueros. Y aunque estos burgueses hab?an de transformarse en una especie de funcionarios p?blicos, de hombres de confianza de toda la sociedad, siempre conservar?an frente a los obreros una posici?n autoritaria y econ?micamente privilegiada. Los banqueros ser?an en primer t?rmino los llamados a regular toda la producci?n social por medio de una reglamentaci?n del cr?dito. Ese modo de concebir correspond?a perfectamente a una ?poca en que la gran industria, y con ella el antagonismo entre la burgues?a y el proletariado, apenas comenzaba a despuntar en Francia. Pero Saint-Simon insiste muy especialmente en esto: lo que a ?l le preocupa siempre y en primer t?rmino es la suerte de ?la clase m?s numerosa y m?s pobre? de la sociedad (?la classe la plus nombreuse et la plus pauvre?).

Saint-Simon sienta ya, en sus "Cartas ginebrinas", la tesis de que ?todos los hombres deben trabajar?. En la misma obra, se expresa ya la idea de que el reinado del terror era el gobierno de las masas despose?das.

?Ved -les grita- lo que aconteci? en Francia, cuando vuestros camaradas subieron al poder, ellos provocaron el hambre?. Pero el concebir la revoluci?n francesa como una lucha de clases, y no s?lo entre la nobleza y la burgues?a, sino entre la nobleza, la burgues?a y los despose?dos, era, para el a?o 1802, un descubrimiento verdaderamente genial. En 1816, Saint-Simon declara que la pol?tica es la ciencia de la producci?n y predice ya la total absorci?n de la pol?tica por la Econom?a. Y si aqu? no hace m?s que aparecer en germen la idea de que la situaci?n econ?mica es la base de las instituciones pol?ticas, proclama ya claramente la transformaci?n del gobierno pol?tico sobre los hombres en una administraci?n de las cosas y en la direcci?n de los procesos de la producci?n, que no es sino la idea de la ?abolici?n del Estado?, que tanto estr?pito levanta ?ltimamente. Y, alz?ndose al mismo plano de superioridad sobre sus contempor?neos, declara, en 1814, inmediatamente despu?s de la entrada de las tropas coligadas en Par?s[?????], y reitera en 1815, durante la guerra de los Cien D?as[38], que la alianza de Francia con Inglaterra y, en segundo t?rmino, la de estos pa?ses con Alemania es la ?nica garant?a del desarrollo pr?spero y la paz en Europa. Para predicar a los franceses de 1815 una alianza con los vencedores de Waterloo[39], hac?a falta tanta valent?a como capacidad para ver a lo lejos en la historia.

Lo que en Saint-Simon es una amplitud genial de conceptos que le permite contener ya, en germen, casi todas las ideas no estrictamente econ?micas de los socialistas posteriores, en Fourier es la cr?tica ingeniosa aut?nticamente francesa, pero no por ello menos profunda, de las condiciones sociales existentes. Fourier coge por la palabra a la burgues?a, a sus encendidos profetas de antes y a sus interesados aduladores de despu?s de la revoluci?n. Pone al desnudo despiadadamente la miseria material y moral del mundo burgu?s, y la compara con las promesas fascinadoras de los viejos ilustradores, con su imagen de una sociedad en la que s?lo reinar?a la raz?n, de una civilizaci?n que har?a felices a todos los hombres y de una ilimitada perfectibilidad humana. Desenmascara las brillantes frases de los ide?logos burgueses de la ?poca, demuestra c?mo a esas frases altisonantes responde, por todas partes, la m?s m?sera de las realidades y vuelca sobre este ruidoso fiasco de la fraseolog?a su s?tira mordaz. Fourier no es s?lo un cr?tico; su esp?ritu siempre jovial hace de ?l un sat?rico, uno de los m?s grandes sat?ricos de todos los tiempos. La especulaci?n criminal desatada con el reflujo de la ola revolucionaria y el esp?ritu mezquino del comercio franc?s en aquellos a?os, aparecen pintados en sus obras con trazo magistral y deleitoso. Pero todav?a es m?s magistral en ?l la cr?tica de la forma burguesa de las relaciones entre los sexos y de la posici?n de la mujer en la sociedad burguesa. El es el primero que proclama que el grado de emancipaci?n de la mujer en una sociedad es la medida de la emancipaci?n general. Sin embargo, donde m?s descuella Fourier es en su modo de concebir la historia de la sociedad. Fourier divide toda la historia anterior en cuatro fases o etapas de desarrollo: el salvajismo, el patriarcado, la barbarie y la civilizaci?n, fase esta ?ltima que coincide con lo que llamamos hoy sociedad burguesa, es decir, con el r?gimen social implantado desde el siglo XVI, y demuestra que el ?orden civilizado eleva a una forma compleja, ambigua, equ?voca e hip?crita todos aquellos vicios que la barbarie practicaba en medio de la mayor sencillez?. Para ?l, la civilizaci?n se mueve en un ?c?rculo vicioso?, en un ciclo de contradicciones, que est? reproduciendo constantemente sin acertar a superarlas, consiguiendo de continuo lo contrario precisamente de lo que quiere o pretexta querer conseguir. Y as? nos encontramos, por ejemplo, con que ?en la civilizaci?n la pobreza brota de la misma abundancia?. Como se ve, Fourier maneja la dial?ctica con la misma maestr?a que su contempor?neo Hegel. Frente a los que se llenan la boca hablando de la ilimitada capacidad humana de perfecci?n, pone de relieve, con igual dial?ctica, que toda fase hist?rica tiene su vertiente ascensional, mas tambi?n su ladera descendente, y proyecta esta concepci?n sobre el futuro de toda la humanidad. Y as? como Kant introduce en la ciencia de la naturaleza la idea del acabamiento futuro de la Tierra, Fourier introduce en su estudio de la historia la idea del acabamiento futuro de la humanidad.

Mientras el hurac?n de la revoluci?n barr?a el suelo de Francia, en Inglaterra se desarrollaba un proceso revolucionario, m?s tranquilo, pero no por ello menos poderoso. El vapor y las m?quinas-herramienta convirtieron la manufactura en la gran industria moderna, revolucionando con ello todos los fundamentos de la sociedad burguesa. El ritmo adormilado del desarrollo del per?odo de la manufactura se convirti? en un verdadero per?odo de lucha y embate de la producci?n. Con una velocidad cada vez m?s acelerada, iba produci?ndose la divisi?n de la sociedad en grandes capitalistas y proletarios despose?dos, y entre ellos, en lugar del antiguo estado llano estable, llevaba una existencia insegura una masa inestable de artesanos y peque?os comerciantes, la parte m?s fluctuante de la poblaci?n. El nuevo modo de producci?n s?lo empezaba a remontarse por su vertiente ascensional; era todav?a el modo de producci?n normal, regular, el ?nico posible, en aquellas circunstancias. Y, sin embargo, ya entonces origin? toda una serie de graves calamidades sociales: hacinamiento en los barrios m?s s?rdidos de las grandes ciudades de una poblaci?n desarraigada de su suelo; disoluci?n de todos los lazos tradicionales de la costumbre, de la sumisi?n patriarcal y de la familia; prolongaci?n abusiva del trabajo, que sobre todo en las mujeres y en los ni?os tomaba proporciones aterradoras; desmoralizaci?n en masa de la clase trabajadora, lanzada de s?bito a condiciones de vida totalmente nuevas: del campo a la ciudad, de la agricultura a la industria, de una situaci?n estable a otra constantemente variable e insegura. En estas circunstancias, se alza como reformador un fabricante de veintinueve a?os, un hombre cuyo candor casi infantil rayaba en lo sublime y que era, a la par, un dirigente innato de hombres como pocos. Roberto Owen hab?ase asimilado las ense?anzas de los ilustradores materialistas del siglo XVIII, seg?n las cuales el car?cter del hombre es, de una parte, el producto de su organizaci?n innata, y de otra, el fruto de las circunstancias que rodean al hombre durante su vida, y principalmente durante el per?odo de su desarrollo. La mayor?a de los hombres de su clase no ve?an en la revoluci?n industrial m?s que caos y confusi?n, una ocasi?n propicia para pescar en r?o revuelto y enriquecerse aprisa. Owen vio en ella el terreno adecuado para poner en pr?ctica su tesis favorita, introduciendo orden en el caos. Ya en M?nchester, dirigiendo una f?brica de m?s de quinientos obreros, hab?a intentado, no sin ?xito, aplicar pr?cticamente su teor?a. Desde 1800 a 1829 encauz? en este sentido, aunque con mucha mayor libertad de iniciativa y con un ?xito que le vali? fama europea, la gran f?brica de hilados de algod?n de New Lanark, en Escocia, de la que era socio y gerente. Una poblaci?n que fue creciendo paulatinamente hasta 2.500 almas, reclutada al principio entre los elementos m?s heterog?neos, la mayor?a de ellos muy desmoralizados, convirti?se en sus manos en una colonia modelo, en la que no se conoc?a la embriaguez, la polic?a, los jueces de paz, los procesos, los asilos para pobres, ni la beneficencia p?blica. Para ello, le bast? s?lo con colocar a sus obreros en condiciones m?s humanas de vida, consagrando un cuidado especial a la educaci?n de su descendencia. Owen fue el creador de las escuelas de p?rvulos, que funcionaron por vez primera en New Lanark. Los ni?os eran enviados a la escuela desde los dos a?os, y se encontraban tan a gusto en ella, que con dificultad se les pod?a llevar a su casa. Mientras que en las f?bricas de sus competidores los obreros trabajaban hasta trece y catorce horas diarias, en New Lanark la jornada de trabajo era de diez horas y media. Cuando una crisis algodonera oblig? a cerrar la f?brica durante cuatro meses, los obreros de New Lanark, que quedaron sin trabajo, siguieron cobrando ?ntegros sus jornales. Y, con todo, la empresa hab?a incrementado hasta el doble su valor y rendido a sus propietarios hasta el ?ltimo d?a, abundantes ganancias.

Sin embargo, Owen no estaba satisfecho con lo conseguido. La existencia que hab?a procurado a sus obreros distaba todav?a mucho de ser, a sus ojos, una existencia digna de un ser humano ?Aquellos hombres eran mis esclavos? -dec?a. Las circunstancias relativamente favorables, en que les hab?a colocado, estaban todav?a muy lejos de permitirles desarrollar racionalmente y en todos sus aspectos el car?cter y la inteligencia, y mucho menos desenvolver libremente sus energ?as. ?Y, sin embargo, la parte productora de aquella poblaci?n de 2.500 almas daba a la sociedad una suma de riqueza real que apenas medio siglo antes hubiera requerido el trabajo de 600.000 hombres juntos. Yo me preguntaba: ?a d?nde va a parar la diferencia entre la riqueza consumida por estas 2.500 personas y la que hubieran tenido que consumir las 600.000?? La contestaci?n era clara: esa diferencia se invert?a en abonar a los propietarios de la empresa el cinco por ciento de inter?s sobre el capital de instalaci?n, a lo que ven?an a sumarse m?s de 300.000 libras esterlinas de ganancia. Y el caso de New Lanark era, s?lo que en proporciones mayores, el de todas las f?bricas de Inglaterra. ?Sin esta nueva fuente de riqueza creada por las m?quinas, hubiera sido imposible llevar adelante las guerras libradas para derribar a Napole?n y mantener en pie los principios de la sociedad aristocr?tica. Y, sin embargo, este nuevo poder era obra de la clase obrera?[?????]. A ella deb?an pertenecer tambi?n, por tanto, sus frutos. Las nuevas y gigantescas fuerzas productivas, que hasta all? s?lo hab?an servido para que se enriqueciesen unos cuantos y para la esclavizaci?n de las masas, echaban, seg?n Owen, las bases para una reconstrucci?n social y estaban llamadas a trabajar solamente, como propiedad colectiva de todos, para el bienestar colectivo.

Fue as?, por este camino puramente pr?ctico, como fruto, por decirlo as?, de los c?lculos de un hombre de negocios, como surgi? el comunismo oweniano, que conserv? en todo momento este car?cter pr?ctico. As?, en 1823, Owen propone un sistema de colonias comunistas para combatir la miseria reinante en Irlanda y presenta, en apoyo de su propuesta, un presupuesto completo de gastos de establecimiento, desembolsos anuales e ingresos probables. Y as? tambi?n en sus planes definitivos de la sociedad del porvenir, los detalles t?cnicos est?n calculados con un dominio tal de la materia, incluyendo hasta dise?os, dibujos de frente y a vista de p?jaro, que, una vez aceptado el m?todo oweniano de reforma de la sociedad, poco ser?a lo que podr?a objetar ni aun el t?cnico experto, contra los pormenores de su organizaci?n.

El avance hacia el comunismo constituye el momento crucial en la vida de Owen. Mientras se hab?a limitado a actuar s?lo como fil?ntropo, no hab?a cosechado m?s que riquezas, aplausos, honra y fama. Era el hombre m?s popular de Europa. No s?lo los hombres de su clase y posici?n social, sino tambi?n los gobernantes y los pr?ncipes le escuchaban y lo aprobaban. Pero, en cuanto hizo p?blicas sus teor?as comunistas, se volvi? la hoja. Eran principalmente tres grandes obst?culos los que, seg?n ?l, se alzaban en el camino de la reforma social: la propiedad privada, la religi?n y la forma vigente del matrimonio. Y no ignoraba a lo que se expon?a atac?ndolos: la proscripci?n de toda la sociedad oficial y la p?rdida de su posici?n social. Pero esta consideraci?n no le contuvo en sus ataques despiadados contra aquellas instituciones, y ocurri? lo que ?l preve?a. Desterrado de la sociedad oficial, ignorado completamente por la prensa, arruinado por sus fracasados experimentos comunistas en Am?rica, a los que sacrific? toda su fortuna, se dirigi? a la clase obrera, en el seno de la cual actu? todav?a durante treinta a?os. Todos los movimientos sociales, todos los progresos reales registrados en Inglaterra en inter?s de la clase trabajadora, van asociados al nombre de Owen. As?, en 1819, despu?s de cinco a?os de grandes esfuerzos, consigui? que fuese votada la primera ley limitando el trabajo de la mujer y del ni?o en las f?bricas. El fue tambi?n quien presidi? el primer congreso en que las tradeuniones de toda Inglaterra se fusionaron en una gran organizaci?n sindical ?nica[40]. Y fue tambi?n ?l quien cre?, como medidas de transici?n, para que la sociedad pudiera organizarse de manera ?ntegramente comunista, de una parte las cooperativas de consumo y de producci?n -que han servido por lo menos para demostrar pr?cticamente que el comerciante y el fabricante no son indispensables-, y de otra parte, los bazares obreros, establecimientos de intercambio de los productos del trabajo por medio de bonos de trabajo y cuya unidad era la hora de trabajo rendido; estos establecimientos ten?an necesariamente que fracasar, pero anticiparon a los Bancos proudhonianos de intercambio[41], diferenci?ndose de ellos solamente en que no pretend?an ser la panacea universal para todos los males sociales, sino pura y simplemente un primer paso dado hacia una transformaci?n mucho m?s radical de la sociedad.

Los conceptos de los utopistas han dominado durante mucho tiempo las ideas socialistas del siglo XIX, y en parte a?n las siguen dominando hoy. Les rend?an culto, hasta hace muy poco tiempo, todos los socialistas franceses e ingleses, y a ellos se debe tambi?n el incipiente comunismo alem?n, incluyendo a Weitling. El socialismo es, para todos ellos, la expresi?n de la verdad absoluta, de la raz?n y de la justicia, y basta con descubrirlo para que por su propia virtud conquiste el mundo. Y, como la verdad absoluta no est? sujeta a condiciones de espacio ni de tiempo, ni al desarrollo hist?rico de la humanidad, s?lo el azar puede decidir cu?ndo y d?nde este descubrimiento ha de revelarse. A??dase a esto que la verdad absoluta, la raz?n y la justicia var?an con los fundadores de cada escuela: y, como el car?cter espec?fico de la verdad absoluta, de la raz?n y la justicia est? condicionado, a su vez, en cada uno de ellos, por la inteligencia subjetiva, las condiciones de vida, el estado de cultura y la disciplina mental, resulta que en este conflicto de verdades absolutas no cabe m?s soluci?n que ?stas se vayan puliendo las unas a las otras. Y, as?, era inevitable que surgiese una especie de socialismo ecl?ctico y mediocre, como el que, en efecto, sigue imperando todav?a en las cabezas de la mayor parte de los obreros socialistas de Francia e Inglaterra; una mescolanza extraordinariamente abigarrada y llena de matices, compuesta de los desahogos cr?ticos, las doctrinas econ?micas y las im?genes sociales del porvenir menos discutibles de los diversos fundadores de sectas, mescolanza tanto m?s f?cil de componer cuanto m?s los ingredientes individuales hab?an ido perdiendo, en el torrente de la discusi?n, sus contornos perfilados y agudos, como los guijarros lamidos por la corriente de un r?o. Para convertir el socialismo en una ciencia, era indispensable, ante todo, situarlo en el terreno de la realidad.

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Notas

[*****] He aqu? el pasaje de Hegel referente a la revoluci?n francesa: ?La idea, el concepto de Derecho, se hizo valer de golpe, sin que pudiese oponerle ninguna resistencia la vieja armaz?n de la injusticia. Sobre la idea del Derecho se ha basado ahora, por tanto, una Constituci?n, y sobre ese fundamento debe basarse en adelante todo. Desde que el Sol alumbra en el firmamento y los planetas giran alrededor de ?l, nadie hab?a visto que el hombre se alzase sobre la cabeza, es decir, sobre la idea, construyendo con arreglo a ?sta la realidad. Anax?goras fue el primero que dijo que el nus, la raz?n, gobierna el mundo: pero s?lo ahora el hombre ha acabado de comprender que el pensamiento debe gobernar la realidad espiritual. Era, pues, una espl?ndida aurora. Todos los seres pensantes celebraron esta nueva ?poca. Una sublime emoci?n reinaba en aquella ?poca, un entusiasmo del esp?ritu estremec?a el mundo, como si por vez primera se lograse la reconciliaci?n del mundo con la divinidad?. Hegel, "Philosophie der Geschichte", 184O, S. 535 (Hegel, "Filosof?a de la Historia", 1840, p?g. 535). ?No habr? llegado la hora de aplicar la ley contra los socialistas a estas doctrinas subversivas y atentatorias contra la sociedad, del difunto profesor Hegel?

[?????] El 31 de marzo de 1814. (N. de la Edit.)

[?????] De "The Revolution in Mind and Practice" (?La revoluci?n en el esp?ritu y en la pr?ctica?), un memorial dirigido a todos ?los republicanos rojos, comunistas y socialistas de Europa? y enviado al Gobierno Provisional franc?s de 1848, as? como ?a la reina Victoria y a sus consejeros responsables?.

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[31] Anabaptistas (rebautizados). Los miembros de esta secta se denominaban as? porque reivindicaban un segundo bautismo a la edad consciente.

[32] Engels se refiere a los ?verdaderos levellers? (?igualadores?), o los ?diggers? (?cavadores?), representantes de la extrema izquierda en el per?odo de la revoluci?n burguesa inglesa del siglo XVII y portavoces de los intereses de los pobres del campo y de la ciudad. Reivindicaban la supresi?n de la propiedad privada sobre la tierra, propagaban las ideas del comunismo primitivo igualitario y trataban de llevarlas a la pr?ctica mediante la roturaci?n colectiva de las tierras comunales.

[33] Engels se refiere, ante todo, a las obras de los representantes del comunismo ut?pico: "Utop?a", de Tom?s Moro, y "Ciudad del Sol", de Tom?s Campanella.

[34] Epoca del terror: per?odo de la dictadura democr?tico-revolucionaria de los jacobinos de junio de 1793 a julio de 1794.

[35] El Directorio constaba de cinco miembros, uno de los cuales se eleg?a cada a?o. Era el ?rgano dirigente del poder ejecutivo de Francia en el per?odo de 1795 a 1799. Apoyaba el r?gimen de terror contra las fuerzas democr?ticas y defend?a los intereses de la gran burgues?a.

[36] Tr?tase de la divisa de la revoluci?n burguesa francesa de fines del siglo XVIII: ?Libertad. Igualdad. Fraternidad?.

[37] New-Lanark: f?brica de hilados de algod?n cerca de la ciudad escocesa de Lanark. Fue fundada en 1784, con un peque?o poblado anejo.

[38] Los Cien D?as: breve per?odo de la restauraci?n del Imperio de Napole?n I que dur? desde el momento de su regreso del destierro en la isla de Elba a Par?s, el 20 de marzo de 1815, hasta su segunda abdicaci?n, el 22 de junio del mismo a?o.

[39] El 18 de junio de 1815, el ej?rcito de Napole?n I fue derrotado en la batalla de Waterloo (B?lgica) por las tropas anglo-holandesas acaudilladas por Wellington y el ej?rcito prusiano de Bl?cher.

[40] En octubre de 1833, en Londres, bajo la presidencia de Owen, se celebr? el Congreso de las sociedades cooperativas y los sindicatos en el que fue fundada formalmente la "Gran Uni?n Consolidada Nacional de las producciones de Gran Breta?a e Irlanda". Al tropezar con una gran resistencia por parte de la sociedad burguesa y del Estado, la Uni?n se desmoron? en agosto de 1834.

[41] Proudhon hizo un intento de organizar un banco de intercambio durante la revoluci?n de 1848-1849. Su "Banque du peuple" (Banco del pueblo) fue fundado en Par?s el 31 de enero de 1849 y existi? cerca de dos meses, quebrando antes de comenzar a funcionar. A principios de abril el banco fue clausurado.

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Publicado por blasapisguncuevas @ 2:16  | Socialismos
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