Jueves, 23 de septiembre de 2010

El lugar que ocupa Rosa Luxemburg en la historia del movimiento obrero
revolucionario est? a?n por precisar. Desde que empez? la decadencia del
monolitismo staliniano hay, pr?cticamente, unanimidad en cuanto a subrayar sus
m?ritos; pero a menudo se a?ade, acto seguido, que ?pertenece al mundo de antes de
1914?.[1] De hecho, los clasificadores se sienten tanto m?s inc?modos cuanto que
abordan la historia del movimiento obrero vali?ndose de criterios esencialmente
subjetivos. A partir de ah?, los m?ritos de Rosa se dispersan y, seg?n las inclinaciones
del autor de turno, recaen en el hecho de que Rosa pusiera al desnudo las ra?ces del
imperialismo, en su defensa sin compromiso del marxismo contra el revisionismo
bernsteiniano, en su adhesi?n a los principios de acci?n y de espontaneidad de las
masas, o, incluso, en la defensa de los principios de la democracia obrera contra los
?excesos? bolcheviques.
La dificultad desaparece cuando se aborda la historia del movimiento obrero con
criterios objetivos, aplicando al propio marxismo la regla de oro del materialismo
hist?rico: en ?ltimo an?lisis, es la existencia material la que explica la conciencia y no
a la inversa. Es a partir de la transformaci?n de la realidad social que deben ser
interpretados los cambios producidos en el pensamiento del movimiento obrero
internacional, incluyendo las sucesivas interpretaciones, enriquecedoras o
empobrecedoras, del marxismo. En este marco, el papel de Rosa en la evoluci?n del
movimiento obrero de antes de 1914, o incluso de antes de 1919, en vez de parecer
disperso y fragmentario, recobra su unidad. Tan s?lo vali?ndonos de este m?todo se
nos muestra plenamente la importancia clave de la actividad y de la obra de Rosa,
desprendi?ndose de la cr?nica de las actividades especializadas.
?La vieja t?ctica probada? entra en crisis
Durante treinta a?os; la t?ctica de la socialdemocracia alemana, ?die alte bew?hrte
Taktik? (la vieja t?ctica probada), domin? por entero el movimiento obrero
internacional. En realidad, abstracci?n hecha de la experiencia, despu?s de todo
aislada, de la Comuna de Par?s, y de los sectores del movimiento obrero internacional
en que dominaba el anarquismo, fue durante medio siglo que la historia de la lucha de
clases estuvo marcada con el sello de la socialdemocracia. Esta influencia
preponderaba hasta tal punto que incluso aquellos que, como Lenin y la fracci?n
bolchevique, hab?an roto en la pr?ctica con esta tradici?n en el plano nacional,
segu?an, sin embargo, refiri?ndose religiosamente al modelo alem?n como modelo de
t?ctica universalmente v?lido.
La ?vieja t?ctica probada? pod?a citar en su defensa unos t?tulos de nobleza
indudables. Durante sus ?ltimos quince a?os de vida, Friedrich Engels, pese a algunas
vacilaciones significativas[2], la hab?a defendido encarnizadamente, hasta el punto de
ponerla en una verdadera Carta en su ?testamento pol?tico?, la introducci?n que
escribi? en 1895 para una nueva edici?n alemana de la obra de Karl Marx Las luchas
de clases en Francia. Los pasajes m?s famosos de esta introducci?n fueron citados
innumerables veces, en todos los idiomas de Europa, entre 1895 y 1914. Los
socialdem?cratas prosiguen con esta rutina entre 1918 y 1929, hasta que la crisis
econ?mica mundial y la crisis de la propia socialdemocracia hicieron que estos
ejercicios est?riles se detuvieran: ?En todas partes se ha imitado el ejemplo alem?n de
utilizaci?n del derecho de voto, de conquista de todos los puestos que nos sean
accesibles; en todas partes se deja de lado el desencadenamiento del ataque sin
preparaci?n...
?Los dos millones de electores que env?a [la socialdemocracia alemana] al escrutinio,
contando con los j?venes y las mujeres que hay detr?s de ellos en calidad de no
electores, constituyen la masa m?s numerosa, la m?s compacta, el "grupo de choque"
decisivo del ej?rcito proletario internacional. Esta masa significa, ya ahora, m?s de un
cuarto de los sufragios... Su crecimiento se produce de modo tan espont?neo,
constante, irresistible, y, al mismo tiempo, tan tranquilo, como un proceso natural.
Todas las intervenciones estatales tratando de impedirlo se han demostrado
impotentes. Podemos contar, desde hoy, con dos millones y cuarto de electores. Si
seguimos adelante como hasta ahora, de aqu? al final del siglo habremos conquistado
la mayor parte de las capas medias de la sociedad, tanto a los peque?os burgueses
como a los peque?os campesinos, y creceremos hasta convertirnos en la potencia
decisiva del pa?s, ante la que tendr?n que inclinarse todas las dem?s fuerzas, lo
quieran o no. Mantener incesantemente este crecimiento hasta que, por s? mismo, se
haga m?s fuerte que el sistema gubernamental en el poder; no desgastar con
combates de vanguardia este "grupo de choque", sino conservarlo intacto hasta el d?a
decisivo; ?sta es nuestra principal tarea.? [3]
Hoy sabemos, naturalmente, que los dirigentes socialdem?cratas hab?an mutilado
escandalosamente el texto de Engels, desnaturalizando su sentido mediante la
eliminaci?n de todo lo que segu?a siendo b?sicamente revolucionario en el viejo
luchador, compa?ero de Marx [4]. Pero esto no es lo esencial. El pasaje que
acabamos de citar es aut?ntico. Justifica plenamente ?la vieja t?ctica probada?:
organizar a un m?ximo de miembros, educar a un m?ximo de trabajadores, obtener un
m?ximo de votos en las elecciones, dirigir buenas huelgas para que aumenten los
salarios y para conquistar leyes sociales (ante todo la reducci?n de la jornada de
trabajo); el resto vendr? por s? solo, autom?ticamente: ?tendr?n que inclinarse todas
las dem?s fuerzas?; nuestro ascenso es ?irresistible?; hay que ?conservar intactas
nuestras fuerzas hasta el d?a decisivo?...
M?s convincente que la bendici?n de venerable decano del socialismo internacional
era el veredicto de los hechos. Estos hechos les daban la raz?n a los Bebel,
Vandervelde, V?ctor Adler y dem?s pragm?ticos que se contentaban con seguir esta
rutina ya consagrada. El n?mero de sufragios aumentaba de elecci?n en elecci?n.
Aunque de vez en cuando hubiera alg?n rev?s inesperado (como las ?elecciones
hotentotes? [5] en Alemania, en 1907), lo segu?a un desquite especialmente triunfante:
en las elecciones al Reichstag de 1912, la socialdemocracia obtuvo el tercio de los
sufragios. Las organizaciones obreras se reforzaban incesantemente, se extend?an a
todos los terrenos de la vida social, se articulaban en una verdadera ?contrasociedad?,
permitiendo un desarrollo continuo de la conciencia de clase. Los salarios
aumentaban, se acumulaban las leyes de protecci?n obrera; la miseria perd?a terreno,
aunque sin desaparecer. El ascenso parec?a tan irresistible que no s?lo embriagaba a
los convencidos, sino incluso a los adversarios.
Como siempre, la conciencia iba ya en retraso respecto a la realidad. Todo este
?ascenso irresistible? hab?a sido reflejo del auge del capitalismo internacional, de la
reducci?n secular del ?ej?rcito industrial de reserva?, especialmente, en Europa, debido
a la emigraci?n, de una superexplotaci?n creciente de los pa?ses coloniales y
semicoloniales por parte del capitalismo imperialista. A comienzos del siglo XX
empezaban a agotarse los recursos que alimentaban esta atenuaci?n temporal de las
contradicciones socioecon?micas en Occidente. En adelante, pasaba a la orden del
d?a la agravaci?n de las contradicciones sociales en lugar de su atenuaci?n. No estaba
llamando a la puerta ninguna era de progreso pac?fico, sino la era de las guerras
imperialistas, de las guerras de liberaci?n nacional y de las guerras civiles. Una larga
fase de mejora iba a ser sucedida por dos decenios de estancamiento, o incluso
disminuci?n de los salarios reales. La ?poca de la evoluci?n hab?a terminado; iba a
empezar la ?poca de las revoluciones.
La ?vieja t?ctica probada? perd?a todo su sentido en esta nueva era. De principio de
organizaci?n iba a transformarse en una trampa desastrosa para el proletariado
europeo. La inmensa mayor?a de los contempor?neos no lo comprendieron antes del 4
de agosto de 1914. Ni siquiera Lenin lo comprendi? en lo que se refer?a a los pa?ses al
oeste del imperio zarista. Trotsky vacilaba. El m?rito de Rosa fue el haber sido la
primera en entender clara y sistem?ticamente la necesidad de una modificaci?n
fundamental de la estrategia y la t?ctica del movimiento obrero occidental ante el
cambio de las condiciones objetivas, ante la era imperialista que empezaba. [6]
Las ra?ces de la lucha de Rosa contra la ?vieja t?ctica probada?
Indudablemente, la nueva realidad objetiva fue captada parcialmente por los marxistas
m?s perspicaces a partir de finales del siglo XIX. Los fen?menos de la extensi?n de los
im)erios coloniales, de los inicios del imperialismo como pol?tica le expansi?n del gran
capital, son ya analizados. Hilferding rige ese notable monumento llamado El capital
financiero. Se registra la aparici?n de los c?rtels, los trusts, los monopolios los
revisionistas, por lo dem?s, se valen de ello para proclamar que el capitalismo estar?
cada vez m?s organizado, y que, por lo tanto, sus contradicciones ir?n atenu?ndose;
indudablemente, lo hay nada nuevo bajo el sol). A partir del congreso de la
Internacional celebrado en Stuttgart, aumenta la desconfianza de Lenin, la izquierda
holandesa y polaca, la izquierda belga e italiana, respecto a las concesiones de
Kautsky al revisionismo, sobre todo en el terreno de la lucha contra la guerra
imperialista. Se someten a una dura cr?tica el oportunismo electoralista, los pactos
?t?cticos? con la burgues?a liberal de tal o cual grupo regional o nacional (los ?de
Baden? en Alemania, la mayor?a del POB belga, los jauresistas en Francia, etc.). Pero
todo esto sigue siendo parcial y fragmentario, y, sobre todo, no alcanza a sustituir la
?vieja t?ctica probada? ? m?s tab? que nunca ? por una estrategia y una t?ctica de
recambio.
El ?nico intento llevado a cabo en este sentido durante el per?odo 1900-1914, al oeste
de Rusia, es el de Rosa. Este m?rito excepcional no se debe tan s?lo a su genio
innegable, a su lucidez, a su adhesi?n absoluta a la causa del socialismo y del
proletariado internacional. Se explica, sobre todo, por las condiciones hist?ricas y
geogr?ficas, es decir, sociales, en que nacieron y se desarollaron su acci?n y su
pensamiento.
Su posici?n excepcional de miembro dirigente de dos partidos socialdem?cratas, el
partido polaco y el partido alem?n, la situ? en un puesto de observaci?n que facilitaba
la observaci?n de dos tendencias contradictorias en la socialdemocracia internacional:
por una parte, el peligroso empantanamiento en una rutina burocr?tica cada vez m?s
conservadora en Alemania; por otra parte, el ascenso de nuevas formas y m?todos de
lucha en el imperio zarista. De este modo pudo llevar a cabo, en el plano de la t?ctica
del movimiento obrero, la misma inversi?n audaz que hab?a realizado Trotsky en el
plano de las perspectivas revolucionarias. Ya no era necesariamente el pa?s
?avanzado? el que hab?a de mostrar al pa?s ?atrasado? la imagen de su futuro, sino
que, por el contrario, el movimiento obrero del pa?s ?atrasado? (Rusia, Polonia)
mostrar?a a los pa?ses avanzados de Occidente la urgente adaptaci?n t?ctica que era
preciso aplicar.
Tambi?n en este punto hubo precursores. Ya en 1896, Parvus hab?a publicado un
largo estudio en la Neue Zeit en el que consideraba el empleo del arma de la ?huelga
pol?tica de masas? contra una amenaza de golpe de estado que suprimiera el sufragio
universal[7]. Este estudio estaba, a su vez, inspirado en una moci?n sometida por
Kautsky, en 1893, a la 10.a comisi?n del congreso socialista de Zurich, relativa a la
r?plica contra las amenazas al sufragio universal. Engels hab?a levantado una
amenaza impl?cita an?loga. Pero todos estos disparos de prueba quedaron aislados.
No dieron lugar a ninguna elaboraci?n estrat?gica o t?ctica sistem?tica.
Para Rosa, ya muy familiarizada con los movimientos obreros polaco y ruso, fue
tambi?n una ayuda el estudio en profundidad de dos crisis pol?ticas que sacudieron
Europa occidental hacia finales de siglo: la crisis provocada por el asunto Dreyfus en
Francia, y la huelga general de 1902 por el sufragio universal en B?lgica. Obtuvo de
esta doble experiencia una profunda repugnancia ante el cretinismo parlamentario, y
una convicci?n cada vez m?s fuerte de que la ?vieja t?ctica probada? fracasar?a ?el d?a
decisivo? si no se educaba a las masas, con mucha antelaci?n, para tomar en mano la
acci?n pol?tica extraparlamentaria de la misma forma que la rutina electoral y la
pr?ctica de las huelgas econ?micas.
Pero fue la experiencia de la revoluci?n rusa de 1905 el acontecimiento que permiti? a
Rosa reunir los elementos dispersos de una cr?tica sistem?tica de la ?vieja t?ctica
probada? de la socialdemocracia occidental. Retrospectivamente, fue sin duda el a?o
1905 el que marc? el final del papel esencialmente progresivo de la socialdemocracia
internacional, y aquel en que se inici? la fase de ambig?edad, durante la cual se
combinaron rasgos progresivos que se prolongaban e influencias reaccionarias que
aparec?an y se reforzaban, fase que desemboc? en el desastre de 1914.
Para comprender la importancia de la revoluci?n rusa de 1905, es preciso recordar
ante todo que fue la primera explosi?n revolucionaria a gran escala que conoci?
Europa despu?s de la Comuna de Par?s, es decir, tras un intervalo de 34 a?os. Era
l?gico que una revolucionaria apasionada como Rosa Luxemburg estudiara
cuidadosamente todas sus manifestaciones y rasgos peculiares con objeto de extraer
conclusiones en relaci?n con el destino de las futuras revoluciones en Europa. Marx y
Engels hab?an obrado igual ante las revoluciones de 1848 y ante la Comuna.
Desde el punto de vista de la elaboraci?n de una estrategia y una t?ctica de recambio
para la socialdemocracia internacional en relaci?n a la del SPD, hay un rasgo
particular de la revoluci?n rusa de 1905 que tiene un papel decisivo. Durante decenios,
el debate entre anarquistas y sindicalistas, de un lado, y, de otro, los
socialdem?cratas, hab?a confrontado a los paladines de la acci?n directa minoritaria
con los de la acci?n de masas organizada, esencialmente ?pac?fica? (electoral o
sindical). Pero la revoluci?n rusa de 1905 hizo nacer una combinaci?n imprevista por
ambos lados: la acci?n directa de las masas, pero de unas masas que, lejos de
conformarse con la inorganizaci?n y la espontaneidad, se organizan a consecuencia
de la acci?n, con la perspectiva de futuras acciones todav?a m?s audaces.
Tanto Lenin como Rosa subrayaron el hecho, mal comprendido en Occidente, de que
la revoluci?n de 1905 tocaba a difuntos por el sindicalismo revolucionario en Rusia,
?pese a que, durante largo tiempo, los sindicalistas revolucionarios hab?an opuesto el
mito de la huelga general al electoralismo socialdem?crata, y en el mismo momento en
que la huelga general triunfaba por primera vez en alg?n lugar de Europa! Hubieran
debido a?adir ? Lenin no lo comprendi? hasta despu?s de 1914 ? que esta eliminaci?n
de los sindicalistas revolucionarios en Rusia se explicaba por el hecho de que la
socialdemocracia rusa y polaca (o al menos su ala radical), lejos de oponerse a la
huelga de masas o de frenarla en lo m?s m?nimo, se convirti? en su organizadora y
propagadora entusiasta, es decir, se sobrepuso definitivamente al viejo dualismo de
?acci?n gradual o acci?n revolucionaria?. [8]
Rosa qued? deslumbrada por la experiencia de la revoluci?n de 1905, experiencia que
tuvo profundas repercusiones en el seno del proletariado de distintos pa?ses al oeste
del imperio de los zares, empezando por Austria, donde provoc? una huelga general
con la que fue conquistado el sufragio universal. Los catorce a?os de vida que le
quedaban no fueron m?s que un esfuerzo ininterrumpido por transferir esta ense?anza
fundamental al proletariado alem?n: es preciso abandonar el gradualismo, hay que
prepararse nuevamente para luchas revolucionarias de masas. El estallido de la
primera guerra mundial, de la revoluci?n alemana de 1918, confirmaron que su visi?n
era exacta desde 1905.
El 1.? de febrero` de 1905, Rosa escrib?a:
?Pero tambi?n para la socialdemocracia internacional el levantamiento del proletariado
ruso constituye un fen?meno nuevo, que ante todo debe asimilarse espiritualmente.
Todos nosotros, por dial?ctico que sea nuestro pensamiento, seguimos siendo
incorregibles metaf?sicos apegados a la inmutabilidad de las cosas en nuestros
estados de conciencia inmediatos... Es tan s?lo en la explosi?n volc?nica de la
revoluci?n donde nos damos cuenta de qu? trabajo tan r?pido y profundo ha ejecutado
el joven topo. Y con qu? br?o est? minando el suelo bajo los pies de la sociedad
burguesa de Europa occidental. Querer medir la madurez pol?tica y la energ?a
revolucionaria latente de la clase obrera por medio de estad?sticas electorales y de
cifras de miembros de las secciones locales equivale a querer medir el Mont Blanc con
un metro de sastre.?
El 1.? de mayo de 1905, prosigue:
?Lo esencial es esto: es preciso comprender y asimilar que la revoluci?n actual en el
imperio de los zares provocar? una colosal aceleraci?n de la lucha de clases
internacional, que tambi?n en los pa?ses de la ?vieja? Europa nos colocar?, en un plazo
no tan largo, ante situaciones revolucionarias y ante nuevas tareas t?cticas.?
Y el 22 de septiembre de 1905, en el congreso de Iena, en confrontaci?n con los
sindicalistas reformistas tipo Robert Schmidt, exclam?, indignada:
?Cuando se han escuchado los discursos pronunciados hasta ahora sobre la huelga
pol?tica de masas, se tiene realmente ganas de poner la cabeza entre las manos y
preguntarse: ?Estamos realmente viviendo en el a?o de la gloriosa revoluci?n rusa, o
acaso faltan a?n diez a?os para que se produzca? Le?is cada d?a las informaciones en
los diarios de la revoluci?n, le?is los comunicados, pero parece como si no tuvierais
ojos para ver ni o?dos para escuchar... ?No ve Robert Schmidt que ha llegado el
momento que hab?an previsto nuestros grandes maestros Marx y Engels, el momento
en que la evoluci?n se transforma en revoluci?n? Estamos viendo la revoluci?n rusa, y
ser?amos unos asnos si no aprendi?ramos de ella.? [9]
Retrospectivamente, estamos convencidos de que ten?a raz?n. As? como la victoria de
la revoluci?n rusa de 1917 hubiera sido infinitamente m?s dif?cil sin la experiencia de la
revoluci?n de 1905 y sin el impresionante aprendizaje revolucionario que represent?
para decenas de millares de cuadros obreros rusos, tambi?n hubiera facilitado mucho
la posibilidad de una victoria de la revoluci?n alemana de 1918-19 el que se hubieran
dado, antes de 1914, experiencias de luchas pol?ticas de masas, extra-parlamentarias,
prerrevolucionarias o revolucionarias. No se aprende a nadar sin tirarse al agua; no
puede adquirirse una conciencia revolucionaria sin la experiencia de acciones
revolucionarias. Si bien era imposible imitar la revoluci?n de 1905 en la Alemania de
1905 a 1914, s? era en cambio perfectamente posible transformar de arriba abajo la
pr?ctica cotidiana de la socialdemocracia, reorientarla hacia una pr?ctica y una
educaci?n cada vez m?s revolucionarias que prepararan a las masas para el
enfrentamiento con la clase burguesa y el aparato del estado. Al negarse a llevar a
cabo este viraje, aferr?ndose a f?rmulas que perd?an cada vez m?s todo sentido en
relaci?n a la victoria ?inevitable? del socialismo, al ?retroceso? inevitable de la
burgues?a y el estado burgu?s ante la ?fuerza tranquila y pac?fica? de los trabajadores,
los dirigentes del SPD sembraron, durante aquellos a?os decisivos, el grano que dio
las amargas cosechas de 1914, de 1919 y de 1933.
El debate sobre la huelga de masas
Es en este contexto que debe examinarse el debate sobre la ?huelga de masas? que
se desencaden? en la socialdemocracia tras la revoluci?n de 1905. Las etapas
principales de este debate las se?alan el congreso de Iena de 1905 (en cierto sentido,
el congreso m?s ?izquierdista? de antes de 1914, bajo la presi?n evidente de la
revoluci?n rusa), el congreso de Mannheim de 1906, la aparici?n, el mismo a?o, de un
folleto de Kautsky y otro de Rosa Luxemburg, ambos dedicados al problema de la
?huelga de masas?, el debate entre Rosa Luxemburg y Kautsky en 1910, y el debate
entre Kautsky y Pannekoek.[10]
Podr?amos resumir esquem?ticamente el debate de este modo. Los dirigentes
socialdem?cratas, tras haber combatido durante decenios la idea de huelga general
como una ?imbecilidad general? (?Generalstreik ist Generalunsinn?), bajo el pretexto de
que antes hab?a que organizar a la gran mayor?a de los obreros para que luego
pudiera tener ?xito una huelga general, se vieron trastornados por la huelga general
belga de 1902-1903, pero fue de modo muy vacilante que iniciaron la revisi?n de sus
concepciones ?pacifistas?. [11] En 1905, en el congreso de Iena, estall? un conflicto
entre los dirigentes de los sindicatos y los del partido, durante el cual los jefes
sindicales llegan al extremo de sugerir que todos los partidarios de la huelga general
se vayan a poner en pr?ctica sus ideas en Rusia y en Polonia.[12] Bebel, con
reticencia, pero no sin acritud, entra en liza para criticar a los dirigentes sindicales, y
admite ?por principio? la posibilidad de una huelga pol?tica de masas. Pero se llegar? a
un compromiso, elaborado entre los congresos de Iena y de Mannheim. En Mannheim,
en 1906, se ha restablecido la paz en el seno del aparato. En adelante, s?lo se
reconocer? a los jefes sindicales como ?competentes? para ?proclamar? la huelga,
incluyendo la huelga pol?tica de masas; eso tras haber hecho inventario de ?la
organizaci?n?, de la caja, de las ?relaciones de fuerzas?, etc. Despu?s del
desafortunado intervalo de la revoluci?n rusa, h?nos aqu? de feliz regreso a la ?vieja
t?ctica probada?.
Rosa echa chispas, patalea. Espera la ocasi?n de asestar un fuerte golpe en favor de
la nueva estrategia y la nueva t?ctica. El momento propicio se le presenta cuando se
desencadena, en 1910, la agitaci?n por la obtenci?n del sufragio universal para las
elecciones a la Dieta de Prusia. Las masas piden acci?n. Rosa interviene en una
docena de asambleas de masas, a las que asisten millares y decenas de millares de
trabajadores y de militantes. Tras algunas escaramuzas contra ?prohibiciones? de la
polic?a, una manifestaci?n central re?ne, en el parque Treptow de Berl?n, a 200.000
participantes. Pero a la direcci?n socialdem?crata no le gusta todo ese jaleo; lo que Ie
interesa es preparar unas ?buenas elecciones? para 1912. As?, la agitaci?n queda
asfixiada tan r?pidamente como ha nacido. Y en este caso es el ?guardi?n de la
ortodoxia?, Karl Kautsky, el que personalmente asume la direcci?n de la lucha te?rica y
pol?tica del aparato contra la izquierda, por medio de art?culos y de folletos pedantes
que evidencian una total incomprensi?n de la din?mica del movimiento de masas. [13]
A primera vista, parece haberse producido una inversi?n de alianzas. A comienzos de
siglo, Rosa y Kautsky (izquierda y centro) est?n aliados con el aparato del partido, en
torno a Bebel y a Singer, contra la minor?a revisionista de Bernstein. En 1905, en el
congreso de Mannheim, el apaarto sindical se ha pasado abiertamente al campo de
los revisionistas, y la alianza Bebel-Kautsky-Rosa parece reforzada y consolidada.
?C?mo explicar este brusco viraje en el lapso de cuatro a?os (1906-1910)? En
realidad, los datos sociales e ideol?gicos del problema difer?an notablemente de las
apariencias. Bebel y el aparato del partido estaban apegados a la ?vieja t?ctica
probada? tanto en 1900 como en 1910. Eran b?sicamente conservadores, es decir,
partidarios del statu quo en el seno del movimiento obrero (sin que ello signifique que
hubieran abandonado las convicciones, o incluso la pasi?n, socialistas; pero las
orientaban hacia un futuro indeterminado). Exist?a el peligro de que Bernstein y los
revisionistas rompieran el delicado equilibrio entre la ?vieja t?ctica probada? (es decir,
la pr?ctica cotidiana reformista), la propaganda socialista, la esperanza y la fe de las
masas en el socialismo, la unidad del partido, la unidad de las masas y el partido. He
aqu? por qu? Bebel y el aparato del partido se opon?an a ?l: ello respond?a a
finalidades esencialmente conservadoras, al deseo de evitar alborotos.
Pero cuando la revoluci?n rusa de 1905 ? y las repercusiones de la era imperialista en
las relaciones de clases en la misma Alemania ? provocaron una agravaci?n de las
tendencias en el seno del movimiento obrero, y cuando el aparato socialdem?crata
corri? el peligro de partirse en dos, despu?s del congreso de Iena, Bebel, Ebert,
Scheidemann, prefirieron la unidad del aparato antes que la unidad con los obreros
radicalizados; as? fue c?mo interpretaron la ?prioridad de la organizaci?n?. A partir de
entonces, el aparato, en su conjunto, rompi? con la izquierda, ya que esta vez era la
izquierda la que exig?a que se dejara de lado la ?vieja t?ctica probada?, y no s?lo su
teor?a, sino tambi?n ? pecado supremo ? su pr?ctica rutinaria. Los dados estaban
echados.
La ?nica inc?gnita que sigui? abierta durante cierto tiempo fue la del alineamiento de
Kautsky: ?se alinear?a junto al aparato contra la izquierda, o junto a la izquierda contra
el aparato?
Despu?s de la revoluci?n de 1905, se inclin? por un momento hacia la izquierda. Pero
un incidente significativo iba a decidir su suerte. En 1908, Kautsky escribi? un folleto
titulado El camino del poder, en el que examinaba precisamente la cuesti?n, pendiente
desde el c?lebre prefacio de Engels de 1895, del paso de la conquista de la mayor?a
de las masas trabajadoras por el socialismo (el objetivo que se marcaba la ?vieja
t?ctica probada?) a la conquista del poder pol?tico mismo. Sus f?rmulas eran, en ?ltimo
t?rmino, moderadas, y no implicaban ninguna agitaci?n revolucionaria sistem?tica; ni
siquiera hablaba de suprimir la monarqu?a (hablaba, p?dicamente, de la
?democratizaci?n del imperio y de los estados que lo componen?). Pero en el folleto
hab?a demasiadas palabras ?peligrosas? a ojos de un Parteivorstand burocratizado,
mezquino y conservador. En ?l se hablaba de la posibilidad de una ?revoluci?n?; e
incluso se dec?a: ?Nadie ser? tan ingenuo como para suponer que pasaremos pac?fica
e imperceptiblemente del estado militarista... a la democracia.? Estas f?rmulas eran
?peligrosas?. Pod?an, incluso, ?provocar un juicio?. El Parteivorstand decidi?, pues,
destruir la edici?n del folleto.[14]
Sigui? a esto una tragicomedia en la que se decidi? la suerte de Kautsky como
revolucionario y como te?rico. Apel? a la comisi?n de control del partido, y ?sta le dio
la raz?n. Pero Bebel sigui? diciendo ?no?. Kautsky acept? entonces pasar bajo las
horcas caudinas de la censura del partido y mutilar su propio texto: todo aquello que
fuera susceptible de provocar esc?ndalo fue eliminado por ?l mismo del texto, que se
transform? en anodino. Kautsky sali? de este asunto como un hombre sin car?cter ni
espina dorsal. La ruptura con Rosa, el centrismo, el papel de servidor del aparato en el
debate de 1910-1912, la innoble capitulaci?n de 1914, etc., todo ello est? contenido en
germen en este episodio.
No fue casualidad el que la prueba decisiva, para Kautsky y todos los centristas, fuera
la cuesti?n de la lucha por el poder, de la reinserci?n del problema de la revoluci?n en
una estrategia enteramente basada en la rutina reformista cotidiana. Esta era, en
efecto, la cuesti?n decisiva para la socialdemocracia internacional desde 1905.
El an?lisis de la primera redacci?n de El camino del poder permite descubrir que los
elementos del centrismo est?n ya presentes antes incluso de que caiga la censura
burocr?tica. Ya que si bien, en esta primera versi?n, la descripci?n de los elementos
que agravan los antagonismos de clase (imperialismo, militarismo, expansi?n
econ?mica frenada, etc.) es perspicaz, su filosof?a fundamental, en cambio, sigue
siendo la de la ?vieja t?ctica probada?: la industrializaci?n trabaja a nuestro favor;
nuestro ascenso es irresistible, siempre que no se produzca un accidente. No se
levanta la hip?tesis de un abandono del fatalismo de la espera m?s que para el caso
de que ?nuestros adversarios cometan una tonter?a?: un golpe de estado o la guerra
mundial. En suma, seguimos en el mismo punto que cuando Parvus formul? el
problema en 1896...
En El camino del poder ni siquiera se habla de ?huelgas revolucionarias?, de
explosiones de masas. No se invoca la revoluci?n rusa m?s que para demostrar que
abre una nueva era de revoluciones en Oriente (cosa que es cierta), que esta era de
revoluciones orientales, a trav?s de los conflictos interimperialistas, tendr? profundas
repercusiones en las condiciones de Occidente (cosa que sigue siendo exacta) y
exacerbar? indudablemente las tensiones y la inestabilidad. Pero nada se dice de las
repercusiones de la revoluci?n rusa y de esta inestabilidad en el comportamiento de
las masas trabajadoras de Occidente. El elemento activo, el factor subjetivo, la
iniciativa pol?tica, est?n completamente ausentes. Estar al acecho de la tonter?a que
quiz? cometa el adversario, prepararse para la hora H a trav?s de medios puramente
organizativos, pero dejando escrupulosamente toda la iniciativa al enemigo; he aqu? en
qu? se resume toda la sensatez centrista kautskiana, posteriormente prolongada por la
de los austromarxistas, cuyo fracaso estallar? en 1934.
La superioridad de Rosa se manifiesta entonces en todos los terrenos, en el curso de
este debate crucial. Frente a las sosas referencias y estad?sticas con que Kautsky
justificaba su tesis de que ?la revoluci?n no debe de ning?n modo estallar
prematuramente?, Rosa levant? una comprensi?n profunda de la inmadurez de las
condiciones que conocer? cada revoluci?n proletaria en sus comienzos:
?... estos ataques "prematuros" del proletariado constituyen en s? mismos un factor
muy importante, que crea las condiciones pol?ticas de la victoria final, porque el
proletariado no puede alcanzar el grado de madurez pol?tica que lo capacitar? para
llevar a t?rmino la gran conmoci?n final m?s que en el fuego de luchas obstinadas.?
[15]
Fue en 1900 cuando Rosa escribi? estas l?neas, cuando ya formul?, en realidad, los
primeros elementos de una teor?a de las condiciones subjetivas necesarias para una
victoria revolucionaria; mientras que Kautsky sigue aferrado al examen de las solas
condiciones objetivas, ?llegando hasta el punto de negar que el problema planteado
por Rosa exista realmente! Con su fino instinto para la vida, las aspiraciones, la
temperatura y la acci?n de las masas, Rosa levanta, a partir del debate de 1910, el
problema clave de la estrategia obrera del siglo xx, es decir, plantea que ser?a vano
esperar un ascenso ininterrumpido de la combatividad de las masas y que, si ?stas se
ven decepcionadas por la ausencia de resultados y de directivas de las direcciones,
pueden volver a caer en la pasividad. [16]
Cuando Kautsky afirma que el ?xito de una huelga general ?capaz de detener todas las
f?bricas? depende de la organizaci?n previa de todos los obreros, lleva la ?prioridad de
la organizaci?n? a un absurdo. La historia le ha quitado la raz?n y se la ha dado a
Rosa. Sabemos de numerosas huelgas generales que han logrado paralizar
totalmente la vida econ?mica y social de distintas naciones modernas en momentos en
que tan s?lo estaba organizada una minor?a de trabajadores. La huelga general
francesa de mayo de 1968 no es m?s que la m?s reciente confirmaci?n de una vieja
experiencia.
Cuando Kautsky objeta a Rosa que ?los movimientos espont?neos de masas
inorganizadas son siempre incalculables?, y por esta raz?n peligrosos para un ?partido
revolucionario?, desvela una mentalidad peque?oburguesa de funcionario capaz de
imaginarse una ?revoluci?n? que se desarrolle de acuerdo con un horario de
ferrocarriles cuidadosamente ajustado. Rosa tiene mil veces raz?n cuando subraya, en
su contra, que un partido revolucionario como la socialdemocracia rusa y polaca de
1905 se distingue, precisamente, por su capacidad para comprender y asimilar todo
aquello que sea positivo en esta inevitable y saludable espontaneidad de las masas,
con objeto de concentrar su energ?a en el designio revolucionario que el partido ha
formulado y encarnado en su organizaci?n. [17] Hubo que llegar al conservadurismo
cerril de la burocracia staliniana para que volviera a levantarse contra Rosa la
acusaci?n infundada de que su an?lisis de los procesos revolucionarios de 1905
conced?a ?una importancia excesiva? a la espontaneidad de las masas, y ?muy poca
importancia al papel del partido?. [18]
En el caso de que Rosa sea culpable de una ?teor?a de la espontaneidad? (cosa que
est? lejos de haber quedado demostrada), esta culpa no se manifiesta,
indudablemente, ni en su juicio sobre el car?cter inevitable de las iniciativas
espont?neas de las masas en el curso de explosiones revolucionarias ? en esto tiene
raz?n en un 100 % ?, ni en ninguna ilusi?n en cuanto a que bastara con remitirse a
esta iniciativa espont?nea para que la revoluci?n triunfara, o, lo que viene a ser lo
mismo, para que de esta iniciativa surgiera la organizaci?n capaz de conducir la
revoluci?n a la victoria. Nunca fue culpable de ni?er?as como ?stas, a las que tan
aficionados son los espontane?stas de hoy.
Lo que concede a la ?huelga pol?tica de masas? un lugar excepcional en el designio de
Rosa es el hecho de que ve en ella el medio esencial para educar y preparar a las
masas para las futuras colisiones revolucionarias (o, mejor dicho, para educarlas y
crear las condiciones propicias para que puedan completar esta educaci?n por medio
de su propia acci?n). Aun sin haber elaborado una estrategia de reivindicaciones
transitorias, hab?a extra?do, de toda la experiencia pasada, la conclusi?n de que hab?a
que terminar con la pr?ctica cotidiana limitada a las luchas electorales, las huelgas
econ?micas y la propaganda abstracta ?por el socialismo?. La ?huelga pol?tica de
masas? era, para ella, el medio esencial para superar esta rutina.
Confrontaci?n con el aparato del estado, elevaci?n de la conciencia pol?tica de las
masas, aprendizaje revolucionario, todo ello quedaba enfocado en funci?n de una
perspectiva revolucionaria n?tida, que preve?a crisis revolucionarias en un plazo
relativamente breve. As? como Lenin fund? el bolchevismo en base a la convicci?n de
la actualidad de la revoluci?n en Rusia, as? como no extendi? esta noci?n al resto de
Europa m?s que despu?s del 4 de agosto de 1914, es a Rosa a quien corresponde el
m?rito de haber concebido por primera vez una estrategia socialista basada en esta
misma inminencia de la revoluci?n, tambi?n en Occidente, inmediatamente despu?s
de la revoluci?n rusa de 1905.
Su visi?n realista ? ?y, desgraciadamente, prof?tica! ? del papel que pod?a
desempe?ar el aparato burocr?tico del movimiento obrero en dicha crisis
revolucionaria puede verse en su discurso en el congreso de Iena, en septiembre de
1905:
?Las revoluciones anteriores, y, especialmente, las de 1848, han demostrado que, en
el curso de situaciones revolucionarias, no son las masas las que deben ser frenadas,
sino los abogados parlamentarios, para impedirles traicionar a las masas.? [19]
?Si la situaci?n revolucionaria llega a desplegarse plenamente, si las oleadas de la
lucha han llegado ya muy alto, entonces ning?n freno de los dirigentes del partido
podr? tener mucho efecto, y la masa se limitar? a dejar de lado a los dirigentes que
quisieran oponerse a la tempestad del movimiento. Esto podr?a producirse alg?n d?a
en Alemania. Pero no creo que desde el punto de vista del inter?s de la
socialdemocracia sea necesario y deseable ir en esa direcci?n.? [20]
La unidad de la obra de Rosa Luxemburg
En el contexto del ?gran designio? de Rosa ? llevar a la socialdemocracia al abandono
de la ?vieja t?ctica probada? y a prepararse para las luchas revolucionarias que Rosa
consideraba inminentes ?, el conjunto de su actividad adquiere una manifiesta unidad.
El an?lisis del imperialismo no corresponde tan s?lo a preocupaciones te?ricas
aut?nomas, si bien estas preocupaciones fueron reales.[21] Tiene por objetivo
desvelar uno de los principales resortes de la agravaci?n de las contradicciones en el
seno del mundo capitalista en su conjunto, y en el seno de la sociedad alemana
(europea) en particular. Tampoco concibe Rosa el internacionalismo como un tema
propagand?stico m?s o menos plat?nico, sino que lo hace en funci?n de dos
exigencias, la que concierne a la progresiva internacionalizaci?n de las huelgas, y la
que concierne a la preparaci?n del proletariado para la lucha contra la guerra
imperialista que se avecina. La campa?a internacionalista sistem?tica que Rosa llev? a
cabo en la socialdemocracia internacional durante veinte a?os estaba en funci?n de
una perspectiva revolucionaria y de una opci?n estrat?gica, igual que su campa?a por
la ?huelga pol?tica de masas? y su an?lisis en profundidad del imperialismo.
Lo mismo sucede con su campa?a antimilitarista y antimon?rquica. Contrariamente a
una idea ampliamente difundida, repetida, en ocasiones, incluso por comentadores
favorablemente predispuestos respecto a Rosa[22], la campa?a antimilitarista de Rosa
no estaba s?lo relacionada con su ?odio? (o su ?temor?) a la guerra, sino tambi?n con
una precisa comprensi?n del papel del estado burgu?s que hab?a que abatir para
llevar a la victoria a una revoluci?n socialista. Ya en 1899, escrib?a en la Leipziger
Volkszeitung:
?El poder y la dominaci?n tanto del estado capitalista como de la clase burguesa se
concentran en el militarismo. As? como la socialdemocracia representa el ?nico partido
pol?tico que combate el militarismo por razones de principio, del mismo modo esta
lucha principista contra el militarismo pertenece a la naturaleza misma de la
socialdemocracia. Abandonar el combate contra el sistema militar conducir?a en la
pr?ctica a negar, sencillamente, la lucha contra el orden social.? [23]
Y el a?o siguiente, en Reforma o revoluci?n, repetir? sucintamente, en sus
comentarios sobre el servicio militar obligatorio, que, si bien ?ste prepara los
fundamentos materiales para el armamento general del pueblo, lo hace ?en la forma
del militarismo moderno, precisamente cuando el dominio del pueblo por el estado
militar, cuando el car?cter de clase del estado, llegan a su m?s clara expresi?n?. [24]
H?gase la comparaci?n con estas f?rmulas, de una luminosa limpidez, no tan s?lo de
las elucubraciones de un Bernstein, sino tambi?n de la fraseolog?a ambigua de
Kautsky sobre la ?democratizaci?n del imperio?, y podr? verse la distancia que media.
Se comprende, a partir de ah?, la tremenda c?lera de Rosa cuando vio a los mismos
reformistas que le hab?an echado en cara el que ?arriesgara la sangre de los obreros?
con su ?t?ctica aventurera? [25] permitir que, despu?s de agosto de 1914, la sangre de
los obreros corriera en una escala mil veces m?s amplia, y no por su propia causa,
sino por la de los explotadores. Fue esta indignaci?n la que le inspir? sus severas
f?rmulas: ?la socialdemocracia no es ya m?s que un cad?ver maloliente?, ?los
socialdem?cratas alemanes son los mayores y m?s infames de los bribones que
hayan vivido en este mundo?.[26]
Incluso sus errores est?n en funci?n del gran designio que domin? su vida. Si se
equivoc?, efectivamente, en la apreciaci?n rec?proca de los bolcheviques y los
mencheviques en Rusia, si combati? el ?ultracentralismo? de Lenin, aun aprobando el
r?gimen de hierro ultracentralista instaurado por Leo Jogiches en su propio partido
polaco clandestino[27], si estaba inclinada a confiar demasiado en la educaci?n
socialista de la vanguardia obrera, y a subestimar la necesidad de forjar cuadros
obreros capaces de guiar a las m?s amplias masas, integradas espont?neamente en
la acci?n al inicio de la revoluci?n, si, por esta misma raz?n, negligi? la formaci?n de
una tendencia y de una fracci?n de izquierda organizadas en el seno del SPD a partir
de 1906 (la formaci?n de un nuevo partido era imposible antes de que la traici?n de los
dirigentes se materializara en actos comprensibles para las masas obreras), cosa que
cost? cara al joven Spartakusbund y al joven KPD, que tuvo que seleccionar una
direcci?n en plena crisis revolucionaria en vez de haber aprovechado para ello el
decenio precedente, todo ello se debi? a que estaba dominada por una creciente
desconfianza respecto a los aparatos de funcionarios y de secretarios profesionales,
cuyas fechor?as pudo juzgar sobre los hechos mismos mucho mejor y mucho antes
que Lenin.
Lenin lleg? en 1914 a las mismas conclusiones que Rosa sobre la socialdemocracia
alemana. Dedujo entonces que lo esencial para el proletariado no era la ?organizaci?n?
a secas, sino la organizaci?n cuyo programa y cuya fidelidad pr?ctica, cotidiana, a
dicho programa garantizaran que dicha organizaci?n fuera un motor y no un freno para
el levantamiento revolucionario de las masas. Rosa lleg? a la misma conclusi?n que
Lenin en cuanto a la necesidad de una organizaci?n separada de la vanguardia
revolucionaria en 1918, cuando hubo comprendido a fondo que no bastaba con confiar
en el empuje de las masas o en su espontaneidad para vencer el freno de los
funcionarios socialdem?cratas, en adelante contrarrevolucionarios. Pero el m?rito que
le corresponde a Rosa en la elaboraci?n del marxismo revolucionario contempor?neo
es inmenso. Ella fue la primera que plante? y empez? a resolver el problema de la
estrategia y la t?ctica revolucionarias en vistas al triunfo de los levantamientos de
masas en los pa?ses capitalistas altamente industrializados.
Escrito en marzo de 1971
Esta edici?n: Marxists Internet Archive, agosto de 2009.
Digitalizaci?n: Martin Fahlgren, 2009.
Notas en: http://www.rebelion.org/docs/113353.pdf


Tags: Rosa Luxemburgo, Ernest Mandel, democracia, movimiento obrero, marxismo, revisionismo, Lenin

Publicado por blasapisguncuevas @ 22:36  | Socialismos
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