Domingo, 13 de febrero de 2011
Truthout

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El siguiente ensayo es un resumen del prefacio del libro de Henry Giroux ?Hearts of Darkness: Torturing Children in the War on Terror? [?Corazones tenebrosos: Torturando a los ni?os en la guerra contra el terror?] -Paradigm Publishers 2010-. Traducido del ingl?s para Rebeli?n por Sinfo Fern?ndez.

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Desde que empez? el siglo XXI, estamos viviendo un per?odo hist?rico en el cual Estados Unidos ha ido renunciando a sus m?s tenues proclamas democr?ticas. Las estructuras a trav?s de las cuales la democracia reconoce a otros seres humanos como merecedores de respeto, dignidad y derechos humanos se han sacrificado en aras de un modo de hacer pol?tica y cultura que devino sencillamente en una extensi?n de la guerra, tanto dentro como fuera del pa?s. Sin embargo a nivel interno, y muy mal concebido, el Estado punitivo ha ido sustituyendo cada vez m?s al Estado del bienestar, a la vez que una cantidad de individuos y grupos cada vez m?s numerosos son ahora considerados poblaciones desechables, no merecedoras de esas redes de seguridad y protecciones b?sicas que proporcionan las condiciones para vivir con un sentido de seguridad y dignidad. En funci?n de esas valoraciones, los apoyos sociales b?sicos se vieron reemplazados por una construcci?n acelerada de prisiones, por la expansi?n de un sistema de justicia penal en la vida diaria y por una erosi?n cada vez mayor de las libertades civiles fundamentales. Las responsabilidades compartidas dieron paso a los temores compartidos, y la ?nica distinci?n que parec?a resonar en el ?mbito de la cultura era entre amigos y patriotas, por un lado, y disidentes y enemigos, por otro. La violencia de Estado no s?lo se convirti? en algo aceptable, sino que se normaliz?, a la vez que el gobierno se dedicaba a espiar a sus ciudadanos, a suspender el derecho al habeas corpus, a sancionar la brutalidad policial contra quienes cuestionaban el poder del Estado, a confiar en el privilegio de imponer secretos de Estado para ocultar sus cr?menes y, asimismo, fue reduciendo cada vez m?s las esferas p?blicas dise?adas para proteger a los ni?os en los centros y almacenes encargados de modelarles despu?s de salir de las prisiones. El miedo alter? el paisaje de los derechos y valores democr?ticos, a la vez que insensibilizaba a una poblaci?n que estaba m?s que dispuesta a mirar hacia otro lado mientras se deshumanizaba, encarcelaba o?sencillamente desechaba a grandes segmentos de poblaci?n. Podemos contemplar cada d?a las tr?gicas consecuencias de todo eso a la vez que los medios de comunicaci?n van informando de un sinf?n de historias tr?gicas de gentes decentes que pierden sus hogares; de m?s y m?s j?venes encarcelados; y de las cifras cada vez mayores de seres que se ven obligados a vivir en sus coches, en la calle o en ciudades de tiendas de campa?a. El New York Times ofrece una historia en primera p?gina sobre los j?venes que tienen que abandonar sus familias asoladas por la recesi?n para vivir en la calle, sobreviviendo a menudo a costa de vender sus propios cuerpos. Y en los medios dominantes va surgiendo alguna que otra noticia sobre los indecibles horrores infligidos a ni?os torturados en nuestras ?c?maras de la muerte? de Iraq, Cuba y Afganist?n. Pero el pueblo estadounidense apenas pesta?ea.

La administraci?n Bush se dedic? a erosionar a?n m?s una cultura inspirada en valores democr?ticos, sustituy?ndola por una cultura de la guerra y una cultura de la ilegalidad dedicada a experimentar con un sistema de detenciones extrajudiciales utilizado para crear c?maras de tortura en Bagram, Kandahar y la Bah?a de Guant?namo. Desde 2001, el lenguaje y la sombra fantasmal de la guerra lo envolvieron todo, no s?lo liquidando la distinci?n entre guerra y paz sino poniendo en juego una pedagog?a p?blica por la cual cada aspecto de la cultura quedaba ensombrecido a base de ideales, valores y conocimientos militarizados. Desde los videojuegos a las pel?culas de Hollywood, apoyados o producidos por el Departamento de Estado, hasta la continua militarizaci?n de la educaci?n p?blica y superior, se subordin? la noci?n de bien com?n a la metaf?sica militar, a los valores b?licos y a los dictados del Estado de seguridad nacional. La guerra gan? un nuevo estatus bajo la administraci?n Bush, pasando de ser una opci?n de ?ltimo recurso a un instrumento fundamental de la diplomacia en la guerra contra el terror. La fe dogm?tica en la guerra se complement? con un persistente intento de legitimar tal pol?tica a trav?s de otro tipo de guerra basado en una lucha pedag?gica para crear sujetos, ciudadanos e instituciones que apoyen esas pol?ticas draconianas. La guerra dej? de ser el ?ltimo recurso de un Estado para defender su territorio y se convirti? en una nueva forma de pedagog?a p?blica ?una especie de maquinaria de guerra cultural- dise?ada para conformar y dirigir la sociedad. La guerra devino el fundamento de una pol?tica que utilizaba lenguaje, conceptos militares y relaciones policiales para abordar los problemas m?s all? de los terrenos familiares de la batalla. En algunos casos, los medios dominantes se dedicaban a hermosear tanto la guerra que parec?a que se trataba del anuncio de una industria tur?stica. El resultado de todo ello es que el significado de la guerra se ampli? ret?rica, visual y materialmente, para as? poder nombrar, legitimar y emprender batallas contra los problemas sociales que implican las drogas, la pobreza y el reci?n descubierto enemigo de la naci?n, el inmigrante mexicano.

Al normalizarse?como funci?n central del poder y la pol?tica, la guerra se convirti? en un elemento regular y normativo de la sociedad estadounidense legitimado por un Estado de excepci?n y emergencia que lleg? a hacerse permanente. Como la producci?n de violencia continu? m?s all? de las amenazas y enemigos tradicionalmente definidos, el Estado puso ahora su mira en el terrorismo, cambiando sus registros de poder al emprender la guerra a partir de un concepto, ampliando sus persecuciones, t?cticas y estrategias contra ning?n Estado, ej?rcito, soldados o lugares espec?ficos en concreto. El enemigo estaba omnipresente, lo que lo hac?a a?n m?s dif?cil de erradicar y, por tanto, muy ?til para la expansi?n de las t?cticas de vigilancia, la cultura del miedo y el recurso a la violencia. La guerra se hab?a convertido ya en un rasgo permanente y com?n de la pol?tica interna y externa estadounidense, una batalla que no ten?a un final definitivo y que exig?a un uso constante de la violencia. La guerra devino en algo m?s que una estrategia militar: ahora era una pedagog?a y una forma de pol?tica cultural dise?ada para legitimar ciertos modos de gobierno, crear identidades de apoyo a los valores militaristas y proporcionar la cultura formativa que apoyara la organizaci?n y producci?n de esa violencia como rasgo central de la pol?tica interna y externa.

Es dif?cil imaginar c?mo puede evitarse que una democracia se corrompa si la guerra se convierte en el fundamento de la pol?tica, cuando no en la cultura misma. Los principios organizadores de una sociedad no pueden sobrevivir mucho tiempo, al menos en una entidad democr?tica, cuando continuamente se echa mano de la guerra y de la violencia de Estado. Estados Unidos se ha hundido en un per?odo en el que la sociedad se ha ido organizando cada vez m?s mediante la creaci?n de violencia, tanto simb?lica como material. En los medios de comunicaci?n, especialmente en el circuito de debates de la radio, surgi? una cultura de la crueldad imbuida de un s?rdido nacionalismo combinado con un hipermilitarismo y masculinidad que menospreciaba no s?lo la raz?n sino tambi?n a todos aquellos que encajaban en el estereotipo del otro, que parec?a incluir a todo aquel que no fuera blanco y cristiano. El di?logo, la raz?n y la reflexi?n fueron desapareciendo lentamente de la esfera p?blica mientras cada encuentro se enmarcaba dentro de c?rculos de seguridad y se pon?a en escena como si de un combate a muerte se tratara. A medida que el centro moral y c?vico del pa?s desaparec?a bajo el gobierno Bush, el lenguaje del mercado proporcionaba el ?nico referente para comprender las obligaciones de la ciudadan?a y la responsabilidad global, ignoradas por una maquinaria b?lica cada vez mayor y una cultura que produc?a empleos y mercanc?as y promov?a la econom?a de guerra.

La guerra en el exterior entr? en una nueva fase con la publicaci?n de las fotos de los detenidos que estaban siendo torturados en la prisi?n de Abu Ghraib. La guerra, como violencia organizada, qued? as? despojada de cualquier prop?sito noble que pudiera tener y del ilusorio objetivo de promover la democracia, revelando la violencia de Estado como su aspecto m?s degradante y deshumanizador. El poder del Estado se hab?a convertido en un instrumento de tortura, desgarrando la carne de los seres humanos, violando a las mujeres y, lo m?s abominable que cabe imaginar, torturando a los ni?os. La democracia se hab?a convertido en algo que defend?a lo inimaginable e inflig?a las m?s horribles mutilaciones tanto a los adultos como a los ni?os a los que consideraba enemigos de la democracia. Pero las mutilaciones se inflig?an tambi?n contra el cuerpo pol?tico; pol?ticos como el Vicepresidente Cheney defend?an la tortura mientras los medios abordaban la cuesti?n de la tortura no como una violaci?n de los principios democr?ticos o de los derechos humanos sino como una estrategia que podr?a o no producir determinada informaci?n. Los argumentos utilitarios utilizados para defender la econom?a de mercado, que s?lo ten?an en cuenta los an?lisis coste-beneficio y la prioridad de valores de cambio, ahora hab?an alcanzado su punto l?gico final, igual que se utilizaban parecidos argumentos para defender la tortura, incluso aunque hubiera ni?os implicados. La pretensi?n de democracia qued? aniquilada mientras una y otra vez se revelaba que Estados Unidos se hab?a convertido en un Estado-tortura, asemej?ndose a las m?s infames dictaduras, como las de Argentina y Chile durante la d?cada de los a?os setenta. El gobierno estadounidense, bajo la administraci?n Bush, finalmente hab?a arribado a un punto donde la metaf?sica de la guerra, la violencia organizada y el terrorismo de Estado imped?an a los dirigentes en Washington reconocer hasta qu? punto estaban emulando los propios actos de terrorismo contra los que afirmaban estar luchando. El c?rculo se ha completado ya al transformarse el Estado b?lico en un Estado-tortura. Todo estaba permitido, tanto en casa como fuera, mientras que el sistema jur?dico, junto con el sistema de mercado, legitimaban un modo punitivo y despiadado de darwinismo econ?mico que consideraba la moralidad, cuando no la misma democracia, como una debilidad a despreciar o ignorar. Los mercados no s?lo se apoderaron de la pol?tica, tambi?n eliminaron las consideraciones ?ticas para cualquier comprensi?n de c?mo trabajaban los mercados o qu? efectos produc?an en un orden social m?s amplio. La autorregulaci?n acab? con las consideraciones morales, convirti?ndose en la fuerza fundamental para manejar el mercado, mientras intereses individuales estrechamente definidos fijaban los par?metros de lo que era posible. Lo p?blico se derrumb? en lo privado, y la responsabilidad social se redujo a los mismos deseos arbitrarios asociales y herm?ticos. No sorprende, por tanto, que lo inhumano y degradante entrara en el discurso p?blico y conformara el debate sobre la guerra, la violencia de Estado y los abusos de los derechos humanos; tambi?n sirvi? para legitimar esas pr?cticas. Los Estados Unidos entraron imperturbables en un vac?o moral que posibilit? la justificaci?n tanto de la tortura como de la violencia de Estado, movilizando con ?xito una cultura de la guerra y una pedagog?a p?blica de la cultura en sentido amplio que convenci?, como indicaba una encuesta del Pew Research Center, al 54% del pueblo estadounidense de que ?la tortura?en ocasiones est? justificada para obtener informaci?n importante de terroristas sospechosos? (1). La mayor?a del pueblo estadounidense acept? obedientemente la normalizaci?n de la tortura mientras las aspiraciones y anhelos democr?ticos resultaban irreparablemente da?ados.

?Hearts of Darkness: Torturing Children in the War on Terror? examina c?mo Estados Unidos, bajo el gobierno Bush, se embarc? en una Guerra contra el Terror que no s?lo defendi? la tortura como pol?tica oficial sino que tambi?n foment? las condiciones para la aparici?n de una cultura de la crueldad que alter? profundamente el paisaje moral y pol?tico del pa?s. Al considerarse la tortura como algo normal bajo Bush, se corrompieron los ideales y la cultura pol?tica estadounidenses y la administraci?n se pas? al lado tenebroso al sancionar lo m?s atroz e inimaginable: la tortura a los ni?os. Aunque la aparici?n del Estado-tortura se ha visto sometida a intensas controversias, los intelectuales, acad?micos, artistas, escritores, padres y pol?ticos no han dicho apenas nada sobre c?mo la violencia de Estado bajo la administraci?n Bush puso en marcha una pedagog?a p?blica y cultura pol?tica que legitimaba la tortura sistem?tica a los ni?os y que lo hac?a con la complicidad de los medios dominantes que, o bien negaban tales pr?cticas, o sencillamente las ignoraban. Nos centramos deliberadamente aqu? en los ni?os porque los j?venes proporcionan un poderoso referente en cuanto a las consecuencias a largo plazo de las pol?ticas sociales, cuando no del mismo futuro, y tambi?n porque ofrecen un importante indicador para medir los valores morales y democr?ticos de una naci?n. Los ni?os son los latidos del coraz?n y la br?jula moral de la pol?tica porque hablan de lo mejor de sus posibilidades y promesas, y sin embargo, desde la d?cada de 1980, se han convertido en el punto de fuga del debate moral, considerados bien irrelevantes, debido a su edad, o descartados, porque en gran medida se les contempla como una especie de materia prima, o ignorados, porque se les considera una amenaza para la sociedad adulta. En alguna parte he escrito que dependiendo de c?mo una sociedad eduque a sus hijos se conecta con el futuro colectivo que la gente anhela. Actualmente, por la forma de educar a los j?venes bajo la administraci?n Bush, ?stos se han convertido en algo sin valor porque la juventud no s?lo est? devaluada y considerada como no merecedora de una vida y futuro decentes (una raz?n por la que se les niega una adecuada atenci?n sanitaria), tambi?n se les redujo al estatus de lo inhumano y depravado y se les someti? a actos crueles de tortura en lugares que eran tan ilegales como b?rbaros. En este caso, la juventud se convirti? en la negaci?n de la pol?tica y del mismo futuro.

Pero hay algo m?s en juego que la visibilidad de esos cr?menes: hay tambi?n el imperativo moral y pol?tico de plantear serias cuestiones sobre los desaf?os que la administraci?n Obama debe abordar a la luz de este vergonzoso per?odo de la historia estadounidense, especialmente si quiere revertir esas pol?ticas y seguir proclamando su intenci?n de restaurar cualquier vestigio de democracia estadounidense. Desde luego, cuando un pa?s legaliza la tortura y extiende los mecanismos disciplinarios del dolor, la humillaci?n y el sufrimiento a los ni?os, sugiere que ha habido demasiadas personas mirando hacia otro lado mientras todo eso suced?a y al hacerlo as? permitieron que se dieran las condiciones para que surgiera el incalificable acto de justificar la tortura a los ni?os como una cuesti?n de pol?tica de Estado. Ya es hora de que los estadounidenses se enfrenten a esos cr?menes y se comprometan en un di?logo nacional sobre las condiciones pol?ticas, econ?micas, educativas y sociales que permitieron que emergiera en la historia de EEUU un per?odo tan tenebroso, a la vez que exijan responsabilidades a los culpables de tales actos. La Administraci?n Obama est? siendo duramente criticada por asumir muchas de las pol?ticas de Bush, pero lo que resulta m?s preocupante de todo es su disposici?n a hacer de la guerra, el secretismo y la suspensi?n de las libertades civiles fundamentales los rasgos centrales de sus propias pol?ticas. Obama, en su deseo de mirar hacia delante y adoptar una idea despolitizada y moralmente vac?a de pol?tica postpartidista, recicla una forma peligrosa de amnesia hist?rica y social, mientras pasa por alto la patolog?a c?vica y pol?tica que hered?. Por suerte, este libro nos recordar? que, como mucho, la memoria es perturbadora y algunas veces hasta peligrosa en su exigencia de que los individuos se conviertan en testigos pol?ticos y morales; que se arriesguen; y que asuman la historia no como una mera cr?tica sino tambi?n como una advertencia sobre cu?n fr?gil es la democracia y lo que suele suceder cuando se permite que desaparezcan los principios, ideales y elementos de la cultura que la sustentan, superados por fuerzas que adoptan la muerte en lugar de la vida, el miedo en lugar de la esperanza, el aislamiento en lugar de la solidaridad. Robert Hass, el poeta estadounidense, ha sugerido que la tarea de la educaci?n, su tarea pol?tica, ?es refrescar el pensamiento de que la idea de la justicia est? todo el tiempo extingui?ndose en nosotros? (2). La justicia est? desapareciendo, una vez m?s, bajo la administraci?n Obama, pero no es s?lo tarea del gobierno evitar que ?desparezca?: es tambi?n la tarea de todos los estadounidenses ?como padres, ciudadanos, individuos y educadores- y no s?lo como una cuesti?n de obligaci?n social o responsabilidad moral sino como un acto de pol?tica, de capacidad y de posibilidad.

El libro est? dividido en seis cap?tulos. El primer cap?tulo analiza la aparici?n de una serie de condiciones econ?micas, sociales y pol?ticas que se intensificaron especialmente bajo la administraci?n de George W. Bush, conformando el escenario para la transformaci?n del Estado del bienestar en un Estado b?lico y torturador. C?mo los valores democr?ticos se han ido subordinando cada vez m?s a los valores del mercado, y c?mo la cultura del miedo ha sustituido a la cultura de la compasi?n, elimin?ndose las restricciones anteriormente impuestas en el juego del mercado y las fuerzas financieras. Los asuntos p?blicos se derrumbaron frente a los intereses privados, y la gente se volvi? m?s vulnerable ante esas fuerzas pol?ticas y econ?micas que fomentaban la incertidumbre, la inestabilidad y la inseguridad. A la vez que las instituciones y el bien com?n pasaban a considerarse cada vez con mayor desd?n, la cultura se hizo m?s ensimismada, mezquina, competitiva y despiadada en su poca disposici?n para mostrar compasi?n hacia el otro, especialmente hacia aquellos que eran m?s vulnerables ante la incertidumbre de los tiempos, como son los j?venes, los ancianos, los inmigrantes, las minor?as pobres y los musulmanes. A medida que la cultura del miedo y la competitividad parec?a escaparse de todo control, el Estado punitivo sustituy? al Estado social y la pol?tica se redujo en gran medida a proteger los beneficios de los ricos y ampliar los aparatos represivos que se utilizaban para contener y castigar a los pobres. A medida que los problemas sociales se criminalizaban cada vez m?s, el Estado punitivo devino en la ?nica fuerza de legitimaci?n para un Estado debilitado por las fuerzas de una globalizaci?n destructiva y las fuerzas de capital y finanzas de libre flotaci?n. A medida que las leyes del mercado, un excesivo individualismo y una incontrolable noci?n de ego?smo se convert?an en los principios m?s importantes a la hora de moldear la sociedad, los valores, las identidades y las relaciones se subordinaron a los intereses de una formaci?n econ?mica que hab?a conseguido liberarse de cualquier restricci?n. Las condiciones que ahora se desarrollaban en los asuntos relativos a la justicia y los derechos humanos se sacrificaron ante las fuerzas de la conveniencia pol?tica y econ?mica.

El segundo cap?tulo del libro analiza c?mo la tortura se convirti? en pol?tica de Estado a trav?s de una serie de ?legalidades ilegales? urdidas por diversos miembros de la administraci?n Bush, y c?mo los medios, en colusi?n con el gobierno, se negaron a reconocer que la tortura no era algo que apareci? sencillamente tras el 11-S, sino algo que el gobierno de EEUU lleva d?cadas practicando.

En el tercer cap?tulo se analiza c?mo el debate alrededor de la tortura parec?a haberse liberado a s? mismo de los abusos contra los derechos humanos perpetrados hist?ricamente por EEUU y tambi?n c?mo la administraci?n Bush promovi? activamente nuevas formas de tortura en violaci?n de todos los tratados internacionales importantes que consideran la tortura un acto ilegal y criminal.

El cap?tulo cuarto detalla la negativa del gobierno a reconocer estar practicando la tortura legitimada por el Estado y los atroces actos de violencia y malos tratos perpetrados contra numerosos detenidos en varios lugares y prisiones bajo control estadounidense.

El cap?tulo quinto proporciona amplias pruebas de c?mo todas esas condiciones, junto con las numerosas violaciones de los derechos humanos, dieron lugar finalmente a lo inconcebible: la tortura a los ni?os. Este cap?tulo es tan detallado como impactante, invocando tanto los testimonios de terceras partes como los testimonios de los ni?os que fueron torturados.

El cap?tulo final del libro plantea una serie de cuestiones sobre si Obama est? dispuesto a desafiar el horrible legado de la administraci?n Bush, redefiniendo la democracia estadounidense, o si acabar? endosando la cultura de crueldad y sufrimiento que es el legado de los a?os de Bush y Cheney.

Notas:

[1] Heather Maher: "Majority of Americans Think Torture Sometimes Justified",, CommonDreams.org (4 diciembre 2009).

[2] Hass citado por Sarah Pollock: "Robert Hass" Mother Jones (Marzo-abrill 1992), p?g. 22.

Henry A. Giroux ostenta en la actualidad la c?tedra de la Red Global de TV en el Departamento de Ingl?s y Estudios Culturales de la Universidad McMaster. Ha sido profesor en la Universidad de Boston, en la Universidad Miami de Ohio y en la Universidad Penn State.?Entre sus libros m?s recientes figuran: Youth in a Suspect Society (Palgrave, 2009); Politics After Hope: Obama and the Crisis of Youth, Race, and Democracy (Paradigm, 2010); Hearts of Darkness: Torturing Children in the War on Terror (Paradigm, 2010). Giroux es tambi?n miembro de la junta de responsables de Truthout.??Su pagina web es www.henryagiroux.com.

Fuente: http://www.truth-out.org/torturing-democracy67570

rCR


Tags: democracia, educación, libertades civiles, tortura, cultura, paisaje

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