Domingo, 20 de febrero de 2011

La mujer no depende ya del hombre

?Se mantendr? la familia en un Estado comunista? ?Persistir? en la misma forma actual? Son estas cuestiones que atormentan, en los momentos presentes, a la mujer de la clase trabajadora y preocupa igualmente a sus compa?eros, los hombres.

No debe extra?arnos que en estos ?ltimos tiempos este problema perturbe las mentes de las mujeres trabajadoras. La vida cambia continuamente ante nuestros ojos; antiguos h?bitos y costumbres desaparecen poco a poco. Toda la existencia de la familia proletaria se modifica y organiza en forma tan nueva, tan fuera de lo corriente, tan extra?a, como nunca pudimos imaginar.

Y una de las cosas que mayor perplejidad produce en la mujer en estos momentos es la manera como se ha facilitado el divorcio en Rusia.

De hecho, en virtud del decreto del Comisario del Pueblo del 18 de diciembre de 1917, el divorcio ha dejado de ser un lijo accesible s?lo a los ricos; desde ahora en adelante, la mujer trabajadora no tendr? que esperar y meses, e incluso hasta a?os, para que sea fallada su petici?n de separaci?n matrimonial que le d? derecho a independizarse de un marido borracho o brutal, acostumbrado a golpearla. Desde ahora en adelante el divorcio se podr? obtener amigablemente dentro del periodo de una o dos semanas todo lo m?s.

Pero es precisamente esta facilidad para obtener el divorcio, manantial de tantas esperanzas para las mujeres que son desgraciadas en su matrimonio, lo que asusta a otras mujeres, particularmente a aquellas que consideran todav?a al marido como el "proveedor" de la familia, como el ?nico sost?n de la vida, a esas mujeres que no comprenden todav?a que deben acostumbrarse a buscar y a encontrar ese sost?n en otro sitio, no en la persona del hombre, sino en la persona de la sociedad, en el Estado.

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Desde la familia gen?sica a nuestros d?as

No hay ninguna raz?n para pretender enga?arnos a nosotros mismos: la familia normal de los tiempos pasados en la cual el hombre lo era todo y la mujer nada -puesto que no ten?a voluntad propia, ni dinero propio, ni tiempo del que disponer libremente-, este tipo de familia sufre modificaciones d?a por d?a, y actualmente es casi una cosa del pasado, lo cual no debe asustarnos.

Bien sea por error o ignorancia, estamos dispuestos a creer que todo lo que nos rodea debe permanecer inmutable, mientras todo lo dem?s cambia. Siempre ha sido as? y siempre lo ser?. Esta afirmaci?n es un error profundo.

Para darnos cuenta de su falsedad, no tenemos m?s que leer c?mo viv?an las gentes del pasado, e inmediatamente vemos c?mo todo est? sujeto a cambio y c?mo no hay costumbres, ni organizaciones pol?ticas, ni moral que permanezcan fijas e inviolables.

As?, pues, la familia ha cambiado frecuentemente de forma en las diversas ?pocas de la vida de la humanidad.

Hubo ?pocas en que la familia fue completamente distinta a como estamos acostumbrados a admitirla. Hubo un tiempo en que la ?nica forma de familia que se consideraba normal era la llamada familia gen?sica, es decir, aquella en que el cabeza de familia era la anciana madre, en torno a la cual se agrupaban, en la vida y en el trabajo com?n, los hijos, nietos y biznietos.

La familia patriarcal fue en otros tiempos considerada tambi?n como la ?nica forma posible de familia, presidida por un padre-amo, cuya voluntad era ley para todos los dem?s miembros de la familia. A?n en nuestros tiempos se pueden encontrar en las aldeas rusas familias campesinas de este tipo. En realidad podemos afirmar que en esas localidades la moral y las leyes que rigen la vida familiar son completamente distintas de las que reglamentan la vida de la familia del obrero de la ciudad. En el campo existen todav?a gran n?mero de costumbres que ya no es posible encontrar en la familia de la ciudad proletaria.

El tipo de familia, sus costumbres, etc., var?an seg?n las razas. Hay pueblos, como por ejemplo los turcos, ?rabes y persas, entre los cuales la ley autoriza al marido el tener varias mujeres. Han existido y todav?a se encuentran tribus que toleran la costumbre contraria, es decir, que la mujer tenga varios maridos.

La moralidad al uso del hombre de nuestro tiempo le autoriza para exigir de las j?venes la virginidad hasta su matrimonio leg?timo. Pero, sin embargo, hay tribus en las que ocurre todo lo contrario: la mujer tiene por orgullo haber tenido muchos amantes, y se engalana brazos y piernas con brazaletes que indican el n?mero...

Diversas costumbres, que a nosotros nos sorprenden, h?bitos que podemos incluso calificar de inmorales, los practican otros pueblos, con la sanci?n divina, mientras que, por su parte, califican de "pecaminosas" muchas de nuestras costumbres y leyes.

Por tanto, no hay ninguna raz?n para que nos aterroricemos ante el hecho de que la familia sufra un cambio, porque gradualmente se descarten vestigios del pasado vividos hasta ahora, ni porque se implanten nuevas relaciones entre el hombre y la mujer. No tenemos m?s que preguntarnos: ?qu? es lo que ha muerto en nuestro viejo sistema familiar y qu? relaciones hay entre el hombre trabajador y la mujer trabajadora, entre el campesino y la campesina?

?Cu?les de sus respectivos derechos y deberes armonizan mejor con las condiciones de vida de la nueva Rusia? Todo lo que sea compatible con el nuevo estado de cosas se mantendr?; lo dem?s, toda esa anticuada morralla que hemos heredado de la maldita ?poca de servidumbre y dominaci?n, que era la caracter?stica de los terratenientes y capitalistas, todo eso tendr? que ser barrido juntamente con la misma clase explotadora, con esos enemigos del proletariado y de los pobres.

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El capitalismo ha destruido la vieja vida familiar

La familia, en su forma actual, no es m?s que una de tantas herencias del pasado. S?lidamente unida, compacta en s? misma en sus comienzos, e indisoluble -tal era el car?cter del matrimonio santificado por el cura-, la familia era igualmente necesaria para cada uno de sus miembros. Porque ?qui?n se hubiera ocupado de criar, vestir y educar a los hijos de no ser la familia? ?Qui?n se hubiera ocupado de guiarlos en la vida? Triste suerte la de los hu?rfanos en aquellos tiempos; era el peor destino que pudiera tocarle a uno en suerte.

En el tipo de familia a que estamos acostumbrados, es el marido el que gana el sustento, el que mantiene a la mujer y a los hijos. La mujer, por su parte, se ocupa de los quehaceres dom?sticos y de criar a los hijos como le parece.

Pero, desde hace un siglo, esta forma corriente de familia ha experimentado una destrucci?n progresiva en todos los pa?ses del mundo, en los que domina el capitalismo, en aquellos pa?ses en que el n?mero de f?bricas crece r?pidamente, juntamente con otras empresas capitalistas que emplean trabajadores.

Las costumbres y la moral familiar se forman simult?neamente como consecuencia de las condiciones generales de la vida que rodea a la familia. Lo que m?s ha contribuido a que se modificasen las costumbres familiares de una manera radical ha sido, indiscutiblemente, la enorme expansi?n que ha adquirido por todas partes el trabajo asalariado de la mujer. Anteriormente, era el hombre el ?nico sost?n posible de la familia. Pero desde los ?ltimos cincuenta o sesenta a?os, hemos experimentado en Rusia (con anterioridad en otros pa?ses) que el r?gimen capitalista obliga a las mujeres a buscar trabajo remunerador fuera de la familia, fuera de su casa.

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Treinta millones de mujeres soportan una doble carga

Como el salario del hombre, sost?n de la familia, resultaba insuficiente para cubrir las necesidades de la misma, la mujer se vio obligada a su vez a buscar trabajo remunerado; la madre tuvo que llamar tambi?n a la puerta de la f?brica. A?o por a?o, d?a tras d?a, fue creciendo el n?mero de mujeres pertenecientes a la clase trabajadora que abandonaban sus casas para ir a nutrir las filas de las f?bricas, para trabajar como obreras, dependientas, oficinistas, lavanderas o criadas.

Seg?n c?lculos de antes de la Gran Guerra, en los pa?ses de Europa y Am?rica ascend?an a sesenta millones las mujeres que se ganaban la vida con su trabajo. Durante la guerra ese n?mero aument? considerablemente.

La inmensa mayor?a de estas mujeres estaban casadas; f?cil es imaginarnos la vida familiar que podr?an disfrutar. ?Qu? vida familiar puede existir donde la esposa y madre se va de casa durante ocho horas diarias, diez mejor dicho (contando el viaje de ida y vuelta)! La casa queda necesariamente descuidad; los hijos crecen sin ning?n cuidado maternal, abandonados a s? mismos en medio de los peligros de la calle, en la cual pasan la mayor parte del tiempo.

La mujer casada, la madre que es obrera, suda sangre para cumplir con tres tareas que pesan al mismo tiempo sobre ella: disponer de las horas necesarias para el trabajo, lo mismo que hace su marido, en alguna industria o establecimiento comercial; consagrarse despu?s, lo mejor posible, a los quehaceres dom?sticos, y, por ?ltimo, cuidar de sus hijos.

El capitalismo ha cargado sobre los hombros de la mujer trabajadora un peso que la aplasta; la ha convertido en obrera, sin aliviarla de sus cuidados de ama de casa y madre.

Por tanto, nos encontramos con que la mujer se agota como consecuencia de esta triple e insoportable carga, que con frecuencia expresa con gritos de dolor y hace asomar l?grimas a sus ojos.

Los cuidados y las preocupaciones han sido en todo tiempo destino de la mujer; pero nunca ha sido su vida m?s desgraciada, m?s desesperada que en estos tiempos bajo el r?gimen capitalista, precisamente cuando la industria atraviesa por periodo de m?xima expansi?n.

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Los trabajadores aprenden a existir sin vida familiar

Cuanto m?s se extiende el trabajo asalariado de la mujer, m?s progresa la descomposici?n de la familia. ?Qu? vida familiar puede haber donde el hombre y la mujer trabajan en la f?brica, en secciones diferentes, si la mujer no dispone siquiera del tiempo necesario para guisar una comida medianamente buena para sus hijos! ?Qu? vida familiar puede ser la de una familia en la que el padre y la madre pasan fuera de casa la mayor parte de las veinticuatro horas del d?a, entregados a un duro trabajo, que les impide dedicar unos cuantos minutos a sus hijos!

En ?pocas anteriores, era completamente diferente. La madre, el ama de casa, permanec?a en el hogar, se ocupaba de las tareas dom?sticas y de sus hijos, a los cuales no dejaba de observar, siempre vigilante.

Hoy d?a, desde las primeras horas de la ma?ana hasta que suena la sirena de la f?brica, la mujer trabajadora corre apresurada para llegar a su trabajo; por la noche, de nuevo, al sonar la sirena, vuelve precipitadamente a casa para preparar la sopa y hacer los quehaceres dom?sticos indispensables. A la ma?ana siguiente, despu?s de breves horas de sue?o, comienza otra vez para la mujer su pesada carga. No puede, pues, sorprendernos, por tanto, el hecho de que, debido a estas condiciones de vida, se deshagan los lazos familiares y la familia se disuelva cada d?a m?s. Poco a poco va desapareciendo todo aquello que convert?a a la familia en un todo s?lido, todo aquello que constitu?a sus seguros cimientos, la familia es cada vez menos necesaria a sus propios miembros y al Estado. Las viejas formas familiares se convierten en un obst?culo.

?En qu? consist?a la fuerza de la familia en los tiempos pasados? En primer lugar, en el hecho de que era el marido, el padre, el que manten?a a la familia; en segundo lugar, el hogar era algo igualmente necesario a todos los miembros de la familia, y en tercer y ?ltimo lugar, porque los hijos eran educados por los padres.

?Qu? es lo que queda actualmente de todo esto? El marido, como hemos visto, ha dejado de ser el sost?n ?nico de la familia. La mujer, que va a trabajar, se ha convertido, a este respecto, en igual a su marido. Ha aprendido no s?lo a ganarse la vida, sino tambi?n, con gran frecuencia, a ganar la de sus hijos y su marido. Queda todav?a, sin embargo, la funci?n de la familia de criar y mantener a los hijos mientras son peque?os. Veamos ahora, en realidad, lo que subsiste de esta obligaci?n.

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El trabajo casero no es ya una necesidad

Hubo un tiempo en que la mujer de la clase pobre, tanto en la ciudad como en el campo, pasaba su vida entera en el seno de la familia. La mujer no sab?a nada de lo que ocurr?a m?s all? del umbral de su casa y es casi seguro que tampoco deseaba saberlo. En compensaci?n, ten?a dentro de su casa las m?s variadas ocupaciones, todas ?tiles y necesarias, no s?lo para la vida de la familia en s?, sino tambi?n para la de todo el Estado.

La mujer hac?a, es cierto, todo lo que hoy hace cualquier mujer obrera o campesina. Guisaba, lavaba, limpiaba la casa y repasaba la ropa de la familia. Pero no hac?a esto s?lo. Ten?a sobre s?, adem?s, una serie de obligaciones que no tienen ya las mujeres de nuestro tiempo: hilaba la lana y el lino; tej?a las telas y los adornos, las medias y los calcetines; hac?a encajes y se dedicaba, en la medida de las posibilidades familiares, a las tareas de la conservaci?n de carnes y dem?s alimentos; destilaba las bebidas de la familia, e incluso moldeaba las velas para la casa.

?Cu?n diversas eran las tareas de la mujer en los tiempos pasados! As? pasaron la vida nuestras madres y abuelas. A?n en nuestros d?as, all? en remotas aldeas, en pleno campo, en contacto con las l?neas del tren o lejos de los grandes r?os, se pueden encontrar peque?os n?cleos donde se conserva todav?a, sin modificaci?n alguna, este modo de vida de los buenos tiempos del pasado, en la que el ama de casa realizaba una serie de trabajos de los que no tiene noci?n la mujer trabajadora de las grandes ciudades o de las regiones de gran poblaci?n industrial, desde hace mucho tiempo.

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El trabajo industrial de la mujer en el hogar

En los tiempos de nuestras abuelas eran absolutamente necesarios y ?tiles todos los trabajos dom?sticos de la mujer, de los que depend?a el bienestar de la familia. Cuanto m?s se dedicaba la mujer de su casa a estas tareas, tanto mejor era la vida en el hogar, m?s orden y abundancia se reflejaban en la casa. Hasta el propio Estado pod?a beneficiarse un tanto de las actividades de la mujer como ama de casa. Porque, en realidad, la mujer de otros tiempos no se limitaba a preparar pur?s para ella o su familia, sino que sus manos produc?an muchos otros productos de riqueza, tales como telas, hilo, mantequilla, etc., cosas que pod?an llevarse al mercado y ser consideradas como mercanc?as, como cosas de valor.

Es cierto que en los tiempos de nuestras abuelas y bisabuelas el trabajo no era evaluado en dinero. Pero no hab?a ning?n hombre, fuera campesino u obrero, que no buscase como compa?era una mujer con "manos de oro", frase todav?a proverbial entre el pueblo.

Porque s?lo los recursos del hombre, sin el trabajo dom?stico de la mujer, no hubieran bastado para mantener el hogar.

En lo que se refiere a los bienes del Estado, a los intereses de la naci?n, coincid?an con los del marido; cuanto m?s trabajadora resultaba la mujer en el seno de su familia, tantos m?s productos de todas clases produc?a: telas, cueros, lana, cuyo sobrante pod?a ser vendido en el mercado de las cercan?as; consecuentemente, la "mujer de su casa" contribu?a a aumentar en su conjunto la prosperidad econ?mica del pa?s.

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La mujer casada y la f?brica

El capitalismo ha modificado totalmente esta antigua manera de vida. Todo lo que antes se produc?a en el seno de la familia, se fabrica ahora en grandes cantidades en los talleres y en las f?bricas. La m?quina sustituy? a los ?giles dedos del ama de casa. ?Qu? mujer de su casa trabajar?a hoy d?a en moldear velas, hilar o tejer tela? Todos estos productos pueden adquirirse en la tienda m?s pr?xima. Antes, todas las muchachas ten?an que aprender a tejer sus medias; ?es posible encontrar en nuestros tiempos una joven obrera que se haga las medias? En primer lugar, carece del tiempo necesario para ello. El tiempo es dinero y no hay nadie que quiera perderlo de una manera improductiva, es decir, sin obtener ning?n provecho. Actualmente, toda mujer de su casa, que es a la vez una obrera, prefiere comprar las medias hechas que perder tiempo haci?ndolas.

Pocas mujeres trabajadoras, y s?lo en casos aislados, podemos encontrar hoy d?a que preparen las conservas para la familia, cuando la realidad es que en la tienda de comestibles de al lado de su casa puede comprarlas perfectamente preparadas. Aun en el caso de que el producto vendido en la tienda sea de una calidad inferior, o que no sea tan bueno como el que pueda hacer una ama de casa ahorrativa en su hogar, la mujer trabajadora no tiene ni tiempo ni energ?as para dedicarse a todas las laboriosas operaciones que requiere un trabajo de esta clase.

La realidad, pues, es que la familia contempor?nea se independiza cada vez m?s de todos aquellos trabajos dom?sticos sin cuya preocupaci?n no hubieran podido concebir la vida familiar nuestras abuelas.

Lo que se produc?a anteriormente en el seno de la familia se produce actualmente con el trabajo com?n de hombres y mujeres trabajadoras en las f?bricas y talleres.

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Los quehaceres individuales est?n llamados a desaparecer

La familia actualmente consume sin producir. Las tareas esenciales del ama de casa han quedado reducidas a cuatro: limpieza (suelos, muebles, calefacci?n , etc.); cocina (preparaci?n de comida y cena); lavado y cuidado de la ropa blanca, y vestidos de la familia (remendado y repaso de la ropa).

Estos son trabajos agotadores. Consumen todas las energ?as y todo el tiempo de la mujer trabajadora, que, adem?s, tiene que trabajar en una f?brica.

Ciertamente que los quehaceres de nuestras abuelas comprend?an muchas m?s operaciones, pero, sin embargo, estaban dotados de una cualidad de la que carecen los trabajos dom?sticos de la mujer obrera de nuestros d?as; ?stos han perdido su cualidad de trabajos ?tiles al Estado desde el punto de vista de la econom?a nacional, porque son trabajos con los que no se crean nuevos valores. Con ellos no se contribuye a la prosperidad del pa?s.

Es en vano que la mujer trabajadora se pase el d?a desde la ma?ana hasta la noche limpiando su casa, lavando y planchando la ropa, consumiendo sus energ?as para conservar sus gastadas ropas en orden, mat?ndose para preparar con sus modestos recursos la mejor comida posible, porque cuando termine el d?a no quedar?, a pesar de sus esfuerzos, un resultado material de todo su trabajo diario; con sus manos infatigables no habr? creado en todo el d?a nada que pueda ser considerado como una mercanc?a en el mercado comercial. Mil a?os que viviera todo seguir?a igual para la mujer trabajadora. Todas las ma?anas habr?a que quitar polvo de la c?moda; el marido vendr?a con ganas de cenar por la noche y sus chiquitines volver?an siempre a casa con los zapatos llenos de barro... El trabajo del ama de casa reporta cada d?a menos utilidad, es cada vez m?s improductivo.

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La aurora del trabajo casero colectivo

Los trabajos caseros en forma individual han comenzado a desaparecer y de d?a en d?a van siendo sustituidos por el trabajo casero colectivo, y llegar? un d?a, m?s pronto o m?s tarde, en que la mujer trabajadora no tendr? que ocuparse de su propio hogar.

En la Sociedad Comunista del ma?ana, estos trabajos ser?n realizados por una categor?a especial de mujeres trabajadoras dedicadas ?nicamente a estas ocupaciones.

Las mujeres de los ricos, hace ya mucho tiempo que viven libres de estas desagradables y fatigosas tareas. ?Por qu? tiene la mujer trabajadora que continuar con esta pesada carga?

En la Rusia Sovi?tica, la vida de la mujer trabajadora debe estar rodeada de las mismas comodidades, la misma limpieza, la misma higiene, la misma belleza, que hasta ahora constitu?a el ambiente de las mujeres pertenecientes a las clases adineradas. En una Sociedad Comunista la mujer trabajadora no tendr? que pasar sus escasas horas de descanso en la cocina, porque en la Sociedad Comunista existir?n restaurantes p?blicos y cocinas centrales en los que podr? ir a comer todo el mundo.

Estos establecimientos han ido en aumento en todos los pa?ses, incluso dentro del r?gimen capitalista. En realidad, se puede decir que desde hace medio siglo aumentan de d?a en d?a en todas las ciudades de Europa; crecen como las setas despu?s de la lluvia oto?al. Pero mientras en un sistema capitalista s?lo gentes con bolsas bien repletas pueden permitirse el gusto de comer en los restaurantes, en una ciudad comunista estar?n al alcance de todo el mundo.

Lo mismo se puede decir del lavado de la ropa y dem?s trabajos caseros. La mujer trabajadora no tendr? que ahogarse en un oc?ano de porquer?a ni estropearse la vista remendando y cosiendo la ropa por las noches. No tendr? m?s que llevarla cada semana a los lavaderos centrales para ir a buscarla despu?s lavada y planchada. De este modo tendr? la mujer trabajadora una preocupaci?n menos.

La organizaci?n de talleres especiales para repasar y remendar la ropa ofrecer?n a la mujer trabajadora la oportunidad de dedicarse por las noches a lecturas instructivas, a distracciones saludables, en vez de pasarlas como hasta ahora en tareas agotadoras.

Por tanto, vemos que las cuatro ?ltimas tareas dom?sticas que todav?a pesan sobre la mujer de nuestros tiempos desaparecer?n con el triunfo del r?gimen comunista.

No tendr? de qu? quejarse la mujer obrera, porque la Sociedad Comunista habr? terminado con el yugo dom?stico de la mujer para hacer su vida m?s alegre, m?s rica, m?s libre y m?s completa.

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La crianza de los hijos en el r?gimen capitalista

?Qu? quedar? de la familia cuando hayan desaparecido todos estos quehaceres del trabajo casero individual? Todav?a tendremos que luchar con el problema de los hijos. Pero en lo que se refiere a esta cuesti?n, el Estado de los Trabajadores acudir? en auxilio de la familia, sustituy?ndola; gradualmente, la Sociedad se har? cargo de todas aquellas obligaciones que antes reca?an sobre los padres.

Bajo el r?gimen capitalista la instrucci?n del ni?o ha cesado de ser una obligaci?n de los padres. El ni?o aprende en la escuela. En cuanto el ni?o entra en la edad escolar, los padres respiran m?s libremente. Cuando llega este momento, el desarrollo intelectual del hijo deja de ser un asunto de su incumbencia.

Sin embargo, con ello no terminaban todas las obligaciones de la familia con respecto al ni?o. Todav?a subsist?a la obligaci?n de alimentar al ni?o, de calzarle, vestirle, convertirlo en obrero diestro y honesto para que, con el tiempo, pudiera bastarse a s? propio y ayudar a sus padres cuando ?stos llegaran a viejos.

Pero lo m?s corriente era, sin embargo, que la familia obrera no pudiera casi nunca cumplir enteramente estas obligaciones con respecto a sus hijos. El reducido salario de que depende la familia obrera no le permite ni tan siquiera dar a sus hijos lo suficiente para comer, mientras que el excesivo trabajo que pesa sobre los padres les impide dedicar a la educaci?n de la joven generaci?n toda la atenci?n a que obliga este deber. Se daba por sentado que la familia se ocupaba de la crianza de los hijos. ?Pero lo hac?a en realidad? M?s justo ser?a decir que es en la calle donde se cr?an los hijos de los proletarios. Los ni?os de la clase trabajadora desconocen las satisfacciones de la vida familiar, placeres de los cuales participamos todav?a nosotros con nuestros padres.

Pero, adem?s, hay que tener en cuenta que lo reducido de los jornales, la inseguridad en el trabajo y hasta el hambre convierten frecuentemente al ni?o de diez a?os de la clase trabajadora en un obrero independiente a su vez. Desde este momento, tan pronto como el hijo (lo mismo si es chico o chica) comienza a ganar un jornal, se considera a s? mismo due?o de su persona, hasta tal punto que las palabras y los consejos de sus padres dejan de causarle la menor impresi?n, es decir, que se debilita la autoridad de los padres y termina la obediencia.

A medida que van desapareciendo uno a uno los trabajos dom?sticos de la familia, todas las obligaciones de sost?n y crianza de los hijos son desempe?adas por la sociedad en lugar de por los padres. Bajo el sistema capitalista, los hijos eran con demasiada frecuencia, en la familia proletaria, una carga pesada e insostenible.

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El ni?o y el Estado comunista

En este aspecto tambi?n acudir? la Sociedad Comunista en auxilio de los padres. En la Rusia Sovi?tica se han emprendido, merced a los Comisariados de Educaci?n P?blica y Bienestar Social, grandes adelantos. Se puede decir que en este aspecto se han hecho ya muchas cosas para facilitar la tarea de la familia de criar y mantener a los hijos.

Existen ya casas para los ni?os lactantes, guarder?a infantiles, jardines de la infancia, colonias y hogares para ni?os, enfermer?as y sanatorios para los enfermos o delicados, restaurantes, comedores gratuitos para los disc?pulos en escuelas, libros de estudio gratuitos, ropas de abrigo y calzado para los ni?os de los establecimientos de ense?anza. ?Todo esto no demuestra suficientemente que el ni?o sale ya del marco estrecho de la familia, pasando la carga de su crianza y educaci?n de los padres a la colectividad?

Los cuidados de los padres con respecto a los hijos pueden clasificarse en tres grupos: 1?, cuidados que los ni?os requieren imprescindiblemente en los primeros tiempos de su vida; 2?, los cuidados que supone la crianza del ni?o, y 3?, los cuidados que necesita la educaci?n del ni?o.

Lo que se refiere a la instrucci?n de los ni?os, en escuelas primarias, institutos y universidades, se ha convertido ya en una obligaci?n del Estado, incluso en la sociedad capitalista.

Por otra parte, las ocupaciones de la clase trabajadora, las condiciones de vida, obligaban, incluso en la sociedad capitalista, a la creaci?n de lugares de juego, guarder?as, asilos, etc. Cuanto m?s conciencia tenga la clase trabajadora de sus derechos, cuanto mejor est?n organizados en cualquier Estado espec?fico, tanto m?s inter?s tendr? la sociedad en el problema de aliviar a la familia del cuidado de los hijos.

Pero la sociedad burguesa tiene medio de ir demasiado lejos en lo que respecta a considerar los intereses de la clase trabajadora, y mucho m?s si contribuye de este modo a la desintegraci?n de la familia.

Los capitalistas se dan perfecta cuenta de que el viejo tipo de familia, en la que la esposa es una esclava y el hombre es responsable del sost?n y bienestar de la familia, de que una familia de esta clase es la mejor arma para ahogar los esfuerzos del proletariado hacia su libertad, para debilitar el esp?ritu revolucionario del hombre y de la mujer proletarios. La preocupaci?n por lo que le pueda pasar a su familia, priva al obrero de toda su firmeza, le obliga a transigir con el capital. ?Qu? no har?n los padres proletarios cuando sus hijos tienen hambre?

Contrariamente a lo que sucede en la sociedad capitalista, que no ha sido capaz de transformar la educaci?n de la juventud en una verdadera funci?n social, en una obra del Estado, la Sociedad Comunista considerar? como base real de sus leyes y costumbres, como la primera piedra del nuevo edificio, la educaci?n social de la generaci?n naciente.

No ser? la familia del pasado, mezquina y estrecha, con ri?as entre los padres, con sus intereses exclusivistas para sus hijos, la que moldear? el hombre de la sociedad del ma?ana.

El hombre nuevo, de nuestra nueva sociedad, ser? moldeado por las organizaciones socialistas, jardines infantiles, residencias, guarder?as de ni?os, etc., y muchas otras instituciones de este tipo, en las que el ni?o pasar? la mayor parte del d?a y en las que educadores inteligentes le convertir?n en un comunista consciente de la magnitud de esta inviolable divisa: solidaridad, camarader?a, ayuda mutua y devoci?n a la vida colectiva.

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La subsistencia de la madre asegurada

Veamos ahora, una vez que no se precisa atender a la crianza y educaci?n de los hijos, qu? es lo que quedar? de las obligaciones de la familia con respecto a sus hijos, particularmente despu?s que haya sido aliviada de la mayor parte de los cuidados materiales que llevan consigo el nacimiento de un hijo, o sea, a excepci?n de los cuidados que requiere el ni?o reci?n nacido cuando todav?a necesita de la atenci?n de su madre, mientras aprende a andar, agarr?ndose a las faldas de su madre. En esto tambi?n el Estado Comunista acude presuroso en auxilio de la madre trabajadora. Ya no existir? la madre agobiada con un chiquillo en brazos. El Estado de los Trabajadores se encargar? de la obligaci?n de asegurar la subsistencia a todas las madres, est?n o no leg?timamente casadas, en tanto que amamanten a su hijo; instalar? por doquier casas de maternidad, organizar? en todas las ciudades y en todos los pueblos guarder?as e instituciones semejantes para que la mujer pueda ser ?til trabajando para el Estado mientras, al mismo tiempo, cumple sus funciones de madre.

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El matrimonio dejar? de ser una cadena

Las madres obreras no tienen por qu? alarmarse. La Sociedad Comunista no pretende separar a los hijos de los padres, ni arrancar al reci?n nacido del pecho de su madre. No abriga la menor intenci?n de recurrir a la violencia para destruir la familia como tal. Nada de eso. Estas no son las aspiraciones de la Sociedad Comunista.

?Qu? es lo que presenciamos hoy? Pues que se rompen los lazos de la gastada familia. Esta, gradualmente, se va libertando de todos los trabajos dom?sticos que anteriormente eran otros tantos pilares que sosten?an la familia como un todo social. ?Los cuidados de la limpieza, etc., de la casa? Tambi?n parece que han demostrado su inutilidad. ?Los hijos? Los padres proletarios no pueden ya atender a su cuidado; no se pueden asegurar ni su subsistencia ni su educaci?n.

Estas es la situaci?n real cuyas consecuencias sufren por igual los padres y los hijos.

Por tanto, la Sociedad Comunista se acercar? al hombre y a la mujer proletarios para decirles: "Sois j?venes y os am?is". Todo el mundo tiene derecho a la felicidad. Por eso deb?is vivir vuestra vida. No teng?is miedo al matrimonio, aun cuando el matrimonio no fuera m?s que una cadena para el hombre y la mujer de la clase trabajadora en la sociedad capitalista. Y, sobre todo, no tem?is, siendo j?venes y saludables, dar a vuestro pa?s nuevos obreros, nuevos ciudadanos ni?os. La sociedad de los trabajadores necesita de nuevas fuerzas de trabajo; saluda la llegada de cada reci?n venido al mundo. Tampoco tem?is por el futuro de vuestro hijo; vuestro hijo no conocer? el hambre, ni el fr?o. No ser? desgraciado, ni quedar? abandonado a su suerte como suced?a en la sociedad capitalista. Tan pronto como el nuevo ser llegue al mundo, el Estado de la clase Trabajadora, la Sociedad Comunista, asegurar? el hijo y a la madre una raci?n para su subsistencia y cuidados sol?citos. La Patria comunista alimentar?, criar? y educar? al ni?o. Pero esta patria no intentar?, en modo alguno, arrancar al hijo de los padres que quieran participar en la educaci?n de sus peque?uelos. La Sociedad Comunista tomar? a su cargo todas las obligaciones de la educaci?n del ni?o, pero nunca despojar? de las alegr?as paternales, de las satisfacciones maternales a aquellos que sean capaces de apreciar y comprender estas alegr?as. ?Se puede, pues, llamar a esto destrucci?n de la familia por la violencia o separaci?n a la fuerza de la madre y el hijo?

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La familia como uni?n de afectos y camarader?a

Hay algo que no se puede negar, y es el hecho de que ha llegado su hora al viejo tipo de familia. No tiene de ello la culpa el comunismo: es el resultado del cambio experimentado por la condiciones de vida. La familia ha dejado de ser una necesidad para el Estado como ocurr?a en el pasado.

Todo lo contrario, resulta algo peor que in?til, puesto que sin necesidad impide que las mujeres de la clase trabajadora puedan realizar un trabajo mucho m?s productivo y mucho m?s importante. Tampoco es ya necesaria la familia a los miembros de ella, puesto que la tarea de criar a los hijos, que antes le pertenec?a por completo, pasa cada vez m?s a manos de la colectividad.

Sobre las ruinas de la vieja vida familiar, veremos pronto resurgir una nueva forma de familia que supondr? relaciones completamente diferentes entre el hombre y la mujer, basadas en una uni?n de afectos y camarader?a, en una uni?n de dos personas iguales en la Sociedad Comunista, las dos libres, las dos independientes, las dos obreras. ?No m?s "sevidumbre" dom?stica para la mujer! ?No m?s desigualdad en el seno mismo de la familia! ?No m?s temor por parte de la mujer de quedarse sin sost?n y ayuda si el marido la abandona!

La mujer, en la Sociedad Comunista, no depender? de su marido, sino que sus robustos brazos ser?n los que la proporcionen el sustento. Se acabar? con la incertidumbre sobre la suerte que puedan correr los hijos. El Estado comunista asumir? todas estas responsabilidades. El matrimonio quedar? purificado de todos sus elementos materiales, de todos los c?lculos de dinero que constituyen la repugnante mancha de la vida familiar de nuestro tiempo. El matrimonio se transformar? desde ahora en adelante en la uni?n sublime de dos almas que se aman, que se profesen fe mutua; una uni?n de este tipo promete a todo obrero, a toda obrera, la m?s completa felicidad, el m?ximo de la satisfacci?n que les puede caber a criaturas conscientes de s? mismas y de la vida que les rodea.

Esta uni?n libre, fuerte en el sentimiento de camarader?a en que est? inspirada, en vez de la esclavitud conyugal del pasado, es lo que la sociedad comunista del ma?ana ofrecer? a hombres y mujeres.

Una vez se hayan transformado las condiciones de trabajo, una vez haya aumentado la seguridad material de la mujer trabajadora; una vez haya desaparecido el matrimonio tal y como lo consagraba la Iglesia -esto es, el llamado matrimonio indisoluble, que no era en el fondo m?s que un mero fraude-, una vez este matrimonio sea sustituido por la uni?n libre y honesta de hombres y mujeres que se aman y son camaradas, habr? comenzado a desaparecer otro vergonzoso azote, otra calamidad horrorosa que mancilla a la humanidad y cuyo peso recae por entero sobre el hambre de la mujer trabajadora: la prostituci?n.

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Se acabar? para siempre la prostituci?n

Esta verg?enza se la debemos al sistema econ?mico hoy en vigor, a la existencia de la propiedad privada. Una vez haya desaparecido la propiedad privada, desaparecer? autom?ticamente el comercio de la mujer.

Por tanto, la mujer de la clase trabajadora debe dejar de preocuparse porque est? llamada a desaparecer la familia tal y conforme est? constituida en la actualidad. Ser?a mucho mejor que saludaran con alegr?a la aurora de una nueva sociedad, que liberar? a la mujer de la servidumbre dom?stica, que aliviar? la carga de la maternidad para la mujer, una sociedad en la que, finalmente, veremos desaparecer la m?s terrible de las maldiciones que pesan sobre la mujer: la prostituci?n.

La mujer, a la que invitamos a que luche por la gran causa de la liberaci?n de los trabajadores, tiene que saber que en el nuevo Estado no habr? motivo alguno para separaciones mezquinas, como ocurre ahora.

"Estos son mis hijos. Ellos son los ?nicos a quienes debo toda mi atenci?n maternal, todo mi afecto; ?sos son hijos tuyos; son los hijos del vecino. No tengo nada que ver con ellos. Tengo bastante con los m?os propios".

Desde ahora, la madre obrera que tenga plena conciencia de su funci?n social, se elevar? a tal extremo que llegar? a no establecer diferencias entre "los tuyos y los m?os"; tendr? que recordar siempre que desde ahora no habr? m?s que "nuestros" hijos, los del Estado Comunista, posesi?n com?n de todos los trabajadores.

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La igualdad social del hombre y la mujer

El Estado de los Trabajadores tiene necesidad de una nueva forma de relaci?n entre los sexos. El cari?o estrecho y exclusivista de la madre por sus hijos tiene que ampliarse hasta dar cabida a todos los nu?os de la gran familia proletaria.

En vez del matrimonio indisoluble, basado en la servidumbre de la mujer, veremos nacer la uni?n libre fortificada por el amor y el respeto mutuo de dos miembros del Estado Obrero, iguales en sus derechos y en sus obligaciones.

En vez de la familia de tipo individual y ego?sta, se levantar? una gran familia universal de trabajadores, en la cual todos los trabajadores, hombres y mujeres, ser?n ante todo obreros y camaradas. Estas ser?n las relaciones entre hombres y mujeres en la Sociedad Comunista de ma?ana. Estas nuevas relaciones asegurar?n a la humanidad todos los goces del llamado amor libre, ennoblecido por una verdadera igualdad social entre compa?eros, goces que son desconocidos en la sociedad comercial del r?gimen capitalista.

?Abrid paso a la existencia de una infancia robusta y sana; abrid paso a una juventud vigorosa que ame la vida con todas sus alegr?as, una juventud libre en sus sentimientos y en sus afectos!

Esta es la consigna de la Sociedad Comunista. En nombre de la igualdad, de la libertad y del amor, hacemos un llamamiento a todas las mujeres trabajadoras, a todos los hombres trabajadores, mujeres campesinas y campesinos para que resueltamente y llenos de fe se entreguen al trabajo de reconstrucci?n de la sociedad humana para hacerla m?s perfecta, m?s justa y m?s capaz de asegurar al individuo la felicidad a que tiene derecho.

La bandera roja de la revoluci?n social que ondear? despu?s de Rusia en otros pa?ses del mundo proclama que no est? lejos el momento en el que podamos gozar del cielo en la tierra, a lo que la humanidad aspira desde hace siglos.


Tags: Kollontai, familia, mujeres, comunismo, costumbres, divorcio

Publicado por blasapisguncuevas @ 14:35  | Socialismos
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