Mi?rcoles, 02 de marzo de 2011


?Cualquier persona medianamente informada comprende? que el edulcorado "Acuerdo? entre los gobiernos de Colombia y Estados Unidos", ? equivale a la anexi?n de Colombia a Estados Unidos. (?) No es honesto guardar silencio ahora y hablar despu?s sobre soberan?a, democracia, derechos humanos, libertad de opini?n y otras delicias, cuando un pa?s es devorado por el imperio con la misma facilidad con que un lagarto captura una mosca. Se trata del pueblo colombiano, abnegado, trabajador y luchador?.
Fidel Castro, ?La anexi?n de Colombia a Estados Unidos?, en La Jornada, noviembre 7 de 2009.

?Cuando el delincuente es el Estado, que viola, robe, tortura y mata sin rendir cuentas a nadie, se emite desde el poder une luz verde que autoriza a la sociedad entera a violar, robar, torturar y matar?.

Eduardo Galeano, ?Memorias y desmemorias?. Le Monde Diplomatique, julio-agosto de 1997.


El 20 de julio de 1810 comenz? la lucha por la independencia en el actual territorio colombiano, que finalmente se materializ? en la ruptura con el poder colonial espa?ol en 1819. Doscientos a?os despu?s resulta casi c?nico hablar de independencia, en medio de la postraci?n y dependencia por parte de las clases dominantes de este pa?s con respecto a los Estados Unidos y a las empresas multinacionales. En Colombia no hay nada que celebrar en t?rminos de independencia en la ?poca actual, porque este pa?s marcha en contrav?a hist?rica con relaci?n a los procesos nacionalistas que cobran fuerza en otros pa?ses del continente, como intentamos mostrarlo en esta ponencia. Esto no significa desconocer el significado descolonizador de las luchas emancipadoras de hace dos siglos, con todo y lo limitadas que hubieran sido para los ind?genas, negros y mestizos. De eso no vamos a hablar, sino de lo que en estos momentos acontece en Colombia, como la muestra m?s extrema de sumisi?n, en nuestra Am?rica, ante el poder imperialista de los Estados Unidos.

1. Entrega de la soberan?a colombiana y postraci?n ante los Estados Unidos

El 30 de octubre de 2009 el r?gimen uribista firm? un ignominioso ?acuerdo? con los Estados Unidos, por medio del cual se le conceden a ese pa?s siete bases, distribuidas a lo largo y ancho de la geograf?a de Colombia, junto con otras prerrogativas que nos convierten en un protectorado yanqui. En la pr?ctica, hemos regresado a formas de sujeci?n cuasi coloniales, propias de un distante pasado, tan lejano como el que se quiso superar con las guerras de la independencia hace dos siglos. Aunque en teor?a ese acuerdo haya sido declarado inconstitucional, en la pr?ctica sigue en marcha de manera disfrazada.

Este tema de la presencia militar estadounidense en Colombia debe mencionarse porque no se trata de un asunto de pol?tica interna del pa?s, sino de una estrategia para asegurar el control regional. Hoy, como hace doscientos a?os el territorio colombiano es esencial para lograr el control militar del norte de Suram?rica y del Caribe, si recordamos, por ejemplo, que la reconquista espa?ola liderada por Pablo Morillo se inici? por Cartagena aunque su objetivo final era doblegar el foco independentista radical de Venezuela. Hoy en d?a, los acuerdos militares entre Colombia y los Estados Unidos se explican por tres razones principales: el inter?s de Estados Unidos en apoderarse del petr?leo de Venezuela y de los recursos naturales de la regi?n Andina-Amaz?nica; la pretensi?n de sabotear los intentos de unidad de Am?rica Latina, en especial el ALBA; e impedir la consolidaci?n de procesos nacionalistas y revolucionarios en ciertos pa?ses de la regi?n. Estos hechos no pueden verse de manera separada, puesto que los Estados Unidos para conseguir uno de ellos precisan de la consecuci?n de los otros dos. As?, por ejemplo, para que Estados Unidos pueda controlar el petr?leo de Venezuela requiere revertir la revoluci?n bolivariana y de all? se desprende la liquidaci?n del ALBA.
Con relaci?n a los aspectos se?alados, un documento de la Fuerza A?rea de los Estados Unidos enfatiza la importancia de la base de Palanquero, en el centro de Colombia, al recalcar que ?nos da una oportunidad ?nica para las operaciones de espectro completo en una subregi?n cr?tica en nuestro hemisferio, donde la seguridad y estabilidad est?n bajo amenaza constante por las insurgencias terroristas financiadas con el narcotr?fico, los gobiernos antiestadounidenses, la pobreza end?mica y los frecuentes desastres naturales?.

La postraci?n del r?gimen colombiano ante los Estados Unidos dista de ser un hecho puramente coyuntural y epis?dico. Si se analiza el asunto en el mediano y largo plazo, algo indispensable para entender los procesos hist?ricos, se puede confirmar c?mo las clases dominantes de Colombia han hecho gala de una abyecci?n estructural con relaci?n a los Estados Unidos y se han convertido en numerosas ocasiones en una quinta columna incondicional, usada por esa potencia para agredir a otros pa?ses de nuestra Am?rica y del mundo, como sucedi? en la Guerra de Corea, en tiempos de la expulsi?n de Cuba de la OEA y en la guerra de las Malvinas, entre otros muchas actuaciones serviles.

En esta perspectiva, el acuerdo militar firmado entre el gobierno colombiano y los Estados Unidos es la continuaci?n del mal llamado Plan Colombia, que se inici? hace un poco m?s de una d?cada. Este plan fue concebido como un proyecto contrainsurgente encaminado a fortalecer el aparato b?lico del Estado colombiano, el cual hab?a recibido duros golpes militares de la guerrilla y para controlar la regi?n amaz?nica, una zona geopol?tica esencial para los Estados Unidos. Como resultado de dicho Plan, Colombia dispone hoy de uno de los ej?rcitos m?s grandes y mejor armados del continente, que se ha usado para masacrar campesinos, ind?genas e insurgentes. En eso radic? la primera fase, el Plan Colombia propiamente dicho. La segunda fase consisti? en llevar la guerra interna de Colombia m?s all? de nuestras fronteras para involucrar a los pa?ses vecinos, como en efecto ha sucedido. Y la tercera fase es la de la guerra preventiva, cuyo hecho m?s resonante fue la brutal agresi?n armada a Ecuador en marzo de 2008 por parte de Fuerzas Armadas de Colombia, con participaci?n directa de los Estados Unidos y presumiblemente de Israel.

Colombia se ha convertido en el tercer pa?s del mundo en recibir ?asistencia militar? de los Estados Unidos, y s?lo es superada por Israel y Egipto. Como contraprestaci?n, el Estado colombiano ha respaldado diversas aventuras b?licas y agresiones del imperialismo estadounidense: fue el ?nico pa?s de Sudam?rica que apoy? la ocupaci?n de Irak y el presidente de entonces felicit? a George Bush por su ??xito? y solicit? que, tras el proclamado fin de la guerra en mayo de 2003, fueran enviados los bombarderos yanquis a Colombia a combatir a las organizaciones guerrilleras; de Colombia han salido contingentes militares que acompa?an las tropas de ocupaci?n en Afganist?n y se desempe?an como mercenarios privados en Irak; el r?gimen de Uribe apoy? el golpe de Estado en Honduras de junio del 2009 y fue el primer presidente en visitar al ileg?timo Porfirio Lobo, quien sustituyo al gobierno de facto.

2. Terrorismo de Estado y despojo de los campesinos

La prolongada sumisi?n ante Estados Unidos de la oligarqu?a de Colombia se explica a partir de una premisa b?sica: el imperialismo estadounidense no podr?a intervenir en una forma tan directa en nuestro pa?s sin contar con el apoyo irrestricto de importantes sectores de las clases dominantes, quienes, a su vez, se valen de sus v?nculos de dependencia para reforzar la dominaci?n interna sobre la poblaci?n, mantener la desigualdad, y permitir en general el funcionamiento del capitalismo, que en nuestro caso ha adquirido un tinte mafioso.

Si nos situamos en el per?odo que va de 1948 al presente, en Colombia se ha entronizado el terrorismo de Estado (uno de los m?s prolongados en todo el mundo), como soporte de un cierto tipo de capitalismo gangsteril que se ha erigido en este pa?s en las ?ltimas d?cadas. Esta realidad se ha enmascarado con la existencia puramente formal, como en una opera bufa, de un sistema democr?tico, porque hay elecciones peri?dicas, existencia en apariencia de poderes independientes y prensa pretendidamente libre. Aunque de todo ello queda muy poco, son factores que han utilizado muy bien la oligarqu?a de Colombia y su Estado para presentar en el exterior a este pa?s como la democracia m?s s?lida y antigua del continente, despu?s de la de Estados Unidos, y disimular la terrible desigualdad social y econ?mica imperante. En realidad, tras esa mascara democr?tica se esconde un sistema terriblemente criminal.

Una de las razones estructurales relacionadas con ese prolongado terrorismo de Estado est? constituida por el monopolio terrateniente del suelo, del que se deriva la violencia end?mica que es, sin duda alguna, una de las caracter?sticas distintivas del pa?s. El poder de los grandes se?ores de la tierra en lugar de atenuarse se ha incrementado en los ?ltimos 50 a?os, lo que hace de Colombia uno de los pa?ses m?s desiguales del mundo. Con respecto al poder de los terratenientes, pueden indicarse dos aspectos de larga duraci?n que se mantienen inc?lumes hasta el d?a de hoy: por un lado, se acent?a la concentraci?n de la propiedad de la tierra con la emergencia del narcolatifundio, una alianza entre los viejos terratenientes y ganaderos con los narcotraficantes; y por otro lado, se refuerzan los v?nculos entre militares, paramilitares y latifundistas.

En cuanto al primer aspecto, al mirar en perspectiva el problema de la tierra se constata que se ha estado impulsando la desaparici?n del campesinado, protagonista indiscutible de la historia de Colombia. Al considerar los miles de muertos de la primera violencia, en la d?cada de 1950, junto con las masacres, persecuci?n y destierro que han soportado los habitantes pobres del campo colombiano desde entonces hasta el d?a de hoy, se evidencia que para el capitalismo colombiano los campesinos han sido considerados como enemigos internos, que deben ser destruidos, para dejar por completo despejado el terreno a los empresarios criollos y multinacionales.

Desde luego, la persecuci?n a los campesinos pretende expropiarlos de sus tierras y asegurarse el control de una reducida porci?n de fuerza de trabajo, necesaria para que operen los megaproyectos, las minas y las nuevas plantaciones agroexportadoras. Ese control en Colombia se ejerce a sangre y fuego con el fin de garantizar la explotaci?n y sumisi?n de unos trabajadores que ya no son campesinos sino siervos de los narcolatifundistas y las multinacionales. En distintas regiones de Colombia est? en marcha un proceso similar al de las ?aldeas estrat?gicas? que se impulsaron en Vietnam en la d?cada de 1960, en la medida en que las plantaciones y los megaproyectos funcionan como c?rceles, en las que los trabajadores soportan crueles condiciones de trabajo, en medio del terror generalizado.

En cuanto al segundo aspecto, debe recordarse que desde la ?poca de la independencia en Colombia se formaron montoneras armadas al servicio de los hacendados, cuyo poder estaba afincado en regiones determinadas. De ah? la fuerza adquirida por gamonales locales y regionales en el siglo XIX. La creaci?n del Ej?rcito, a comienzos del siglo XX, no cambi? los v?nculos entre la gran propiedad y los militares porque desde entonces la oficialidad ha procedido de la clase media de provincia, tiende a ser muy conservadora y tradicional en t?rminos pol?ticos, culturales y religiosos, y ha sido muy proclive a la influencia de los grandes propietarios agr?colas.. En consecuencia, como el campo ha sido el escenario de la guerra permanente que ha vivido la sociedad colombiana en los ?ltimos 60 a?os, a cambio de protecci?n armada los terratenientes les ofrecen a los militares tierras y ganados. Eso explica que el sector militar sea uno de los principales opositores a cualquier reforma agraria democr?tica, porque una redistribuci?n de la propiedad agr?cola afectar?a sus interese directos y los de las fracciones de clase que los apoyan, formadas por ganaderos y terratenientes.

3. Capitalismo gangsteril y lumpemburgues?a


En el fondo del asunto de la permanencia del terrorismo de Estado en la sociedad colombiana se encuentra la configuraci?n de un tipo espec?fico de capitalismo, de ?ndole gangsteril. Este proceso est? relacionado con la consolidaci?n, en la d?cada de 1970, del sector financiero como la fracci?n dominante del capitalismo criollo y con la aparici?n del narcotr?fico, dos cuestiones que desde entonces han determinado el devenir hist?rico del pa?s. Con referencia a este capitalismo gangsteril sobresale el fin de la industrializaci?n sustitutiva, la consolidaci?n del sector financiero y la formaci?n de los empresarios de la coca?na, una nueva fracci?n econ?mico y social, en teor?a ilegal. A partir de ese momento se configur? una alianza entre empresarios tradicionales, capital financiero, terratenientes, ganaderos, militares y narcos, estos ?ltimos imprescindibles porque han inyectado el dinero requerido para propiciar la acumulaci?n de capital, no ya en el ?mbito de la producci?n sino en la banca y las finanzas.

Los rasgos mafiosos del capitalismo gangsteril no son epis?dicos ni est?n relacionados con ?ste o aquel individuo que haya ocupado la presidencia de la Rep?blica, sino que son componentes estructurales de la actual fase de acumulaci?n capitalista. En esa perspectiva, la violencia indiscriminada contra campesinos, ind?genas, afrodescendientes, trabajadores, dirigentes sindicales, defensores de derechos humanos, maestros, estudiantes y mujeres pobres es un rasgo dominante de este tipo de capitalismo.
No sorprende, en consecuencia, que los paramilitares y los narcos profesen una abierta ideolog?a anticomunista y defiendan la propiedad privada y el libre mercado. Milton Friedman y Frederick Hayek se sentir?an honrados al escuchar las declaraciones de los jefes paramilitares, que sin recato alguno alaban las fortunas de los empresarios privados, as? ?stas se hayan conseguido en negocios untados de sangre, porque al fin y al cabo hacen parte de la iniciativa individual que crea riqueza, seg?n rezan los manuales neoliberales. Adem?s, esa es la forma cl?sica de acumulaci?n primitiva de capital y de la configuraci?n de los ?capitanes de industria? en todos los lugares donde ha existido el capitalismo, como lo se?al? Pablo Escobar, el capo del Cartel de Medell?n: ?Las fortunas grandes o peque?as, siempre tienen un comienzo. La mayor?a de los grandes millonarios de Colombia y del mundo han comenzado de la nada. Pero es precisamente esto lo que los convierte en leyendas, en mitos, en un ejemplo para la gente. El hacer dinero en una sociedad capitalista no es un crimen sino una virtud.?

En el contexto del capitalismo gansteril a la colombiana, debe ubicarse la configuraci?n del Paraestado, uno de cuyos brazos es el paramilitarismo, el cual no es algo accidental ni es una respuesta a la existencia de la guerrilla. En realidad, es el otro brazo armado del Estado que realiza junto con el Ej?rcito ?legal?, distintas tareas de control y sobre todo de ?limpieza social?, para facilitar las nuevas formas de acumulaci?n de capital, ligadas de manera directa con actividades criminales. Paraestado no es sin?nimo de paramilitares, ya que ello supone concentrarse de manera unilateral en la dimensi?n militar, la que no agota los nuevos mecanismos de acumulaci?n de capital. La denominaci?n de Paraestado apunta a precisar que existe otro tipo de capitalismo, con una nueva forma de acumulaci?n ligada a la producci?n de coca?na que estructura un tipo de r?gimen pol?tico acorde a sus intereses. Pese a su importancia, el componente paramilitar debe considerarse como un dispositivo m?s, entre muchos, de los requeridos por la nueva forma de acumulaci?n de capital entronizada en Colombia desde hace casi cuarenta a?os.

El Paraestado ha cumplido por lo menos cuatro funciones principales en el nuevo proceso de acumulaci?n capitalista. En primer lugar, es un agente activo en la reconfiguraci?n de las relaciones de propiedad, tanto en el campo como en la ciudad, con su respaldo de los viejos y nuevos terratenientes, lo cual es un resultado de la acumulaci?n por desposesi?n que implica la expulsi?n violenta de los campesinos e ind?genas de sus tierras, de sus riquezas h?dricas y de la biodiversidad, en curso de mercantilizaci?n. En segundo lugar, impulsa los cultivos permanentes de plantaci?n, fomenta nuevas exportaciones primarias (palma, caucho, y agrocombustibles) y respalda los megaproyectos, que favorecen al capital transnacional. En tercer lugar, es el principal impulsor en el plano institucional de la flexibilizaci?n laboral en todo el pa?s, con la persecuci?n violenta de los sindicatos, la imposici?n de regresivas ?reformas laborales?, la precarizaci?n laboral, el desempleo, el subempleo y la informalizaci?n. En cuarto lugar, reglamenta la apertura incondicional al capital extranjero y a las multinacionales, muchas de las cuales han fomentado el proyecto paramilitar, con el objetivo de garantizar la buena marcha de sus negocios.

Por el alto grado de compenetraci?n entre el capital legal e ilegal, entre multinacionales y narcoparamilitares, entre bancos y lavadores de dinero, entre terratenientes y militares, entre el Estado y los c?rculos gangsteriles, entre ganaderos y comerciantes era necesario institucionalizar el Paraestado. Ello resultaba prioritario para garantizar el control territorial de las nuevas ?lites dominantes a escala regional, que se extendi? por todo el pa?s, y para legitimar las nuevas alianzas entre distintas fracciones de las clases dominantes con los ?nuevos ricos?. El Paraestado incorpora a la legalidad a quienes eran considerados como delincuentes, legitima sus cr?menes e institucionaliza el robo de tierras concedi?ndoles derechos de propiedad y dando a mafiosos, narcotraficantes, paramilitares y asesinos el car?cter de deliberantes pol?ticos y el tratamiento de ?combatientes?. Eso es lo que ha sucedido en Colombia en los ?ltimos 8 a?os.

En concordancia con este proceso de legitimaci?n de sicarios y mafiosos, se configura una lumpemburguesia que domina en todos los ?mbitos de la sociedad colombiana. Su modelo de vida es el de Miami, su estilo es el mismo de cualquier traqueto de barrio (el nombre de traqueto proviene del argot del bajo mundo delincuencial de Antioquia donde los matones y sicarios empezaron a denominarse as? haciendo alusi?n al traqueteo de las ametralladoras cuando las activan para matar a sus victimas). Por eso, en la sociedad colombiana se impuso el culto desenfrenado por la violencia, el machismo brutal, el clasismo, el racismo y el sexismo (como lo ejemplifica la persecuci?n contra Piedad C?rdoba), el desprecio hacia los pobres, un anticomunismo visceral y asesino, una est?tica ordinaria como se muestra en la literatura de moda y en las telenovelas, donde proliferan como protagonistas los capos, sicarios y matones, junto con sus reinas de belleza, rellenas de silicona. Desde las altas autoridades del Estado todo se compra y se vende, en una mezcla de neoliberalismo tecnocr?tico y l?gica narcotraficante y sicarial, resumida en una de las frases estrellas de quien fuera hasta hace poco presidente de la Rep?blica, y que muestran su altura moral: ?plata y plomo?. Todo se compra, lo que importa es el dinero, y para eso hay que ?ser var?n? con los d?biles y desprotegidos, como lo eran los terratenientes en las haciendas del siglo XIX. En esta l?gica traqueta, lo que tiene que ver con los opositores se resuelve a punta de metralla o bombardeos indiscriminados, mientras que todo lo relacionado con las fracciones mafiosas de amigos y familiares est? rodeado de un aura de corrupci?n, clientelismo y nepotismo sin parang?n en la historia de Colombia, la cual nos recuerda los c?rculos ?ntimos de Don Vito Corleone.

Las nuevas fracciones del capital mafioso buscan consolidar su hegemon?a cultural. Para lograrlo pretender formar un nuevo sentido com?n entre la poblaci?n, que resulta de la hibridaci?n del neoliberalismo puro y duro con la l?gica traqueta del capitalismo criollo, algo as? como una ?mutaci?n antropol?gica?, para usar el t?rmino empleado por Pier Paolo Pasolini. Son diversos los elementos de ese nuevo sentido com?n: el endiosamiento de narcos, sicarios y truhanes del bajo mundo; la adulaci?n del terrorismo de Estado, tanto el que se practica en Colombia como en los Estados Unidos o Israel; el culto a la propiedad privada como algo intocable, que debe ser defendida a como de lugar y sin repartir ni un cent?metro de tierra ni un gramo de riqueza; el despojo de las tierras de campesinos e ind?genas, que se considera como normal porque los labriegos ser?an improductivos e incapaces para generar empresa; el arribismo y el deseo de ascenso social inmediato, sin ning?n esfuerzo y sin importar los medios que se usen para lograrlo; la adoraci?n del dinero y la exaltaci?n del consumismo como objetivos supremos de la existencia humana; el aplauso a las acciones guerreristas y militares del Estado colombiano como ?nica forma de resolver los conflictos sociales y pol?ticos; el uso permanente de la fuerza bruta contra todos aquellos que piensen diferente; el racismo visceral contra los pobres (aunque en forma parad?jica sea asumido por muchos pobres), los ind?genas, los afrodescendientes y contra la poblaci?n de pa?ses vecinos (Ecuador, Bolivia y Venezuela); el anticomunismo cerril para justificar el asesinato de dirigentes sindicales, defensores de derechos humanos, periodistas cr?ticos, profesores universitarios, intelectuales de izquierda; el abandono de cualquier sentimiento de dignidad personal y de soberan?a nacional para justificar todas las perversiones posibles (como las bestialidades de los grupos paramilitares) y la conversi?n del pa?s en un protectorado de los Estados Unidos.

El capitalismo gangsteril est? convirtiendo de manera sincronizada a Colombia en un gran cementerio y en un vasto enclave al servicio de las multinacionales. Lo primero no es una exageraci?n, como se confirma con el descubrimiento en febrero de 2010 de una gigantesca fosa com?n, situada cerca de la ciudad de Villavicencio, donde se hallaron unos 2.000 cad?veres de personas asesinadas por el Ej?rcito. Esta masacre hace parte de una inmensa cadena de muerte y desolaci?n, que se pone de presente con el descubrimiento de unas 400 fosas comunes con miles de cad?veres a lo largo y ancho del territorio colombiano.

A la par con su conversi?n en un gran cementerio, Colombia aparece como un gran enclave de las multinacionales estadounidenses y europeas, que est?n en curso de apropiarse del agua, la biodiversidad, la madera, los minerales, los recursos energ?ticos y pretenden sembrar los cultivos que requiere el sistema capitalista, como palma aceitera, caucho, banano y frutas ex?ticas. Los proyectos encaminados a producir g?neros para la exportaci?n han sido impulsados por las multinacionales, cuentan con el respaldo del Ej?rcito colombiano y sus paramilitares y del auspicio de la USAID de los Estados Unidos que emplea dineros del Plan Colombia para financiar plantaciones de palma, en terrenos que pertenec?an a los campesinos.

Las empresas multinacionales financian, organizan y patrocinan criminales, en alianza directa con sectores de las Fuerzas Armadas. Durante los ?ltimos 25 a?os, estos criminales han perseguido y asesinado a miles de colombianos, que han sido se?alados por esas empresas como ?enemigos? de la sagrada propiedad privada y de la inversi?n extranjera. La responsabilidad de la Chiquita Brands, de la Coca-Cola, de la Drummond, de la Nestle y muchas otras empresas en el asesinato de trabajadores, dirigentes sindicales y de l?deres sociales est? plenamente confirmada.

La impunidad criminal de las corporaciones no es cosa del pasado, sino de gran actualidad, porque el proyecto estrella del santismo consiste en entregarle a las multinacionales hasta el ?ltimo rinc?n del pa?s, para que se lleven todas las riquezas que all? se encuentren. En este sentido, los cr?menes corporativos contra la gente y el medio ambiente se van a generalizar en el presente y en el futuro inmediato. Para completar, se destila una apolog?a abierta de la inversi?n extranjera como la p?cima milagrosa que nos va a sacar del atraso y nos conduce por la senda del desarrollo econ?mico y la ?prosperidad democr?tica?. En el r?gimen uribista a eso se le denomin? la confianza inversionista, un eufemismo con el cual se encubri? la vergonzosa entrega del pa?s a las empresas multinacionales y a los pa?ses imperialistas y ahora Juan Manuel Santos la refrenda con su pretensi?n de convertir a Colombia en un pa?s minero cuya regla de oro, seg?n el punto 92 de su programa de gobierno, ?es atraer m?s inversionistas de talla mundial, con ?reglas del juego? que garanticen la estabilidad a largo plazo?.

4. La resistencia popular al imperialismo y al capitalismo gangsteril


Si se consideran todos los aspectos mencionados, resulta tragic?mico hablar de la independencia de Colombia, en momentos en que otros pa?ses de Sudam?rica proponen romper con la sumisi?n existente con respecto a los Estados Unidos. Ante tan tenebroso panorama se desprenden algunas preguntas: ?Esa dependencia es ineluctable? ?No tenemos alternativa distinta a seguir siendo una neocolonia de los Estados Unidos? Es obvio que la dependencia estructural de la sociedad colombiano no es una fatalidad irreversible, sino el resultado de la sumisi?n de la oligarqu?a ante las potencias hegem?nicas desde hace dos siglos.

La postraci?n servil de las clases dominantes de Colombia ante los amos del mundo, refuerza la idea de Jos? Mart? de proclamar una segunda y verdadera independencia, que nos permita obtener una aut?ntica libertad como naci?n, lo cual tiene que hacerse junto con la modificaci?n de la correlaci?n de fuerzas internas dentro del pa?s, que por ahora favorecen a los cipayos de la oligarqu?a, que son la correa de transmisi?n de la dominaci?n imperialista.

En la b?squeda de otros proyectos de naci?n, soberana e independiente, tenemos que dirigirnos a las luchas de las clases subalternas durante los dos ?ltimos siglos, ya que ellas marcan un sendero diferente al entreguismo de la oligarqu?a colombiana. Porque, a pesar de la exclusi?n y las distintas formas de represi?n ejercidas contra los sectores populares, entre las cuales sobresale en las ?ltimas d?cadas la violencia f?sica y la macartizaci?n anticomunista, siempre han existido formas de resistencia y proyectos alternativos, como sigue evidenciando en nuestro presente hist?rico. Si leemos la historia contempor?nea del pa?s desde la ?ptica de las luchas sociales encontraremos un rico acervo de experiencias y aportes organizativos, con lo cual se explica que durante los ?ltimos a?os se haya generalizado por parte de las clases dominantes el exterminio de todo lo que pudiera representar un intento de construir otro tipo de sociedad, justa e igualitaria.

Ese exterminio ha significado una campa?a de terror, en el que han ca?do trabajadores, campesinos, mujeres pobres, maestros, estudiantes, dirigentes pol?ticos de izquierda, l?deres sociales, todo lo cual ha significado el desangre de varias generaciones de colombianos durante los ?ltimos 60 a?os. Ese exterminio se ha acentuado en los ?ltimos 25 a?os, cuando han sido asesinados, por lo menos, unos 150 mil colombianos por el Estado y grupos paraestatales.

No obstante, esas luchas y resistencias se siguen dando en forma de proyectos locales en el campo y en la ciudad. Entre esas luchas se destacan las libradas contra la firma de un tratado de libre comercio, en las cuales han sido protagonistas centrales las comunidades ind?genas, las que se han movilizado en defensa de sus tierras y de sus culturas. Lo mismo han hecho sectores del campesinado en varias regiones del pa?s para preservar sus tierras y oponerse a los proyectos mineros y a las grandes obras, encaminadas a facilitar el despojo de los recursos naturales del pa?s. En las ciudades se destaca la movilizaci?n de algunos sectores de los estudiantes en defensa de lo que queda de universidad p?blica. Por su parte, los trabajadores han sido desestructurados por el terror y la flexibilizaci?n y sus luchas se han debilitado en forma ostensible.

Lo significativo no radica en que el terror generalizado en campos y ciudades de Colombia haya atenuando las protestas y las movilizaciones sociales sino que pese a ese terror ?stas se mantengan en distintas regiones del pa?s. En estas condiciones, es posible pensar que en el futuro inmediato de reprimarizaci?n de la econom?a, de de conversi?n del territorio en un gran enclave, de intervenci?n directa de los Estados Unidos y sus tropas y de militarizaci?n creciente de todo el territorio colombiano, las luchas de la poblaci?n se dar?n en condiciones muy dif?ciles, para preservar, en primer lugar la vida, algo que en Colombia es esencial defender porque se ha legitimado la aplicaci?n de la pena de muerte por parte del Estado y las clases dominantes. As? mismo, en nuestro pa?s sigue teniendo una vigencia hist?rica innegable una reforma agraria real y efectiva que contribuya a solucionar el problema de la violencia. Por ello, se debe luchar por una democratizaci?n de la sociedad y la pol?tica y recuperar un programa que propenda por la b?squeda de la dignidad y de los derechos, pero no en el papel, sino en la realidad cotidiana.

En pocas palabras, la imposici?n del modelo primario exportador, con toda la violencia y el despojo que lo caracterizan, no implica el fin de las luchas sociales, sino su resignificaci?n en un nuevo contexto, que crea unas nuevas posibilidades, en las que se pueden unir los intereses divergentes de trabajadores, campesinos e ind?genas, como sujetos que soportan en carne propia las consecuencias nefastas de la mercantilizaci?n de los bienes comunes y el brutal despojo que caracteriza al capitalismo g?ngsteril y transnacional imperante en Colombia. En este sentido, la historia sigue abierta y est? por construir, aunque la miseria y el horror se hayan ense?oreado en los campos y las ciudades de Colombia y est? produciendo un genocidio social y pol?tico, que poco tiene que envidiarle al que llevaron a cabo las dictaduras militares de seguridad nacional en diversos lugares de nuestra Am?rica hace unas pocas d?cadas.

En esa lucha contra la ignominia se destaca la acci?n valerosa de muchos hombres y mujeres de Colombia en las ?ltimas d?cadas, que sue?an y luchan por otro tipo de pa?s, digno, soberano y decente, entre los que cabe recordar a Piedad C?rdoba, al sacerdote Javier Giraldo y al profesor Miguel ?ngel Beltr?n. Del r?gimen criminal ense?oreado en Colombia quedan las tumbas, la miseria y el dolor pero tambi?n la dignidad de todos aquellos que con decoro han levantado su voz para denunciar toda la mentira y bajeza a que han llegado las clases dominantes de este pa?s y de su Paraestado. Ellos son un ejemplo que brilla con luz propia y que nos muestra que en los peores momentos, como dec?a Roque Dalton,

Sigues brillando
(?)
en las ciudades y los montes de mi pa?s
de mi pa?s que se levanta
desde la peque?ez y el olvido
para finalizar su vieja pre-historia
de dolor y de sangre.


(*) Texto le?do en el Coloquio Internacional La Am?rica Latina y el Caribe entre la independencia de las metr?polis coloniales y la integraci?n emancipatoria. La Habana, noviembre 22-24 de 2010. Publicado en forma impresa en la Revista CEPA, No. 12, Bogot?, 2011.


NOTAS DEL AUTOR:

. Documento del Departamento de la Fuerza A?rea de los Estados Unidos que comprueba la intenci?n de Estados Unidos de utilizar la base militar en Palanquero, Colombia contra los pa?ses vecinos, Traducci?n no oficial de Eva Golinger, en www.chavezcode.com/.../documento-oficial-de-la-fuerza-aerea-de.html HYPERLINK "http://74.125.113.132/search?q=cache:YWJL8xV2APYJ:www.chavezcode.com/2009/11/documento-oficial-de-la-fuerza-aerea-de.html+documento+del+departamento+,+traduccion+no+oficial+eva+golinger&cd=1&hl=es&ct=clnk&gl=co"
. Citado en Guido Piccoli, El sistema del p?jaro. Colombia, paramilitarismo y conflicto social, ILSA, Bogot?, 2005, p. 75 (?nfasis nuestro).


Rebeli?n ha publicado este art?culo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Tags: Colombia, protectorado, Eduardo Galeano, mujeres, régimen, Fidel Castro, capitalismo

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