Viernes, 25 de marzo de 2011

?M?s violentas son las contrarevoluciones que las revoluciones, m?s violentos los imperialistas que los revolucionarios de verdad y no meros cambiadores? de tortilla.? Blasapisguncuevas

Los esp?ritus superiores han dado en la flor de ponderar las excelencias de la guerra- El valor, la audacia, la temeridad, son las virtudes primordiales. La guerra hace los hombres fuertes y heroicos. Las razas se mejoran, progresan, se civilizan por las artes de guerrear sin tregua. De la lucha entre hermanos, a ca?onazo limpio, sale la humanidad purificada y ennoblecida.

Eso es el anverso. El reverso va enderezado contra el pacifismo. En la dulcedumbre de la vida tranquila, ordenada, amorosa, se agostan las masculinas energ?as, las razas degeneran y se extinguen. La paz es un narc?tico. El mundo se convierte en mont?n de cobardes y enclenques. De la paz entre los humanos, de la vida muelle y regalada de las necesidades satisfechas, s?lo puede surgir la humanidad extenuada.

El dilema final se comprende claramente.

La literatura actual est? impregnada de estos barbarismos guerreros. Como si obedecieran a una consigna, los escritores de los m?s diversos matices entonan himnos entusi?sticos al b?lico ardor de los combatientes.

Es un flujo y reflujo de La espada a la pluma y de la pluma a la espada.

Despierto y en acci?n el apetito conquistador de las naciones, fluye naturalmente de la literatura el canto ?pico de las batallas. De los campos sembrados de cad?veres vuelven los cuervos con los picos ensangrentados y con sangre escriben. Tambi?n cuando vuelven de las charcas escriben con cieno. El literato es lacayo de todos los ?xitos.

Y all?, en la lejan?a, donde la muchedumbre en manada rinde la vida sin saber a qu? ni por qu? , repercute el rasguear de las plumas belicosas que empuercan de sangre y cieno el papel en que escriben. La sugesti?n convierte los borregos en lobos.

Si la serena, irrefutable filosof?a de un Spencer muestra que la humanidad evoluciona r?pidamente del estado guerrero al estado industrial; si la voz poderosa de cien genios clama por el t?rmino definitivo de las matanzas in?tiles; si el griter?o multitudinario atruena el espacio en demanda de paz y sosiego, ?qu? importa eso a los serviles y lacayos emborronadores de cuartillas!

Hay una fuerza todopoderosa a quien servir, y la ret?rica se arrastra humilde a sus pies. Si esa fuerza se llama Estado, la ret?rica se engalla enderezando el discurso por los senderos trillados de las grandezas y de las heroicidades nacionales. Si se llama Capital, la ret?rica se toma financiera y apolog?tica de los grandiosos adelantos de la industria moderna. Si se llama Iglesia, la ret?rica trueca la pluma por el hisopo, viste el say?n de inquisidor y se postra humilde ante los vetustos muros de las t?tricas catedrales. La fuerza triunfante es Dios, trino y uno, en cuyo altar se hace el sacrificio de todo lo que debiera ser m?s caro al hombre.

Pero si la fuerza se llama proletariado en rebeld?a, exaltaci?n ut?pica pensamiento emancipado, entonces la ret?rica se alza iracunda, y, sobre la turba soez de los desarrapados fulmina los rayos de su c?lera. ?Miserable ramera que brinda la piltrafa del sexo averiado al ans?a loca de todas las decrepitudes!

La guerra no engendra el valor y la audacia y la temeridad. La temeridad, la audacia y el valor se prueban descendiendo a la mina centenares de metros bajo la superficie ba?ada por el sol; se prueban sosteni?ndose en lo m?s alto de un edificio sobre cimbreante tabla suspendida de una deshilachada cuerda, se prueban con el trabajo impasible en el infierno de las fundiciones y de las forjas; se prueban en las m?quinas y los topes de los barcos, en los tenders de las locomotoras, en las bregas con la tempestad, en las rudas luchas con la naturaleza. El hombre se templa en la conquista del planeta que habita, de la atm?sfera que le rodea, del espacio sin l?mites poblado de bellos e innumerables mundos.

En la guerra s?lo hay un momento de locura tras un supremo esfuerzo del esp?ritu de conservaci?n. Antes nada, despu?s nada, como no sea cobard?a, miedo de perder la vida, horror de la sangre, del bru?ido acero, de la bala mort?fera. La manada en mont?n, cobra ?nimos apretuj?ndose contra los repetidos asaltos del temor. Y luego, la procesi?n de inv?lidos, los detritus de las batallas, las caravanas de vagos. desmoralizados, corrompidos, traen a las ciudades y a los campos el est?mulo a la holganza, a la depravaci?n, al desorden, al desenfreno. La guerra tiene por secuela el envilecimiento.

La literatura ?pica es el cebo con el que el poder sugestiona a las masas, el espejuelo para atraer incautos a las mallas de la red, h?bilmente tendida.

Hacen falta borregos, d?ciles instrumentos de matanza, gentes propicias al sacrificio, y la literatura belicosa lanza sus estrofas heroicas a la heroicidad de las naciones. ?Miserable ramera que brinda la piltrafa del sexo averiado al ansia loca de todas las decrepitudes!

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Ricardo Mella "El Libertario", n?1, Gij?n, 10 de agosto de 1912

?Arriba lucha antifascista


Tags: literatura, sacrificio, catedral, espíritu, matanzas, filosofía, Mella

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