Lunes, 28 de marzo de 2011


Para que haya una guerra se necesita: matar la memoria, ocultar las v?ctimas y compartir objetivos; para que haya una central nuclear se necesita: sepultar la memoria, enterrar las v?ctimas y compartir intereses.

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En la pel?cula de Don Siegel, la invasi?n de los ladrones de cuerpos, bastaba que los humanos se quedaran dormidos para que los invasores (esp?ritus fr?os y calculadores) se apropiaran de sus cuerpos y mataran su humanidad. Sirva este excelente film como met?fora del mundo contempor?neo en el que el la guerra, la Gran Guerra, es la que se libra contra nuestras conciencias.

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Desde el momento en que los medios de comunicaci?n se convierten en el pilar central que sostiene el edificio de las democracias liberales, dejan de ser un instrumento en manos de la pol?tica para ser el alma del cuerpo pol?tico en su conjunto, su sustancia. Los federalistas, padres fundadores del r?gimen estadounidense, se decidieron por el voto universal (de la ?poca) cuando constataron que no peligraba el gobierno de la plutocracia: la gente, convenientemente orientada, elegir?a siempre a aquellos que cre?a m?s capaces o que defender?an mejor sus intereses. La minor?a descubri? que influir en la mayor?a puede ser de gran ayuda, dijo el padre de la propaganda Bernays en 1927. Ese mismo a?o, Lippman -el periodista y te?rico de la opini?n p?blica que particip? como corresponsal en los interrogatorios de EEUU en la primera guerra mundial-, dec?a que los reg?menes democr?ticos contempor?neos no podr?an sobrevivir sin los medios de comunicaci?n. Lippman era un profeta. El poder de las masas, esa fuerza inmensa reci?n conquistada, deb?a ser dirigido para que no pusiera en peligro a los gobiernos. Los pueblos son la gran amenaza de sus gobiernos.

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Democracia liberal y guerra forman una unidad. La misma que forman capitalismo y explotaci?n.

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Para que la unidad funcione es necesario que los medios de comunicaci?n sean eficaces en su cometido: subsumir nuestra humanidad. No es f?cil. La conciencia humana se atrinchera en nuestra memoria, se hace fuerte con nuestras dudas y pone bajo sospecha los mensajes. Si los nuevos seres no pueden apropiarse de nuestros cuerpos y liquidar nuestra conciencia por lo menos habr?n de paralizarnos. Se necesita tiempo ya que la esencia humana tiende a la resistencia, por eso el bombardeo medi?tico precede a la guerra, o a los terremotos. Los medios son la forma suprema de la guerra. Por encima y antes de que los F16, aviones muy tripulados sobrevuelan todos los d?as nuestro espacio mental cobr?ndose nuevas v?ctimas.

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Matar y sepultar la memoria: simplifiquemos el mundo

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Para que pueda darse una guerra no puede haber memoria. Un terremoto es siempre ?nico, circunstancial. La guerra tambi?n. La guerra de Libia no es como la de Iraq: hay una resoluci?n del Consejo de Seguridad, la guerra es legal y leg?tima. El terremoto de Jap?n no fue como el de 1923, el de ahora ha sido el de mayor intensidad en la historia y ha habido un tsunami. El periodista es el gran encubridor del pasado. La historia no es informaci?n, es paisaje. En la era de la informaci?n no puede haber memoria.

Los medios de comunicaci?n son los primeros en establecer una zona de exclusi?n. Que no vuele sobre nuestras conciencias ninguna duda ni ning?n recuerdo, si los hay, bombard?elos por favor. Dec?a Bernays en su manual de propaganda que la principal tarea de ?sta es simplificar el mundo. El periodista es el ?gran pacificador? ?perd?n-, el gran simplificador. Explica a la gente de forma simple aquello que no lo es. Los matices, las zonas grises crean dudas en el p?blico y le hacen un ser reacio a la compra, ya sea de una mercanc?a o de una idea. Para que el p?blico pueda ser guiado hay que despejar sus dudas reduciendo su campo de elecci?n: Gadafi o el pueblo libio, Fukushima o crisis energ?tica.

Hoy en d?a no es posible distinguir la informaci?n de la propaganda. La propaganda opera en un mundo complejo. La sociedad est? fragmentada en m?ltiples grupos de inter?s, de aficiones, amigos, familiares, comunidades, ideolog?as... La funci?n del buen propagandista es generar agregados alrededor de un producto o una idea. La de Libia no es una guerra sino una ?operaci?n militar para proteger a los civiles; Fukushima no es una bomba at?mica en potencia sino ?una ense?anza para mejorar la seguridad de nuestras centrales?. Obama es el prototipo del propagandista, comunicador y pol?tico en una sola persona, por eso el imperio sigue siendo el imperio. Para que una mercanc?a funcione en el mercado ha de borrar las huellas del proceso de producci?n que contiene, dec?a Marx.

Los nuevos agregados sociales son desmemoriados. Los medios desagregan las resistencias y producen nuevos agregados: voluntades alrededor de un eje com?n. En general, ese punto com?n para producir agregados son los sentimientos comunes: repudio de los malvados y solidaridad con las v?ctimas. Cuando se expone a millones de personas a los mismos est?mulos todos reciben las mismas improntas, lo cual no quiere decir que reaccionen de la misma forma. La manipulaci?n es tambi?n un juego de probabilidades.

La historia no se repite. La realidad es demasiado compleja e ilimitada. Pero el repertorio de respuestas que damos a los acontecimientos es limitado, por eso el poder estudia a fondo estas respuestas para poder manejarlas seg?n sus intereses. El poder tiene memoria. Nuestra ?nica salvaci?n cuando arrecian las bombas medi?ticas es la trinchera de la memoria.

Ocultar y enterrar a las v?ctimas: el dolor es irreparable

Fuera del espect?culo de los medios s?lo est? la muerte. La muerte representada no es muerte, es pura representaci?n, aparece y desaparece a conveniencia. Se repite hasta la extenuaci?n o se esfuma sin dejar huella. En la guerra contra Libia las v?ctimas son propaganda del r?gimen. En la guerra de Fukushima las v?ctimas son s?lo una posibilidad improbable.

El h?roe moderno es el corresponsal o el experto, su objetivo es gestionar a las v?ctimas ya sean de desastres naturales o de guerras. Un corresponsal curtido selecciona en cada momento lo que conviene o no conviene contar, dosifica y selecciona las v?ctimas, su n?mero, su procedencia, su verdugo, el momento en que se muestran? Nuestro corresponsal en el terreno, dice Ana Blanco ? locutora de los informativos espa?oles-, nos cuenta c?mo viven los libios la ayuda Occidental. Nuestro corresponsal en Tokio acude a un supermercado para informarnos de los niveles de contaminaci?n de las verduras que no son peligrosos para la salud de los japoneses. El h?roe humanitario no se distingue del m?dico, del t?cnico de comunicaciones, del operador de un tanque. El mismo reportero ?scar Mijallo pasa tanto tiempo al lado de los tanques que bien podr?a manejar cualquiera de ellos.

La propaganda trata a la sociedad como un todo y trata de localizar las partes m?s sensibles, los discursos y los sentimientos que movilizar?n y los que retraer?n la movilizaci?n. La identificaci?n con las v?ctimas y la sensibilidad hacia el dolor ajeno es la piel m?s sensible de la humanidad por eso desaparecen las v?ctimas tan a menudo.

Compartir objetivos e intereses: nosotros, colaboradores necesarios

Los medios de comunicaci?n operan un cambio ideol?gico fundamental, dicen ?necesidad? cuando han de decir ?utilidad?. Cameron contesta a la Liga ?rabe que ?era necesario bombardear? para crear un espacio de exclusi?n a?rea. Obama se?ala que el mandato de la ONU autoriza a ?cualquier operaci?n necesaria para proteger a la poblaci?n civil?; el ministro espa?ol Blanco dice hacer ?todo lo necesario para acabar con una guerra?, la oposici?n del PP constata que es ?necesaria una intervenci?n para garantizar la seguridad?. Es el mismo lapsus que le lleva al periodista espa?ol Mijallo a decir ?ellos han comenzado las operaciones militares? cuando quiere decir nosotros.

En la guerra pro nuclear de Fukushima hay una vuelta de tuerca a?adida. De la incongruencia que significa en el caso de Libia la necesidad de la guerra para salvar vidas, se pasa a la necesidad del riesgo ?ltimo de desaparici?n de la especie a cambio de preservar el nivel de vida: necesitamos morir para poder vivir as?. En ambos casos los riesgos se desplazan hacia el futuro, nadie puede prever los da?os colaterales y la contaminaci?n ambiental que nos destruir? a todos no es previsible. Dec?a Ferlosio en sus escritos sobre la guerra ?Incoar sospechas sobre lo necesario es menoscabar o minar el pilar ideol?gico que constituye la coartada moral decisiva de la guerra nueva?. S?lo la sospecha, decimos nosotros, fisura la gran?tica losa medi?tica. El discurso de lo necesario e inevitable encaja a la perfecci?n en el imaginario del hombre econ?mico que se apropia cada d?a de nuestros cuerpos: el c?lculo racional se naturaliza en forma de dogma invisible. La causa que se persigue est? por encima de lo humano. En los dos ejemplos que manejamos es el control de la energ?a y la preservaci?n del nivel de vida? En el mes de abril ?no subir? el recibo de la luz? dice Ana Blanco. Los rebeldes ?controlan las zonas petrol?feras? dice Mijallo con una sonrisa.

En el lenguaje del imperio la inevitabilidad es la piedra angular. Alrededor de ella, palabras aisladas, expresiones hechas, im?genes repetidas millones de veces? la dosificaci?n adecuada para que surtan efecto en el momento preciso. Gestionemos el miedo, dicen los expertos en marketing pol?tico, modernos propagandistas, que no cunda el p?nico. P?nico cuando quieren decir resistencia.

Sin embargo, una manipulaci?n eficaz no se apoya en las mentiras sino en las verdades. Se trata de crear im?genes y circunstancias. El p?blico, en el gran mercado al por mayor de las ideas, encontrar? las opiniones que creer? suyas. La propaganda, dice Bernays, es universal y continua y ?se salda con la imposici?n de una disciplina en la mente p?blica tanto como un ej?rcito impone la disciplina en los cuerpos de sus soldados?. En las guerras modernas ya no hay retaguardia. Todos estamos en el frente de batalla. Los medios bombardean en casa. El ?xito de los medios de propaganda no est? en llamar la atenci?n del p?blico sino en ?conseguir su cooperaci?n?. La propaganda busca el punto com?n entre los intereses objetivos del manipulador y la simpat?a del p?blico. La aceptaci?n de las centrales nucleares y la aceptaci?n del liderazgo de la OTAN en la guerra contra Libia tienen un punto com?n de simpat?a hacia las grandes corporaciones basado en la creencia de que las centrales nucleares, dada la alta tecnolog?a que requieren, abaratan la energ?a, la segunda porque el gran consorcio de la guerra est? m?s capacitado para una contienda r?pida.

Los pol?ticos ocultan su responsabilidad en el mandato. Las NNUU fueron una de las v?ctimas de la guerra de Iraq. Ahora tenemos la explicaci?n de por qu? sobrevivi? una instituci?n que qued? tan desprestigiada en el 2003. La ONU no es necesaria para legitimar una guerra. Es necesaria para desresponsabilizar a los gobiernos a trav?s de sus mandatos. Gracias a NNUU la autoridad moral de emprender una guerra queda desligada de su autor?a. Para que haya culpabilidad se necesita que haya responsabilidad pero si no hay responsables no hay culpables. Los aviones no tripulados son la imagen m?s precisa de las guerras actuales. Por encima de su eficacia b?lica est? su utilidad simb?lica.

Para impugnar la guerra hay que impugnar las formas de lenguaje que le corresponden. Dice Comolli ?Nosotros, en las luchas de todos los d?as, hablamos demasiado a menudo con palabras del enemigo?. Los medios nos matan de miedo: el miedo a no disponer de energ?a o a perder el nivel de vida es m?s fuerte en occidente que el miedo, diferido, a un desastre nuclear. El miedo a ser marcados como c?mplices de un dictador es superior al temor a nuestra conciencia. El miedo del poder es el miedo a que los pueblos dejen de tener miedo. El miedo de los medios es no ser cre?bles.

Consideraciones finales

Al final de la pel?cula de Siegel, el protagonista, Kevin Mccarthy, se encuentra en un t?nel arrastrando a su novia y tratando de mantenerla despierta para que no se convierta en un mutante. Desesperado y conmovido por el sufrimiento de ella, la besa apasionadamente, Dana cierra sus ojos, apenas un instante, un segundo, lo suficiente para que al abrirlos ?l descubra en la frialdad de su mirada que ya no es su amor. As? le pasa a nuestra conciencia pol?tica. Son cientos, miles, los segundos en que bajamos la guardia, pero es suficiente un instante, s?lo uno, para que sin darnos cuenta caigamos del lado de la inhumanidad.

Si en los tiempos de relativa calma no hemos sido capaces de construir un discurso propio, de izquierdas, complejo y lleno de matices en relaci?n a los gobiernos, pa?ses y sociedades aliadas, cuando estalla la guerra abierta, en los momentos decisivos, aquellos en los que nos ensordece el sonido de las armas, los matices no pueden ser el lastre que nos impida oponernos a la guerra con la contundencia necesaria. La funci?n del intelectual ha de ejercerse por adelantado porque por adelantado es que los medios preparan la guerra. Los acontecimientos son siempre m?s r?pidos que la reflexi?n que podemos hacer sobre ellos. Dec?a Umberto Eco que el bar?n rampante [1] viv?a encaramado en los ?rboles ?no para sustraerse del deber intelectual de entender el propio tiempo y participar en ?l, sino para entenderlo y participar mejor?. La funci?n del intelectual est? del lado de los matices, las dudas y las ambig?edades. Pero en el campo de batalla no existen los matices, ni las dudas ni las ambig?edades, solo existen los amigos y los enemigos. Por eso, como el momento de la acci?n requiere que se eliminen los matices: dice Vittorini ?el intelectual no debe tocar el clar?n en la revoluci?n? [2]. Porque no podemos dejar que nuestros argumentos se conviertan en boomerang que nos decapite haci?ndonos correr como zombis siguiendo una extra?a luz de verdad a la que nunca tendremos acceso en el presente. Nuestra responsabilidad no est? del lado de nuestra buena conciencia, ni de nuestras buenas intenciones, sino del lado de nuestro compromiso pol?tico, que por supuesto, tambi?n tiene una parte de conciencia moral pero no individual sino colectiva.

Notas:

[1] El bar?n rampante es una de las novelas de la trilog?a del novelista italiano Italo Calvino

[2] Citado por Umberto Eco en ?Pensar la guerra?, Cinco escritos morales.

Rebeli?n ha publicado este art?culo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


Tags: guerra, memoria, propaganda, Libia, nuclear

Publicado por blasapisguncuevas @ 13:42
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