Domingo, 15 de mayo de 2011

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Traducido del ingl?s para Rebeli?n por Germ?n Leyens

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El asesinato de Osama bin Laden, ?un testimonio de la grandeza de nuestro pa?s? seg?n el presidente Obama, no deber?a opacar una realidad central de nuestro mundo posterior al 11-S. Nuestros conflictos en Iraq, Afganist?n, Pakist?n, Yemen y Libia siguen siendo ejemplos de guerra no declarada, un hecho que contribuye a su distancia de nuestro mundo estadounidense. Est?n distantes geogr?ficamente, pero tambi?n distantes de nuestros intereses de cada d?a y, a menos que se sea miembro de las fuerzas armadas o se tenga un ser querido en ellas, distantes de nuestra conciencia colectiva (para no hablar de nuestras conciencias individuales).

Y esta distancia no es accidental. Nuestras guerras y su impacto se mantienen en un aislamiento notable de lo que pasa por ser asuntos p?blicos en este pa?s, dejando a la mayor?a de los estadounidenses con poco conocimiento, y todav?a menos influencia, sobre si deber?an y librarse y c?mo se est?n librando.

En este sentido, nuestras guerras son extra?amente similares a las realizadas por monarcas europeos en los Siglos XVII y XVIII: conflictos librados por militares profesionales y bandas de mercenarios; en gran parte por el capricho de lo que ahora podr?amos llamar un ejecutivo unitario financiado con gastos deficitarios, con el prop?sito de proteger o extender los intereses de una elite gobernante.

Los c?nicos podr?n decir que siempre ha sido as? en EE.UU. Despu?s de todo, la Guerra de 1812 fue conocida por los cr?ticos como ?La Guerra de M?ster Madison? y la Guerra mexicana-estadounidense de los a?os cuarenta del Siglo XIX fue la ?Guerra de M?ster Polk?. La Guerra hispana-estadounidense de 1898 fue una guerra descarada de expansi?n, vigorosamente denunciada por los antiimperialistas estadounidenses. Sin embargo, en esos conflictos hubo por lo menos un aut?ntico debate nacional, as? como declaraciones formales de guerra del Congreso.

La actual clase gobernante en Washington ya no se preocupa de aparentar que respeta la letra de nuestra Constituci?n ?y tambi?n soslaya su esp?ritu-, invocando afirmaciones vac?as de privilegio ejecutivo o del esp?ritu de servicio humanitario (como en Libia) o de exportaci?n de la democracia (como en Afganist?n). Pero Libia sigue desgarrada por la guerra civil, y Afganist?n todav?a no se transforma en Oreg?n.

Guerra ?ilustrada?, entonces y ahora

La historia no se repite simplemente, pero las realidades de poder, privilegio y orgullo aseguran ciertas continuidades del pasado. Considerad la forma en que las actuales guerras distantes y las maneras en que?refuerzan relaciones de poder existentes de una elite privilegiada y orgullosa se hacen eco de un estilo de guerra europea que tiene m?s de tres siglos.

Al estudiar la destrucci?n de la devastadora Guerra de los Treinta A?os (1618-1648), librada febrilmente en los territorios germ?nicos por la mayor parte de Europa, vemos que monarcas como Luis XIV de Francia comenzaron a librar guerras ?limitadas?. Las consideraron m?s consistentes con el esp?ritu de una era racional e ?ilustrada?. En sus manos, semejantes guerras se convirtieron en el deporte de reyes, equivalentes en la vida real a complejas partidas de ajedrez en la cual soldados de infanter?a provenientes de las clases inferiores serv?an de peones desechables, mientras los hijos segundos o menores de la nobleza, cumpliendo su deber como oficiales, resultaban ser reyes, alfiles, y torres, apenas menos desechables.

El monarca y su s?quito trataban, en lo posible, de mantener las guerras y sus trastornos a distancia de las pr?speras preocupaciones econ?micas y de manufactura. En muchos casos, en los siglos siguientes, esto signific? esencialmente exportar la guerra a remotas ?reas o colonias ?b?rbaras?. Al hacerlo, la muerte y la destrucci?n se subcontrataban en sitios y pueblos distantes de las metr?polis europeas.

En los hechos, esto fue precisamente lo que enfureci? a nuestros fundadores: que las colonias en Am?rica se hab?an convertido en un campo de batalla interminable para las ambiciones imperiales francesas y brit?nicas de las cuales los propios colonos sufr?an el torbellino de la guerra mientras ganaban pocos de sus beneficios. Una lectura cuidadosa de la Declaraci?n de Independencia, por ejemplo, revela un desd?n protorepublicano por guerras libradas por el capricho de un rey y que en todo caso reduc?an a los colonos a simple carne de ca??n.

Al negarse a claudicar a su porfiado derecho como brit?nicos a determinar c?mo se les gravaba, c?mo eran defendidas sus familias y sus tierras, y especialmente para qu? ellos mismos deb?an combatir y morir, los fundadores forjaron una nueva naci?n. En vista de esta historia, no es sorprendente que hayan otorgado al Congreso, no al presidente, el poder de declarar y financiar la guerra.

De esta manera naci? un noble experimento, y funcion?, aunque de modo imperfecto, hasta que la devastaci?n de una nueva guerra de treinta a?os en Europa (m?s conocida como las Guerras Mundiales I y II), impuls? a EE.UU. a la condici?n de superpotencia con todas sus ambiciones resultantes, avivadas por temores existenciales, sea de los comunistas ateos de ayer, o de los terroristas fan?ticos religiosos de nuestros d?as.

En el centro de Washington: la nueva Corte de Versalles

En el Siglo XVIII, Francia era la superpotencia de Europa con fuerzas armadas que hac?an parecer enanas las de sus vecinos. ?Y qui?n dictaba las decisiones de ir a la guerra? La respuesta: el rey, sus generales y los cortesanos en la Corte de Versalles. En el Siglo XXI, EE.UU. celebra su condici?n de ??nica superpotencia? mundial con fuerzas armadas sin igual. ?Y qui?n dicta sus decisiones de ir a la guerra? Considerando las lecciones de Iraq, Afganist?n, y ahora Libia, la respuesta no es menos obvia: el presidente, sus generales y sus cortesanos, dentro del vasto edificio del Estado de seguridad nacional de Washington.

Las guerras ?ilustradas? de Francia eran libradas por ej?rcitos profesionales y mercenarios, dirigidos por un ejecutivo unitario que hac?a lo que quer?a, y sufridas por clases inferiores sin derecho a voz ni voto al respecto (aunque prove?an la fuerza y la sangre). De la misma manera, nuestros amos del Siglo XXI nos lanzan a su versi?n de guerras ilustradas y juegan su versi?n de partidas de ajedrez globales.

La analog?a puede ir m?s lejos. En la Francia pre-revolucionaria, el Primer y Segundo Estado (el clero y la nobleza) constitu?an menos de un 2% de la poblaci?n pero controlaban casi toda la riqueza y el poder del pa?s. Su alianza imp?a manten?a al Tercer Estado (todo el que no era cl?rigo o noble) bajo su dominaci?n colectiva.

Ahora bien, consideremos el EE.UU. actual. Nuestro equivalente del Primer Estado ser?a el clero de las finanzas y la banca (la religi?n del todopoderoso d?lar). Hay que buscarlo en sus templos en Wall Street. Nuestro equivalente del Segundo Estado ser?an los que mueven los hilos en el centro de Washington. Hay que buscarlos en la Casa Blanca, el Pent?gono, el Congreso, y en la Calle K donde tienden a congregarse los lobistas del Primer Estado. La alianza imp?a de estos dos estados deja al Tercer Estado de EE.UU. ?a ti y a m? con las todas las posibilidades, manipuladas, contra nosotros.

Cuando tiene que ver con la guerra, la clase gobernante de EE.UU. ha relegado a los miembros de su Tercer Estado alternativamente al papel de ?legionarios extranjeros? en el servicio en ultramar, o de espectadores silenciosos que miran pasivamente lo que pasa en el gran televisor. Eso, por su parte, es continuamente interpretado para nosotros por miembros retirados del Segundo Estado: generales y almirantes vestidos de paisano, contratados por los medios corporativos para suministrar comentarios en colores sobre las guerras de Washington.

No es de extra?ar que la elite actual de Washington sea tan imperiosa y aislada como la Corte de Luis XIV. Un colega m?o aguant? hace poco una breve audiencia con algunos miembros de nuestro Segundo Estado cerca de Dupont Circle en Washington. En sus palabras: ?Se sent?an al mismo tiempo condescendientes e intrigados por ?tipos del Tea Party?, como se refer?an a ellos, lo que quiere decir que admit?an sin querer que estaban fuera de contacto y que les parec?an bastante bien. ?Mirad?, dije finalmente, ?no pod?is seguir rob?ndole a alguien la billetera mientras lo intimid?is dici?ndole lo est?pido y mal informado que es y luego os sorprend?is porque se enoja.??

Sean sucios ?tipos del Tea Party?, ?tarados? (seg?n el ex cortesano Rahm Emanuel) progresistas, y otros miembros del descontento Tercer Estado estadounidense, a las elites de Washington que libran guerras en nuestro nombre simplemente no les podr?a importar menos lo que pensemos, exactamente como a Luis XIV y su corte no les pod?a importar menos lo que desearan sus s?bditos.

Interminables guerras ?limitadas? libradas en funci?n de los intereses de la clase gobernante, los masivos gastos deficitarios en esas guerras, la negativa de reconocer (o incluso comprender) la creciente insatisfacci?n de la gente, la mentalidad de ??entonces que coman brioche!?: todo esto es familiar para un historiador. Y como los antiguos amos franceses de la guerra limitada, nuestros nuevos amos de la guerra desangran la legitimidad.

El derrumbe de los antiguos reg?menes

Al aislar al Tercer Estado estadounidense de la guerra ?por cierto, al desconectarlo de todo debate p?blico significativo sobre el perpetuo belicismo de esta naci?n? nuestros gobernantes han conspirado para proteger sus propios intereses. Sin embargo, al decidir a escondidas todo lo importante, han eliminado neciamente todo control de su demencia.

Consideremos de nuevo el ejemplo del Versalles pre-revolucionario. Una burocracia sobrecargada de altos puestos, notablemente disoluta, y a menudo paras?tica saque? el bien p?blico de Francia en busca de poder y privilegio. ?Podemos dejar de decir lo mismo del Washington actual? En su tendencia cleptocr?tica de enriquecimiento y su despliegue irresponsable de poder militar en todo el globo, la clase gobernante estadounidenses tiene un cierto parecido con los reyes franceses y sus cortes que, a fin de cuentas, llevaron a su pa?s a la ruina econ?mica y a la revoluci?n violenta.

Hastiada de sus derrochadores y orgullosos gobernantes, Francia vio c?mo rodaban las cabezas y c?mo ca?an las cuchillas de las guillotinas. ?Cu?ntas guerras ?ilustradas? m?s no declaradas, cu?ndos billones de d?lares en deuda impulsada por guerra, cu?ntos muertos y heridos ser?n necesarios para que el pueblo estadounidense exija que le devuelvan su poder sobre la guerra? ?O nos basta con mostrarnos respetuosos hacia nuestra clase y corte gobernante ?y a sus acreedores en ultramar "menos-que-amantes-de-la libertad"- hasta que llegue el momento en el cual sus orgullosas guerras y sus derrochadores presupuestos de defensa de m?s billones de d?lares hagan que nuestro gran experimento democr?tico se derrumbe?

William J. Astore es teniente coronel retirado (de la Fuerza A?rea de EE.UU.) y profesor de historia. Agradece comentarios de los lectores [email protected].

Este ensayo fue publicado originalmente en TomDispatch.

Fuente: http://www.counterpunch.org/astore05122011.html


Tags: Versalles, Potomac, monarcas, mercenarios, ajedrez, guerra

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