Martes, 13 de septiembre de 2011
El enemigo que apenas existe

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

¿Cuál fue el ataque más devastador de al Qaida en los últimos meses? A pesar de todo el palabreo piadoso de este fin de semana sobre el combate contra el “terrorismo”, pocos habrán oído hablar de él. Sucedió el 15 de agosto cuando atacantes mataron a 63 personas en 17 ciudades por todo Iraq en el espacio de unas pocas horas.

Una carnicería semejante es ignorada porque EE.UU. y Gran Bretaña ven a al Qaida solo en relación con sí mismos, y porque todas las víctimas fueron iraquíes. Los verdaderos motivos de al Qaida, a menudo arraigados en luchas locales entre palestinos e israelíes o suníes y chiíes, son desdeñados y reemplazados por fantasías sobre el choque de civilizaciones.

Como archiexponentes del “terrorismo”, al Qaida es al mismo tiempo más y menos que el cuadro que presentan gobiernos, agencias de inteligencia, periodistas y comentaristas. Como organización, siempre ha sido pequeña y destartalada, pero, si parece más grande, es porque tiene la capacidad de nutrirse en feroces disputas locales. Osama bin Laden podrá haber querido lanzar un yihad global, pero la mayoría de los que afirmaban ser al Qaida desde el 11-S han tenido planes diferentes y más inmediatos.

En Iraq, al Qaida en Mesopotamia, la franquicia local, aunque nunca estuvo bajo el control de bin Laden, siempre se interesó más por masacrar chiíes iraquíes que por matar soldados estadounidenses. Los talibanes paquistaníes, estrechamente vinculados a al Qaida, todavía dedican una parte de sus energías a enviar atacantes suicidas a fin de hacer volar aldeanos chiíes y trabajadores en las ciudades, incluso cuando enfrentan ofensivas del ejército paquistaní.

El sectarismo de al Qaida es una suerte para Occidente. Muchos de los ataques atribuidos a al Qaida desde el 11-S han fracasado porque los que los realizaban no podían construir ni el artefacto explosivo más simple. El motivo por el cual esto ha sucedido forma parte de un misterio ya que semejante pericia está demasiado generalizada en áreas de influencia de al Qaida, en Iraq central, el noroeste de Pakistán e incluso en partes del sur de Yemen. Pero el conocimiento no es transmitido porque los fabricantes de bombas en esas áreas se mantienen absortos en el intento de asesinar a sus vecinos musulmanes y muestran poco interés por propagar el caos en Chicago o Nueva York.

Al Qaida como organización global siempre ha sido una especie de ficción. Bin Laden podrá haber buscado un alcance internacional pero, aparte del 11-S, pocas veces lo logró. Su propaganda ha sido aceptada como realidad por gobiernos por sus intereses propios y por agencias de inteligencia con interés en exagerar la amenaza de al Qaida para fomentar su propia autoridad. Incluso el más frustrado y primitivo intento de atentado ha sido presentado como si fuera una reproducción del Complot de la Pólvora. Al Qaida en la Península Arábiga comentó burlonamente que no importaba si sus complots fracasaban o tenían éxito, porque los fracasos perturbaban el tráfico aéreo y creaban caos.

Parecería que al Qaida tuviera tentáculos en todo el mundo, porque grupos, a menudo con otros planes pero utilizando tácticas similares, se convirtieron en sus franquicias. Esta noción también se ha arraigado porque autocracias por doquier tienen interés en pretender que sus oponentes son todos fundamentalistas islámicos, estrechamente vinculados a al Qaida. En Libia, Muamar Gadafi lo hizo con mucho éxito en sus relaciones con la CIA y el MI6, en parte porque el Grupo de Combate Islámico de Libia estaba dirigido por veteranos de la guerra afgana, como Abdel Hakim Belhaj. India en Cachemira y Rusia en Chechenia, en su combate contra lo que eran movimientos separatistas que gozaban de amplio apoyo, afirmaron que combatían audazmente contra bin Laden y al Qaida.

En el 11-S, el gran éxito de al Qaida fue publicitar su propia existencia y provocar una sobre-reacción estadounidense que le hizo directamente el juego. Provocó a EE.UU. a derrocar a los talibanes y a Sadam Hussein y a que se enmarañara en guerras civiles de gran complejidad. En retrospectiva se ha hecho fácil culpar a George W Bush y a sus lugartenientes en Washington y en el terreno por errores como disolver el ejército iraquí y el partido Baaz. Pero en esos días –aunque desde entonces han mantenido mucho silencio– los dirigentes chiíes y kurdos estaban totalmente a favor de eliminar esos dos principales instrumentos del poder suní y dejar que EE.UU. cargara con la culpa.

La guerra de Iraq relanzó a al Qaida de otra manera. Desde el principio, los portavoces militares de EE.UU. pensaron que era una idea brillante afirmar que los ataques insurgentes, quienquiera los realizara, eran obra de al Qaida. El objetivo era ganar apoyo para la guerra en EE.UU., pero en Iraq, donde la ocupación estadounidense era cada vez más impopular, dio la falsa impresión de que al Qaida dirigía los ataques de la guerrilla contra el ejército de EE.UU. Los niños iraquíes comenzaron a agitar banderas negras de al Qaida ante los soldados estadounidenses. Los árabes suníes pensaron que podría ser un aliado útil y al movimiento le fue más fácil recaudar dinero en todo el mundo árabe.

Al Qaida ha probado ser tan escurridizo y difícil de eliminar sobre todo porque nunca ha existido en la forma pretendida por gobiernos y agencias de inteligencia. Sus miembros, incluso antes de 2001, siempre fueron pocos y tuvo que contratar a miembros de las tribus afganas para que produjeran vídeos de propaganda. Pero apenas pasa un mes sin que la CIA anuncie que sus drones han matado a planificadores operacionales de al Qaida, como si el grupo fuera un reflejo exacto del Pentágono. Auto-pregonados expertos en “terrorismo” aparecen como “presentadores” en televisión, y declaran que la eliminación de algún personaje de al Qaida ha sido un golpe mortal para la organización, pero su resistencia es tal que su amenaza para nosotros sigue sin disminuir.

¿Podría algún gobierno de EE.UU. haber reaccionado de un modo diferente después del 11-S? ¿No fue tan fuerte el deseo popular de represalias que Washington no pudo evitar la caída en la trampa de al Qaida? Hay algo de cierto, pero el motivo por el cual esta forma de “terrorismo” es tan efectiva es que dirigentes políticos son tentados a aprovechar la oportunidad para expandir su poder destacando la amenaza. Pueden mostrar a críticos que no se muestran de acuerdo como ingenuos o poco patriotas. Reformas necesarias pueden ser dejadas de lado en medio de un llamado general a unirse alrededor de la bandera.

Esta sobre-reacción a ataques “terroristas” no es totalmente inevitable. En Irlanda del Norte después del comienzo en 1968, el IRAQ Provisional se hizo experto en provocar al Ejército británico y al gobierno para que sobre-reaccionara. Cuando un soldado británico era muerto, la consecuencia era el castigo colectivo de un distrito católico romano y los jóvenes se apresuraban a sumarse a los Provisionales. Costó doce años antes que el Ejército británico se diera cuenta de que estaba reaccionando como el IRA esperaba que lo hiciera.

¿Ha aprendido EE.UU. una lección similar? Parece dudoso, porque ningún presidente de EE.UU. puede admitir que ha librado guerras innecesarias en busca de un enemigo que apenas existe.

Patrick Cockburn es autor de  The Occupation: War, resistance and daily life in Iraq y Muqtada! Muqtada al-Sadr, the Shia revival and the struggle for Iraq .

Fuente: http://www.counterpunch.org/2011/09/12/the-enemy-that-barely-exists/


Tags: Al Qaida, 11-S, talibanes, Bin Laden, Iraq, fundamentalistas

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