Jueves, 05 de julio de 2012
Recordando el otro "Día D"

Asia Times Online

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

A diferencia del teniente Horace Henderson que escribió: “Vi que no se movía nada en la playa excepto una aplanadora. La playa estaba cubierta de escombros, embarcaciones hundidas y vehículos destruidos. Vimos muchos cuerpos en el agua… Saltamos al agua que nos llegaba al pecho y vadeamos a tierra. Entonces vimos que la playa estaba literalmente cubierta de cuerpos de soldados estadounidenses” [1]. Richard Davis informó: “Pronto el mar estuvo salpicado de hileras de barcos blancos llenos de hombres envueltos en frazadas blancas con armas apuntando en todas direcciones, balanceándose en el agua, mientras unos barcos que parecían de papel se acercaban más y más. La escena era extrañamente parecida a una regata…" [2]

En estas mismas fechas, del año 1898, el ejército de EE.UU. desembarcó en Playa Daiquirí, a 29 kilómetros al este de Santiago. Fue claramente distinto del desembarco del Día D en 1944, también en junio, que ocurrió en las playas de Normandía, Francia. Durante los primeros días de la invasión de Cuba no hubo Omahas en las que el fuego de ametralladoras, morteros y tanques alemanes destrozase a miles de soldados estadounidenses. No hubo una Luftwaffe lanzando bombas y ametrallando a soldados que se arrastraban por el suelo. No había alemanes cayendo mientras los barcos de guerra estadounidenses disparaban continuas andanadas. No había trampas mortales repletas de sangre [3] o servicios religiosos para enterrar a los muertos.

Pero tal como impactó la Segunda Guerra Mundial a EE.UU., lo mismo sucedió con la Guerra Hispano-Estadounidense (GHE), tal vez más todavía. Las causas de la GHE fueron numerosas. Una severa depresión económica dejó a millones de personas sin trabajo y creó un ambiente revolucionario, temido por los ricos y el gobierno federal. La GHE serviría como distracción de las masivas, violentas y sangrientas huelgas, paros y  marchas de desocupados hacia Washington, como el Ejército de Coxey. Los ricos monopolistas y expansionistas, con su apetito imperial, mano de obra barata y economías de mercado en expansión, ansiaban experimentar la construcción de corporaciones mediante la toma de naciones.

Esa “espléndida guerrita” fue también el resultado del periodismo amarillo, del cristianismo extremo y de un deseo de los ultraconservadores (republicanos y demócratas) de aplastar a otros partidos políticos. El ultraconservadurismo estaba alarmado por el socialismo y el populismo, con su Partido Populista en permanente crecimiento que promovía un sistema multi-monetario, impuestos progresivos sobre la renta, atención sanitaria, igualdad para obreros y agricultores y los ancianos y protección contra monopolios gigantescos. Mientras algunos cristianos, como el reverendo Josiah Strong creían que “Dios está entrenando a la raza anglosajona para su misión de civilizar a las razas más débiles del mundo”, los medios de masas veían una oportunidad de aumentar las ventas con el sensacionalismo de una posible guerra contra España.

Lo que finalmente provocó la guerra de EE.UU. contra España fue la explosión del acorazado Maine en el puerto de La Habana, en la que murieron 266 tripulantes. Una investigación de la armada culpó de inmediato a España de la explosión y los magnates de los medios en competencia, Randolph Hearst y Joseph Pulitzer publicaron dibujos gráficos en los periódicos mostrando la explosión de la nave con tripulantes muertos volando por el aire o ahogándose. La guerra duró tres meses, con solo algunos días de verdadero combate. Pero una nueva conciencia invadió EE.UU. –la conciencia de la fuerza– y con ella un nuevo apetito, el ansia de mostrar su fuerza (el sabor del imperio) [4], y otras falsas convicciones.

EE.UU. no solo se apoderó de Cuba, Puerto Rico, las Filipinas y Guam y terminó por separar regiones en China, pero este nuevo imperialismo y colonización militarizó EE.UU. [5]. Como otras guerras futuras, esta fue mal llamada y censurada “Guerra EE.UU.-España/Cuba/Puerto Rico/Guam/Somoza/China”, o “Guerras y Rebeliones del Caribe y el Pacífico”. Anexaron numerosos territorios extranjeros, aplastaron brutalmente numerosos y prolongados levantamientos, filipinos, cubanos, y bóxer. También utilizo los movimientos por la liberación y la libertad como un ardid para expandir una economía de mercado agresiva y violenta de EE.UU.

“Combatientes por la libertad” cubanos y filipinos iban claramente hacia la victoria sobre España cuando EE.UU. intervino y secuestró sus movimientos por la independencia, subvirtiendo sus objetivos de una nueva sociedad de igualdad y justicia racial y económica [6]. Y aunque los revolucionarios advirtieron a EE.UU. de que su intervención se consideraría un acto de guerra, EE.UU. pudo, mediante falsas promesas y engaños, invadir y conquistar ambos territorios. Ni filipinos ni cubanos participaron en ceremonias y tratados de rendición, que fueron dominados por EE.UU., y muchos menos aún pudieron ingresar a los capitolios de sus países [7]. EE.UU. escribió sus constituciones y determinó muchos aspectos de sus culturas.

Una vez más, el “otro” Día D en 1898 tuvo una trascendental influencia en la política exterior de EE.UU. que desde entonces fue conformada por un grupo de elites corporativas, militares y de estrategas políticos. Esos poderes dinásticos también dominaron las guerras y campañas militares preventivas en los Siglos XX y XXI. Estratos de ideologías también gobernaron el pensamiento y la conducta de numerosos estadounidenses, como el nacionalismo, el paternalismo, el social-darwinismo y la categorización de extranjeros, en particular los no blancos. Todo esto culminó en el Excepcionalismo Estadounidense, o nociones de superioridad de EE.UU. Y adonde van los negocios y las inversiones estadounidenses también van el ejército y los marines de EE.UU.

Los poderes presidenciales también cambiaron. Hay que recordar que Teodoro Roosevelt, antes de llegar a la Casa Blanca, apoyó con entusiasmo y combatió en la GHE. Dijo una vez: “Favorecería casi cualquier guerra, porque pienso que el país necesita una”. Como presidente modeló para futuros dirigentes una “presidencia imperial”, estableció poderes policiales globales, separó Panamá de Colombia para construir el canal y envió marines a Santo Domingo a cobrar deudas. También apoyó el libro de Alfred T Mahan, The Influence of Sea Power [La influencia del poder marítimo], que dice que EE.UU. precisa una armada fuerte que necesita bases navales y militares en el extranjero para reparaciones, suministros y combustibles. Por ello, debía adquirir nuevos territorios.

Por lo menos durante un breve período en el perpetuo Tiempo de Guerra de EE.UU., en la Segunda Guerra Mundial, los ciudadanos y soldados estadounidenses vivieron el verdadero y letal coste de la guerra. Por lo menos el gobierno federal no actuó por cuenta de los acaudalados y de grupos de intereses especiales. Por lo menos la movilización para la guerra y la modernización del armamento fueron para una “causa justa”, o para liberar campos de concentración y a la Europa ocupada por medios militares. Es trágico, sin embargo, que los horrores de la Segunda Guerra Mundial y la Gran Generación no hayan obligado a sus dirigentes a reevaluar y a reconsiderar futuros conflictos y enfrentamientos militares, y que el “otro” Día D siga dominando la imaginación colectiva de EE.UU. y las narrativas públicas.

Notas:

(1) Ambrose, Stephen E. Citizen Soldiers: The US Army From The Normandy Beaches To The Bulge To The Surrender Of Germany. New York: New York: Touchtone Publishers, 1998., p 27.

(2) Marsh, W.B. and Bruce Carrick. A Leap Year of Great Stories from History. Lanham, Maryland: Totem Books, 200, p 201.

(3) Ambrose, Stephen E. Citizen Soldiers: The US Army From The Normandy Beaches To The Bulge To The Surrender Of Germany, p 31.

(4) Boyer, Paul S. and Clark Clifford, Joseph Kett, Neal Salisbury, Harvard Sitkoff, and Nance Woloch. The Enduring Vision: A History Of The American People. Lexington, Massachusetts: DC Heath and Company, 1996., p 609.

(5) Bender, Thomas. A Nation Among Nations: America's Place in World History. New York, New York: Hang and Wang Publishers, 2006, p 218.

(6) Ibid, p 225. 7. Ibid, p 224.

 

Dallas Darling es autor de Politics 501: An A-Z Reading on Conscientious Political Thought and Action , Some Nations Above God: 52 Weekly Reflections On Modern-Day Imperialism, Militarism, And Consumerism in the Context of John's Apocalyptic Vision , y de The Other Side Of Christianity: Reflections on Faith, Politics, Spirituality, History, and Peace. Es corresponsal de www.worldnews.com . Otros escritos de Dallas aparecen en www.beverlydarling.com .

(Copyright 2012 Dallas Darling.)

Fuente: http://www.atimes.com/atimes/Global_Economy/NG03Dj04.html

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Tags: Día D, Cuba, Filipinas, Asia Times, Maine, independencia

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