Martes, 12 de agosto de 2014
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-08-2014

Emilio Cafassi
Editorial La República


Cuando en los años ´90, el mediocre politólogo y asesor gubernamental estadounidense Francis Fukuyama presagiaba un futuro gris y aburrido a partir del ingreso a la poshistoria, celebraba en verdad desde el revoltijo de escombros del muro de Berlín el carácter capitalista universal de la existencia humana, como si éste fuera pacífico. Como mínimo la tesis atrasaba casi dos siglos entonces. Aunque ya anémica, ahora más. Hegel, en quién se fundaba, consideraba al Estado (el constitucionalismo liberal-fiduciario, tal como hoy lo conocemos en occidente) como la mejor encarnación del espíritu objetivo, opuesto al individual que se nutre de pasiones, prejuicios e irracionalidad y vive preso de la necesidad, concebida como antónimo de la libertad. Tal libertad sólo podía residir en el ciudadano, sujeto de derecho que encuentra límite en idéntico derecho ajeno. Para el filósofo cristiano -que no conoció el capitalismo moderno- el Estado era algo así como Dios, la encarnación plena y absoluta de la idea. La historia de este modo va dando pasos racionales, incluyendo entre ellos a las guerras, en el curso de la razón hacia la formación de los estados entre los cuales regiría una ley internacional. De tal modo que no sólo fue admirador de la revolución francesa sino del propio emperador Napoleón a quién contempló embelesado durante su ingreso a Jena a lomo de caballo, o al menos eso dice la leyenda filosófica que suele ataviarse con galas biográficas. En su ensoñación, era su propia filosofía de la historia la que derrotaba al Estado prusiano, aunque con la inestimable ayuda del militar francés. Obviamente no puede acusarse de ingenuidad a Hegel sino admirar su monumental sistema filosófico y contextualizarlo en su época. Pero como sugería líneas arriba, Fukuyama exalta tras la desaparición de la URSS al capitalismo actual omitiendo su naturaleza fratricida. No sólo la que consuma la explotación de los hombres y mujeres mediante la apropiación privada de trabajo impago (exacción de plusvalía) sino la igualmente fratricida de algunos Estados-nación sobre otros “pares” o inclusive sobre territorios y poblaciones desprovistos de estatus formal. La llamada división internacional del trabajo, no es un pacto voluntario y racional de intercambios de riquezas, sino una monstruosa imposición violenta y sangrienta de apropiación desigual de patrimonios colectivos.

El futuro de racionalidad que avizoraba Hegel se vio desmentido fácticamente durante los siglos XIX y XX por una innumerable sucesión de guerras, genocidios, etnocidios, conquistas y resistencias coloniales, que sin ser novedosas en la historia, adquirieron una magnitud inigualada, además de fundar aberraciones políticas varias, desde el nazismo al estalinismo pasando por los estados terroristas. Otro tanto le sucedió a Fukuyama en sólo dos décadas. Algo muy poco aburrido aunque suficientemente trágico. Sin ir más lejos que esta misma semana, EEUU, esgrimiendo la habitual excusa de la “agresión defensiva” y a pesar de haberse retirado de Irak después de 8 años de invasión, no sin dejar un páramo de libertad, democracia y derechos (más algunas empresas petroleras), bombardeó a islamistas radicales a los que le suponía intenciones de perpetrar un genocidio contra minorías religiosas de la región norte. No se trata sin embargo de una nueva invasión sino que, según el vocero del Pentágono, las fuerzas armadas norteamericanas “llegan para ayudar”. Sin duda entiende que sus bombas han sido y son de gran ayuda para la humanidad. Lo cierto es que después de tanto imponer la razón, una parte importante del territorio iraquí y algunas ciudades, están bajo control de islamistas desenfrenados como el grupo “El” que hasta ha declarado allí un nuevo califato. Es el mismo que además combate en Siria contra el gobierno y también tiene bajo su control varias ciudades. Efectivamente están motivando la huida de cristianos porque en esas ciudades el “EL” obliga a la población no musulmana a convertirse o abandonar sus viviendas, aunque siempre dando la piadosa opción de la muerte en caso de no aceptar alguna de dos opciones anteriores. El Papa Francisco mostró su preocupación por estos acontecimientos y enviará a uno de sus cardenales. Pero sobre todo llamó a la comunidad internacional a prestar asistencia a los desplazados. Tuvo éxito en sus súplicas ya que la ONU está preparando un “corredor humanitario” para facilitar la evacuación de los que “necesiten escapar de las áreas bajo amenaza”, suerte que no corre la población palestina en Gaza que sigue encerrada en su ratonera a la espera de nuevas masacres por parte de Israel. Pero no son las únicas matanzas con las que convivimos cotidianamente. La secesión de la península de Crimea nos trae diariamente noticias de enfrentamientos bélicos y hasta asistimos horrorizados al derribamiento de un avión comercial que asesinó cerca de 300 inocentes. En Libia, el asesinato de Kadhafy no llevó paz alguna. Milicias islámicas combaten cotidianamente al gobierno. Algo similar sucede en Somalia donde el grupo islamista “Al-Shabbab” que se unió a Al-Qaeda combate al gobierno y controla más de la mitad del territorio. En Sudán del sur los combates continúan luego del fallido golpe de estado y no debe olvidarse que EEUU continúa perpetrando masacres en el Afganistán invadido. No casualmente en todas las carnicerías, se invoca alguna deidad fetichizada que a su vez sacraliza la misión.

La tesis de la secularización o desencantamiento de Weber (en dos palabras el declive de la religión organizada sobre las creencias y prácticas de la sociedad) parece correr en estos –y posiblemente futuros- casos suerte similar a la filosofía del Estado de Hegel. Creo que estas sociedades y sus agresores necesitan urgentemente encontrar los mecanismos de implementación de un proceso políticamente más profundo aún, aunque no menos moderno: el de laicización, algo diferente aunque complentario a la secularización. No se trata de desalojar a los dioses y sus megarelatos de las conciencias sino fundamentalmente de los propios Estados o sus proyectos de tales.

Para continuar con cuestiones coyunturales, a pesar de la declarada tregua, Israel dio comienzo anteayer a una nueva carnicería en la Franja de Gaza con la pueril excusa de aniquilar a los terroristas que los mismos carniceros fabricaron y que cada nueva masacre -que no repara en niños, mujeres, ancianos y toda clase de inocentes- incrementa exponencialmente. Aunque no resulte la causa última, la motivación no es ajena a la ausencia de secularización y laicización. En este caso la excusa es la defensa de una tierra entregada por Dios a Abraham y la feliz reunión del “pueblo elegido”. Y la consecuencia el reforzamiento de la cárcel a cielo abierto en la que se ha encerrado a los palestinos, la que otra vez carece no sólo hasta de agua, sino inclusive de los más elementales derechos que se le concede a los peores reclusos. Hasta la Convención de Ginebra y las resoluciones de las Naciones Unidas son en este caso el felpudo de bienvenida en el que los genocidas restregan sus ensangrentadas botas al volver victoriosos al remanso de sus refugios antimisilísticos.

Pero la tierra prometida además carece de fronteras. Tan sólo define una capital (en sagrada disputa). La violencia no se concentra sólo en Gaza sino que entretanto los límites continúan difuminándose con cada instalación de colonos, celosamente protegidos por su ejército y sus infaltables armas propias, tanto como la comunicación, el tránsito y el propio contacto entre familiares y seres queridos va quedando cada vez más a merced de los puestos militares de control, de la inteligencia panóptica y de la humillante discrecionalidad de los ocupantes. Lo que va quedando de Palestina es hoy un delta desértico y desamparado, un cementerio con restos de bombas y cuerpos humanos, por la expropiación tanto de tierras como de derechos, de riquezas fruto del trabajo cuanto de libertades. Israel, a fuerza de tanques, misiles y la más sofisticada tecnología de la muerte se ha arrogado el derecho de denegar todos los derechos, incluyendo el de la existencia. Parecen creer que la Biblia les ha otorgado un salvoconducto de eterna impunidad y bendice sus bombas. ¿Es el monstruoso padecimiento por dos milenos del pueblo judío una razón para convertir a unos pocos organizados en un Estado a practicar un genocidio? Del otro lado, la respuesta casera, improvisada en la desesperación suicida de los milicianos de Hamás, no logra sino acrecentar el sadismo y la brutalidad de cada nueva intervención criminal organizada en un Estado en nombre de algún Dios y no dejo de suponer que si la relación de fuerzas fuera la inversa, se consumaría también una masacre, siempre en nombre de algún otro Dios aunque nada nos disuade de estar del lado del más débil, quienquiera sea.

No es éste el tiempo que Hegel idealizó como encarnación histórica de la razón. No es el de la violencia como partera de la historia. Por el contrario, los ejemplos mencionados de indisimulable magnitud y extensión, remiten a ideales prehegelianos. Nada nuevo ni superador anuncian estas bombas. Por el contrario, un simple estado “hegeliano” laico, ya sería un avance de varios siglos frente al atraso y degradación de lo instalado en la región.

Es el tiempo turbulento del terror desmadrado de viejas teologías repelentes de toda otredad, sólo que ahora formateado por novedosas y sofisticadas tecnologías. El tiempo que amenaza, más tarde o temprano, acabarnos a todos.

Emilio Cafassi. Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


Tags: Iraq, dioses, sangre, Gaza, Estado, Hegel

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