Jueves, 27 de agosto de 2015
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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-08-2015



Entre 1904 y 1908 el imperialismo alemán llevó a cabo en el actual territorio de Namibia, en el sudoeste africano, el primer genocidio del siglo XX contra las etnias originarias herero y nama que se resistieron a la dominación colonial. Al igual que otros genocidios, permanece impune y sin ser reconocido como tal por sus ejecutores.

La etnia herero pertenece al grupo bantú del sur de África y comprende varias subdivisiones con diferencias lingüísticas. En Namibia las principales son las tjimba y ndamurando en Kunene, los mahareo en los alrededores de Okahandja y los zeraua en Omaruru. El territorio que habitaban era conocido como Hereroland. Los nama –de donde proviene el nombre Namibia- son el grupo más numeroso entre las familias lingüísticas kxoe y khoikhoi del sur del continente, y se caracterizan por su corpulencia pequeña y la piel clara respecto a otras etnias africanas. Un tercer grupo étnico es el khoisan o joisan, subdividido entre los san (llamados bosquimanos) dedicados a la caza y recolección, y los khoi (llamados hotentotes) dedicados al pastoreo.

Los primeros europeos que arribaron a las costas de Namibia fueron los portugueses comandados por Bartolomé Díaz en 1486, pero la aridez del territorio no estimuló su conquista. Durante el reparto de África realizado por las potencias europeas entre 1884 y 1885, Gran Bretaña dejó en claro que no estaba interesada en el territorio por lo que se convirtió en Protectorado Alemán. En 1892 pasó a conformar la colonia de África Sudoccidental, el primer territorio alemán de ultramar. Desde el principio de la ocupación hubo resistencia de los khoisan con los que se logró una breve paz en 1894. Ese mismo año se designó a Theodor Leutwein como Gobernador, quién alentó el asentamiento de colonos alemanes, y el canciller Bismarck envió las Schutztruppe o fuerzas imperiales coloniales para garantizar su seguridad ante las resistencias indígenas. Los colonos fueron alentados a asentarse en las mejores tierras, propiedad de hereros y namas, cuyos ganados fueron a menudo confiscados por el régimen colonial. Además se utilizaba a la población indígena como mano de obra esclava. En 1903 hubo un levantamiento nama comandado por Heindrik Witbooi que provocó la muerte de 60 colonos alemanes. El 12 de enero de 1904 se levantaron los hereros liderados por Samuel Maharero.

Las causas de estos levantamientos hay que buscarlas en el régimen de propiedad de la tierra. Más de una cuarta parte de las 13 millones de hectáreas de componían Hereroland ya habían sido ocupadas por colonos alemanes en 1903, y esto se agravó con la construcción de la línea del ferrocarril de Otavi que iba de la costa hasta los asentamientos alemanes de tierra adentro, lo que desembocaría en una nueva colonización. Ante esto, las autoridades coloniales proyectaron la creación de Reservas Indígenas para la población nativa siguiendo el modelo norteamericano.

Otra cuestión fue el cobro de impuestos y deudas aprobado en noviembre de 1903. Los comerciantes europeos prestaban dinero a la población herera a tasas de interés abusivo lo que generó un endeudamiento masivo. La condonación de deudas por parte del gobernador Leutwein no descomprimió la situación. Bajo la complicidad de autoridades coloniales, los comerciantes comenzaron a confiscar ganado y objetos de valor de las familias hereras.

Un tercer factor fue la tensión etnoracial entre los grupos. Varios colonos blancos defendían ideas de supremacía racial viendo a la población nativa como simple mano de obra o como grupo que se debía exterminar para que Alemania pudiera ocupar el “espacio vital” del que hablaba el geógrafo Friedrich Ratzei. La Liga Colonial Alemana declaró que en cuestiones jurídicas el testimonio de un blanco equivalía al de siete negros africanos.

Se ha señalado que la explotación de diamantes fue otro factor que determinó el genocidio. No obstante los primeros yacimientos fueron descubiertos en 1908 cuando se había producido el exterminio de la mayor parte de la población namibia.


Mapa del África Sudoccidental alemana. Fuente: Casper W. Erichsen, The angel of death has descended violently among them. Concentration camps and prisoners-of-war in Namibia, 1904-08, Leiden, African Studies Center, 2005, p. XIV.

La rebelión de Maharero provocó la muerte de 120 colonos y la destrucción de granjas. Las fuerzas hereras contaban con un alto nivel de organización y poseían armas de fuego. El gobernador Leutwein trató de negociar ya que solo contaba con 2.500 soldados entre sus tropas frente a 10 mil hereros, y logró que algunos grupos depusieran las armas. No obstante la rebelión continuó sitiando Okahandja, 70 kilómetros al norte de la capital Windhoek.

Ante la solicitud de ayuda del gobernador, el Gobierno de Berlín envió al general Lothar von Trotha –quién había participado en la represión de los rebeldes bóxer en China-, que arribó con un contingente de 14 mil hombres el 11 de junio. Leutwein quedó subordinado al Departamento de Colonias de la Cancillería, a cargo de Bernhard von Bülow. Trotha por su parte declaró que solo respondía al káiser Wilhelm II y no al gobernador o la Cancillería, por lo que rechazó el plan de derrotar a los rebeldes y negociar con el resto de la población, ordenando la ejecución del genocidio contra todo el pueblo herero.

En una carta a Leutwein, Trotha expresó: “Conozco suficientes tribus en África. Todos ellos tienen la misma mentalidad en la medida en que producen sólo por la fuerza. Fue y sigue siendo mi política para aplicar esta fuerza por medio del terrorismo despiadado e incluso la crueldad” (Casper W. Erichsen, The angel of death has descended violently among them. Concentration camps and prisoners-of-war in Namibia, 1904-08, Leiden, African Studies Center, 2005, p. 7).

El 11 y 12 de agosto en la Batalla de Waterberg las tropas de Trotha derrotaron una fuerza de entre 3 mil y 5 mil hereros. Los sobrevivientes y sus familias huyeron al territorio británico de Betchuanaland (actual Botsuana) en donde recibieron asilo con la condición de no continuar con la rebelión. Otros 24 mil huyeron por un hueco en el cerco militar alemán hacia el desierto de Kalahari con la esperanza de llegar al Protectorado Británico. Las patrullas alemanas encontraron luego cadáveres en pozos que habían excavado en busca de agua. Maharero y mil seguidores se refugiaron en Betchuanaland, donde el líder permaneció como vasallo de un jefe local hasta su muerte en 1923.

El 2 de octubre Trotha hizo un llamamiento al pueblo herero “La nación herera tiene que abandonar el país, y si no lo hace, la obligaré por la fuerza. Todo herero que se encuentre dentro de territorio alemán, armado o desarmado, con o sin ganado, será fusilado. No se permitirá que permanezcan en el territorio mujeres o niños, y se les expulsará para que se unan a su pueblo o serán pasados por las armas. Estas son las últimas palabras que dirigiré a la nación herera” (Peace Pledge Union, Talking About Genocide Namibia 1904, http://www.ppu.org.uk/genocide/g_namibia1.html).

La masacre comenzó inmediatamente. Trotha ordenó que todos los hombres herero que todavía residían en África Sudoccidental fueran capturados y fusilados o ahorcados en masa. Las mujeres, niños y niñas eran deportadas al desierto donde alrededor de 15 mil murieron por falta de agua y alimentos. Se procedió al envenenamiento de los pozos donde buscaban agua las comunidades herero y nama. Leutwein se quejó ante el canciller Bülow por los daños que esto causaba a la economía colonial, y este intercedió ante el káiser argumentando que las acciones de Trotha eran “contrarias a los principios cristianos y humanitarios, económicamente devastadores para la reputación internacional de Alemania”. El II Reich se defendió sosteniendo que el pueblo herero no puede ser protegido por los Tratados de Ginebra ya que según el gobierno alemán podían ser calificados como subhumanos.

Ante este hecho se decidió reemplazar el exterminio mediante balas, horca, venenos o hambre por la reclusión en campos de trabajo inspirado en el antecedente utilizado por los británicos en la Guerra de los Boers. El “humanitario” canciller Bülow utilizó por primera vez la expresión Konzentrationslager (campos de concentración) para referirse a las terroríficas colonias de internamiento que entre 1904 y 1908 funcionaron en Skark Island, Windhoek, Okahandja, Karibib y otros lugares del territorio. Además de prisioneros herero y nama (70% de los cuáles eran mujeres, niños y niñas), también se recluyó a personas de las etnias san y owambo para que pudieran servir como mano de obra a la economía colonial. Los misioneros cristianos prestaron servicio a esta tarea a través de la evangelización de prisioneros para que se subordinaran a las autoridades alemanas.

Al momento de ser ingresados al campo, los prisioneros eran separados entre aptos y no aptos para el trabajo. Asimismo fueron impresos previamente certificados de defunción que indicaban como causa de muerte: “agotamiento posterior a la privación”.

Campo de concentración de Windhoek. Fuente: Casper W. Erichsen, The angel of death has descended violently among them. Concentration camps and prisoners-of-war in Namibia, 1904-08, Leiden, African Studies Center, 2005, p. 43.

Los prisioneros se encontraban en condiciones de hacinamiento rodeados de rejas y alambreas de púas. El campo de Windhoek llegó a contar con 5000 prisioneros en 1906. Las raciones de comida consistían en un puñado de arroz crudo, un poco de sal y agua. Esta alimentación mínima, sumado al trabajo forzado en la minería o en las obras públicas en condiciones de extrema crueldad hacía que la mortalidad fuera elevada. Los caballos y bueyes que usaban para el trabajo servían de alimento a los reos al morir, lo que devino en una epidemia de disentería. La falta de atención sanitaria hacía que cualquier infección deviniera en una epidemia mortal. También eran comunes las ejecuciones y linchamientos masivos, y el uso de sjambok o litupa (especie de látigo) con el que se torturaba a prisioneros. Por ese entonces muchos habitantes de la colonia británica de El Cabo (actual Sudáfrica) trabajan en el África Sudoccidental alemana, y fueron testigos de las prácticas genocidas contra los pueblos herero y nama. El 28 de septiembre de 1905 el diario sudafricano Cape Agus publicó bajo el título “En la Sudáfrica alemana: más sorprendentes denuncias: horrible crueldad”, el testimonio de Percival Griffith, un contador que por cuestiones económicas había debido emplearse como conductor de camiones para las tropas alemanas. Allí relata: “Hay cientos de ellos, mayoritariamente niños, mujeres y unos pocos viejos… cuando se caen agotados son atizados por el sjambok por los guardias, con extrema crueldad y fuerza, hasta que estos se levanten… En una ocasión vi una mujer llevando en su espalda un bebe de menos de un año, ella calló, y el látigo no tuvo ninguna piedad para con ella, golpeándola durante unos cuatro minutos, hasta que ella pudo levantarse y, sin emitir quejido algún,o agarrar su carga y seguir con su trabajo. El bebé lloraba muy fuerte” (Sitio Web Conflictos Bélicos en la Historia, https://historiadelaguerra.wordpress.com/2011/06/30/genocidio-nazi-la-precuela-la-leccion-africana/).

Muchas mujeres fueron esclavizadas sexualmente por los alemanes dando lugar a niños y niñas mestizas. Esto generó la oposición de Trotha, no por el abuso que sufrían las mujeres sino porque eso afectaba la pureza de la raza germánica.

El científico alemán Eugen Fischer arribó al campo de concentración de Shark Island para realizar estudios raciales con los niños nacidos de madre herera y padre alemán. Conjuntamente con Theodor Mollison realizó experimentos con prisioneros que incluían esterilizaciones, inyecciones de viruela, tifus y tuberculosis, y mediciones craneales tendientes a probar la inferioridad intelectual y moral de los africanos de acuerdo a teorías eugenésicas y darwinistas sociales.

Posteriormente Fischer fue nombrado Director de la Universidad de Berlín , donde uno de sus discípulos sería el médico alemán y criminal de guerra Josef Mengele, que aplicó los conocimientos de su maestro en prisioneros de los campos de concentración europeos durante el III Reich y la Segunda Guerra Mundial. El libro Los principios de la herencia humana y la higiene racial, publicado por Fischer, fue leído por Adolf Hitler durante el tiempo que permaneció en prisión en 1923 y citado en numerosas ocasiones.

A cientos de víctimas del genocidio les arrancaron los ojos, cráneos, penes y otras partes del cuerpo para ser enviados a Alemania en frascos de formol con fines de estudio y experimentación racial (“African viewpoint: remembering German Crimes in Namibia”, BBC World Africa, 11 de octubre de 2011, http://www.bbc.co.uk/news/world-africa-15257857). Alrededor de veinte cráneos fueron devueltos en septiembre de 2011 en Windhoek (capital de Namibia), lo que generó el rechazo del gobierno del país africano por el carácter no oficial del mismo. La Secretaria de Estado para Asuntos Exteriores alemana Cornelia Pieper fue abucheada cuando expresó su “pesar” por este hecho histórico y tuvo que abandonar el acto sin terminar su discurso.

Para 1908 las noticias del genocidio ya habían circulado por medios de prensa de todo el mundo debido a testimonios de trabajadores sudafricanos. También en la misma Alemania hubo reclamos de la población civil. Desde el Bundertag (Parlamento) el Partido Socialdemócrata, aunque mencionaba ideas racistas hacia los “salvajes africanos”, condenó los crímenes de las tropas alemanas. Por ello el káiser Wilhelm ordenó el fin de las acciones y el retorno de Trotha. Para entonces se calcula que entre 80 y 100 mil hereros (85% de la población) y 20 mil namas (50% de la población) habían sido exterminados. A los sobrevivientes se les impuso la obligación de portar un disco de metal con el número de registro laboral además de la prohibición de poseer tierras y ganado, lo que los eliminó como sociedad pastoril.

Prisioneros en campos de concentración. Fuente: Casper W. Erichsen, The angel of death has descended violently among them. Concentration camps and prisoners-of-war in Namibia, 1904-08, Leiden, African Studies Center, 2005, p. 43.

Las masacres de Namibia constituyen un acto de genocidio que fue el primero del siglo XX. Como señala la experta del Museo de Etnología de Cologne (Alemania) Larissa Förster: “fue claramente una orden para eliminar a gente perteneciente a un grupo étnico específico y solo porque formaban parte de ese grupo” (Aurora Moreno Alcojor, “Namibia, ¿el primer genocidio del siglo XX?”, El País, 4 de mayo de 2012). También representó un temible antecedente de los genocidios cometidos por el régimen nazi entre 1933 y 1945, ya que podemos encontrar muchos elementos en común: asesinatos masivos, deportación, confinamiento en campos de trabajo forzado, experimentación médica y obligación de portar signos identificatorios a los sobrevivientes (el disco que debían llevar los hereros recuerdo a la estrella de David de los judíos o el triángulo rosado de los homosexuales).

Como sucedió en otros casos similares, el negacionismo estuvo presente desde el momento mismo en que se producían los hechos. El Reich alemán se defendió argumentando que la información de las masacres era una propagando británica y sudafricana interesada en ocupar su territorio, lo que efectivamente sucedió tras la Primera Guerra Mundial. No obstante esto no puede utilizarse para negar las responsabilidades del colonialismo alemán en este acto de genocidio.

En 2001 el presidente alemán Roman Herzog visitó Namibia y se entrevistó con los líderes del pueblo herero expresando su “pesar” por los hechos ocurridos a principios del siglo XX. En 2004 al conmemorarse el centenario del comienzo del genocidio el Ministro de Desarrollo Económico y Cooperación Heidemarie Wieczorek-Zeul declaró que “aceptamos nuestras responsabilidades históricas”. Sin embargo ninguno de estos funcionarios quiso reconocer que los hechos se enmarcan en el delito de Genocidio y que constituyen “el Primer Genocidio del Siglo XX”. También han viajado a Namibia a ofrecer sus disculpas los familiares del genocida Trotha, y la calle de Münich que llevaba su nombre desde 1933 fue rebautizada como “Calle de los Hereros”. En 2006 y 2012 el Bundertag rechazó hablar de “Genocidio” para referirse a las masacres de Namibia y de presentar disculpas oficiales a los familiares de las víctimas para no dar pie a demandas de indemnización, argumentando que Alemania firmó recién en 1955 el Convenio Internacional para Prevención y Castigo del Delito de Genocidio. Cientos de organizaciones sociales le reclaman que los delitos de lesa humanidad se pueden aplicar con retroactividad y que no prescriben, por lo que la posición del Gobierno y el Parlamento alemán constituyen actos de negacionismo (Rafael Poch, “El Bundertag rechaza reconocer el genocidio de Namibia”, La Vanguardia, 13 de abril de 2012). La misma postura es adoptada por el Estado Turco al negarse a reconocer el genocidio contra los pueblos armenios, griegos, asirios, yazidies y drusos por parte de su antecesor -el Imperio Otomano- durante la Primera Guerra Mundial, o la postura británica de no reconocer como genocidio las masacres coloniales en Kenya.

En abril de 2015 al cumplirse el Centenario del Genocidio Armenio, el Papa Francisco (Jorge Bergoglio) se refirió a este crimen contra la humanidad como “el primer genocidio del siglo XX”. Esto desató críticas en toda África que lo acusaban de negacionismo del Genocidio Namibio.

El historiador David Olusoga, coautor de The Kaiser Holocaust: germany forgotten genocide and the colonial roots of Nazism, le cuestionó que “el genocidio namibio, 1904-1908, no solo fue el primero del siglo XX, sino que de muchas maneras prefiguró los horrores posteriores de un siglo problemático. El exterminio sistemático de alrededor del 80% del pueblo herero y del 50% del nama fue el trabajo de soldados alemanes y de administradores coloniales”. Más adelante este autor anglonigeriano señaló que “La pregunta ahora es si la declaración del Papa fue hecha en la ignorancia o si el Vaticano fue culpable del pecado de omisión deliberada. En cualquiera de los casos, esto ha sido un episodio extraño y contraproducente. El catolicismo está creciendo más rápido en África que en cualquier otro lugar: 200 millones de africanos son creyentes. Pero la conciencia de la historia también está aumentando en África y delitos como el genocidio de Namibia ya no puede ser ignorados, ya sea por accidente o por decisión” (David Olosuga, “Dear Pope Francis: Namibia was the 20th century first genocide”, The Guardian, 18 de abril de 2015). En la actualidad alrededor de 100 mil hereros/as habitan en Namibia, lo que representa el 10% de la población del país. El resto se distribuye en Angola (120 mil personas) y Botsuana (21 mil personas). Mientras que la población nama se distribuye en Namibia, Botsuana y Sudáfrica. La etnia mayoritaria de la ex colonia alemana es actualmente la Owambo que controla el Gobierno y el Parlamento desde que el país declaró su independencia del régimen segregacionista sudafricano en 1989, y poco han hecho para el reconocimiento del genocidio. Quizá se deba a la ayuda del desarrollo que reciben desde Alemania que en 2010 equivalía a 15 euros por habitante. No obstante la minoría herera y nama en estos órganos lograron un pronunciamiento a favor del reconocimiento y las compensaciones. La devolución de restos óseos en 2011 fue un primer paso –aunque pequeño- en este sentido.

Solo rodeando de solidaridad la lucha de los pueblos herero y nama se podrá lograr el reconocimiento del Genocidio Namibio, y obtener justicia y reparación los descendientes de las víctimas del Primer Genocidio del Siglo XX.

África del Sur en la actualidad. Fuente: http://www.africa-continent.com/africa-map-central.htm

Luciano Andrés Valencia es escritor. Autor de La Transformación Interrumpida (2009) y Páginas socialistas (2013).



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Tags: Namibia, genocidio

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